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La Ausencia de una Democracia Republicana

martes, 13 de abril de 2010

Por Roberto Cachanosky

Actualmente, muchos de los dirigentes políticos de la oposición suelen hablar de la falta de institucionalidad. Otros dicen que las instituciones han sido barridas por el kirchnerismo y algunos afirman que las instituciones no están funcionando. Dirigentes del Peronismo no kirchnerista, de la Coalición Cívica y del PRO, entre otros, hablan de falta de instituciones. En primer lugar, debo confesar que me satisface que se ponga el acento en este tema.


También desde el arco opositor se habla de falta de previsibilidad en las reglas de juego. De la ausencia de un horizonte que permita tomar decisiones económicas, tema que también me alegra.

Formulada la aclaración de estos dos puntos, me parece oportuno dejar constancia que hay una cuestión de todo este discurso opositor que no termina de convencerme. El punto es: ¿qué se entiende por buen funcionamiento de las instituciones y de la previsibilidad en la reglas de juego?

Desde el punto de vista económico cuando se habla de instituciones se hace referencia a las normas, leyes, códigos y costumbres que regulan las relaciones entre los particulares y de estos con el Estado.

Puesto en otros términos, desde el punto de vista económico, cuando se habla de instituciones no se hace referencia a la institución Congreso, Justicia o Fuerzas Armadas. La palabra institución, en el sentido económico, implica lo dicho antes: reglas de juego que imperan en la economía. Por ejemplo, Cuba tiene reglas de juego estables pero no son, justamente, el tipo de reglas que uno desea para Argentina.

Ahora bien, para no hacer todo un debate semántico sobre la palabra instituciones, aceptemos el término instituciones para referirnos al funcionamiento del Congreso, a una Justicia independiente y a un Ejecutivo que es limitado en su poder, es decir, que el monopolio de la fuerza que le delegamos está limitado y no debe usar ese monopolio para violar los derechos de los ciudadanos.

Más específicamente, me refiero a un Congreso que no sea una escribanía del Ejecutivo y a jueces que no se ven presionados por mecanismos de extorsión para que fallen a favor del Ejecutivo de turno.

Aceptemos entonces que la palabra institucionalidad implica tener una democracia republicana. Queda entonces por aclarar otro punto que no es menor. Me refiero a la afirmación del arco opositor de que en Argentina no hay reglas de juego previsibles.

Es cierto que hoy en día, bajo el gobierno de los Kirchner, lo único previsible es la imprevisibilidad. Dicho de otra manera, los Kirchner, de tan arbitrarios que son, se han vuelto previsibles en su accionar. Y esa previsibilidad consiste en no respetar normas de ninguna clase.

Atacar, destruir o perjudicar a quien no piensan como ellos es lo previsible del kirchnerismo. Lo imprevisible es qué mecanismo utilizarán en cada oportunidad para lograr su objetivo. Sin embargo, esto tiene que ver más con el abuso del poder que se le ha conferido.

Los Kirchner utilizan en beneficio propio el monopolio de la fuerza que le fue delegado para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de los habitantes. Usan los resortes del Estado para conseguir sus metas políticas. Es decir, volvemos a un problema de falta de institucionalidad o, si se prefiere, a la ausencia de una democracia republicana.

Regreso entonces al punto siguiente. Supongamos que los Kirchner tienen que irse del gobierno en el 2011 o antes porque les explota la bomba económica que están armando. ¿Cuáles son las reglas de juego que imperarán en la Argentina post kirchnerista? Y, a mi juicio, la pregunta no es menor porque no se trata de terminar con este perverso sistema de gobierno que han instalado los Kirchner para luego tratar de hacer kirchnerismo sin Kirchner.

Así como muchos gobiernos anti peronistas hicieron peronismo sin Perón (y así está la Argentina) sería deseable que luego de esta etapa no se haga kirchnerismo sin Kirchner. Cuando digo kirchnerismo sin Kirchner digo que en forma educada sigamos teniendo una economía cerrada, regulada y sin reformas estructurales que intenten vía una devaluación esconder las ineficiencias de la economía argentina detrás de un peso débil.

¿Por qué Argentina es un país en permanente decadencia desde hace 60 o 70 años?

Porque se instaló la cultura de la dádiva. La cultura de creer que yo tengo derecho a que el Estado me dé algo que no me pertenece, lo que es lo mismo que decir que otro tiene la obligación de pagarme ese algo. Unos se sienten con derecho a que otros le paguen la casa, el subsidio, etc. Otros a que el Estado los proteja de la competencia. Otros a tener asociaciones profesionales que logren que el Estado le otorgue patente de corso a cualquiera quien quiera ejercer esa profesión. En definitiva, todos quieren que el Estado les quite a otros para darles a ellos. Ya sea mediante una transferencia de ingresos o una transferencia patrimonial.

Este comportamiento ha generado que todos quieran vivir a costa del otro. Por eso las recurrentes crisis económicas y políticas. Porque muchos quieren vivir sin trabajar eficientemente y aumentar sus ingresos y patrimonios vía la expoliación de sus semejantes usando al Estado como instrumento de expoliación. Como diría Bastiat, el robo legalizado. Y, lamentablemente, han sido gobiernos de todos los signos, civiles y militares, los que han visto con buenos ojos esta forma de gobierno. Dicho sea de paso, no es casualidad que vivamos con continuos escándalos de corrupción, algo que el arco opositor también denuncia.

¿Por qué tanta corrupción? Porque cuando un funcionario tiene la potestad de decidir ganadores y perdedores en la economía firmando una simple resolución o decreto, dispone de una fenomenal herramienta para pedir coimas a cambio del beneficio que otorgará.

Bajo este sistema del Estado repartidor y gastador se ha construido un gigantesco mercado de tráfico de influencias con las tarifas correspondientes. Se engañaría la oposición, entonces, si cree que el problema de la corrupción son las personas que están en el poder. Es el sistema que por definición es corrupto.

El gran debate no pasa solamente por tener una Justicia independiente, un Congreso que controle al Ejecutivo y un Ejecutivo limitado. El gran debate, además del tema institucional al que hacía referencia antes, son las reglas de juego perversas por las cuales el país vive en permanente conflicto social. ¡Y cómo no va a vivir en permanente conflicto social si todos quieren vivir a costa de los demás!

Argentina podrá quitarse de encima a los Kirchner y vivir por un tiempo sin tanta crispación, pero no resolverá su problema de larga decadencia si la dirigencia política y la mayoría de su población no cambian su forma de pensar y apuntan a un país en que las reglas de juego no solo sean previsibles, sino también eficientes.

Con esto quiero decir que solo lograremos salir de la larga decadencia cuando se cambien las reglas de juego. El Estado deberá decir que no a todo aquel que pida que le de algo que no le corresponde por trabajo propio. Y los habitantes deberán exigirle al Estado que no los agobie con regulaciones, impuestos, proteccionismo, créditos subsidiados y demás prebendas para poder producir eficientemente.

No solo se trata de votar en forma transparente cada cuatro años y que impere la división de poderes. Además, hace falta definir si, de una vez por todas, los argentinos estamos dispuestos a vivir y progresar en base a nuestro propio esfuerzo, iniciativa y capacidad de innovación o solo queremos cambiar a un gobierno de maleducados por otro de gente educada pero que, en el fondo, continuará aplicando políticas que llevan a la lucha por apropiarse del ingreso del otro.

En este último caso solo cambiaríamos una decadencia con crispación y odio por una decadencia liderada por gente educada. Si, por el contrario, optamos por exigirle al Estado que nos dejen trabajar en paz y libertad, tendremos por delante un camino que nos sacará de esta larga decadencia.

En síntesis, éste es justamente el problema que preocupa de la oposición cuando habla de instituciones y de reglas de juego. ¿Estaremos hablando de lo mismo? ¿Verán la actual crisis como un problema de personas o de sistema? © www.economiaparatodos.com.ar

Los Kirchner: Su obsesión sádica por el castigo y la persecución

sábado, 6 de marzo de 2010

Por Alfredo Leuco

No hay antecedentes de una jefa de Estado que haya ventilado por cadena nacional chismes de la vida íntima de una jueza (“que parece alquilada”, agregó) para descalificar un fallo. ¿Quién informó a la Presidenta acerca del amor de la magistrada? ¿Los servicios de inteligencia que espían para la corona? ¿O algún programa de la tele vespertina? ¿Qué pasaría si esta práctica despreciable se convirtiera en costumbre? Podríamos desbarrancarnos en infiernos personales. Es fácil imaginar la degradación en la que caeríamos si, por ejemplo, el vicepresidente Cobos difundiera con la misma liviandad y en medio de una sesión parlamentaria, información sentimental o de alcoba de la Presidenta.



Néstor Kirchner demostró una tenacidad inédita para perder el control parlamentario después de haberlo manejado por teléfono y a su antojo. Su contracción al trabajo le permitió unificar gran parte de la Justicia en su contra. Su obsesión sádica por el castigo y la persecución al que piensa diferente, incluso dentro de su propia tropa, lo convirtió en el mejor partero de figuras opositoras, en un experto en dinamitar puentes de diálogo y en un lanzador de cuadros políticos por la ventana.
El jueves, la Presidenta acusó a la oposición de ser “un rejunte político que sólo quiere obstruir para que no funcionen las instituciones” y de cometer un “acto de venganza de baja estofa”. Fue el colmo de la victimización de quien es cofundadora del Frente para la Venganza. Los Kirchner han sido los primeros en diseminar por todo el país ese veneno revanchista.
Un intendente peronista del Conurbano profundo se sinceró con una metáfora futbolera el motivo de su bronca contra los Kirchner: “Ellos van al ataque todos los días contra alguien distinto y nosotros tenemos que atajar los penales que son los reclamos de la gente que está hastiada de tanto palabrerío”.

Ambos apelan al poder de daño que todavía tienen y que es grande. Ninguno encuentra los mejores caminos para edificar nuevos proyectos que sean encarnados por liderazgos convocantes.

Hay un convencimiento fanático por parte del kirchnerismo. Se mueven como propietarios absolutos de la verdad. Esa soberbia es la que tal vez más los diferencia del presidente uruguayo, José Mujica. En una reunión con intelectuales, el ex tupamaro dijo: “Sólo los ignorantes creen que la verdad es definitiva y maciza cuando apenas es provisoria y gelatinosa”.

El senador cristinista Nicolás Fernández anunció que quieren llevar a juicio al vicepresidente Julio Cobos “por mal desempeño como funcionario”. En su defensa de Mercedes Marcó del Pont, utilizó otra figura grave: “Los senadores la citaron como si fueran un paredón de fusilamiento de 1976”.

Empieza a registrarse cierto desabastecimiento de defensores del kirchnerismo. El propio Fernández ocupa los lugares que Miguel Angel Pichetto está cediendo en su ocaso.

Y algunos senadores confiaron a sus pares opositores que están agotados de poner la cara para perder, por decisiones que Kirchner toma en Olivos. Muchos de ellos aspiran a ser gobernadores de sus provincias que, en su mayoría, están fuertemente endeudadas. Saben que oponerse a repartir 10 mil millones del impuesto al cheque no es el mejor camino hacia la popularidad.

Tiemblan ante la forma en que los Kirchner maltratan a sus propios funcionarios. El que no acepta el verticalismo y la obediencia debida es arrojado al desierto con el rótulo de traidor. Y el que acepta se ve obligado a inmolar su carrera en el altar del matrimonio.

Mercedes Marcó del Pont es el ejemplo más descarnado. Joven, intelectual y éticamente respetada y poseedora de un amplio espectro de relaciones multipartidarias, ha perdido gran parte de su capital político y manchado su foja de servicio.

Tanta beligerancia hizo aflorar en la Presidenta conceptos que han sido banderas de sectores reaccionarios como que “el delincuente entra por una puerta y sale por la otra” o que los mercados indican que el Gobierno está en el camino correcto. Como si la gloriosa Jotapé hoy fuera JP Morgan que recomienda a sus clientes apostar a los bonos de un país que está dispuesto a romper todas las reglas, con tal de correr presuroso para pagar sus deudas.