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No hay palabra, por más poderosa que sea, que pueda reemplazar a la ausencia de política

domingo, 2 de mayo de 2010

Por Eduardo van der Kooy

Néstor Kirchner terminó de despejar las últimas dudas, si es que todavía las había. Rodeado de gobernadores peronistas y de jefes sindicales definió el martes pasado y ayer en Paraná a los medios de comunicación -en especial al Grupo Clarín- como la primera fuerza de la oposición. Hacia allí apuntaría, entonces, el corazón de su estrategia política y también la de su esposa, Cristina.


El ex presidente ha exhumado un libreto cuya autoría intelectual corresponde, en realidad, a Carlos Menem. Fue el caudillo riojano quien, al promediar los '90, descubrió que doblarle el brazo a los medios de comunicación era más imperioso que enfrascarse en las luchas con la oposición política. El resultado no fue bueno para él: los votos que cosechó la oposición -la Alianza- terminaron por desplazarlo para siempre del poder.

Menem recurrió a varios atajos jurídicos para intentar condicionar al periodismo. También a muchas artes innobles. Ese ensayo de colocar a los medios de comunicación por encima de los partidos políticos y de las instituciones -por caso, el Congreso- no sólo significó la alteración de un orden natural de la democracia. Pareció también el inicio de un proceso profundo de mediatización de la política que debilitó y empobreció esa actividad.

Néstor Kirchner se valió de ese debilitamiento, justamente, para irrumpir en el 2003 como presidente rodeado por ruinas. Aquel empobrecimiento de la política reconoció, en ese momento, una expresión culminante: la deserción de Menem para intervenir en el balotage que presagiaba para él un epílogo humillante.

Kirchner ha retomado la receta de Menem impulsado por una realidad inocultable. Nada hizo, en todos estos años, para mejorar la política partidaria e institucional. El peronismo es sólo un puñado de leales soldados que andan como almas en pena. La transversalidad y la concertación fueron experimentos electorales echados al cesto cuando perdieron sentido.

Lo demuestra el quiebre de la relación de los Kirchner con Julio Cobos. Los vaivenes cotidianos del Congreso entre el kirchnerismo y la oposición representan otra muestra de la decadencia general.

Existe otra cuestión que refleja con la fidelidad de pocas el fracaso político del matrimonio presidencial. Los Kirchner disfrutaron como nadie desde el 2003 -con la excepción del año último- de un ciclo económico externo e interno favorable. Con tasas de crecimiento que si bien no produjeron cambios de raíz en la pirámide social, generaron una bonanza -o una sensación-, cuyo último antecedente habían sido los lejanos tiempos en que Menem le colocó un corsé a la inflación.

Con siete años de aquella historia en sus espaldas, los Kirchner no pueden exhibir ahora otra construcción política que no sea la sostenida por gobernadores e intendentes del PJ encadenados a las arcas estatales, el sindicalismo de Hugo Moyano y algunas organizaciones sociales cuya incorporación a la política constituye, tal vez, la única novedad. La descripción desnuda hasta qué punto fueron incapaces de idear una alternativa a futuro que no dependa, como ahora, de un poder apuntalado sólo por el dinero y las herramientas que provee el manejo del Estado.

Ese desprecio por la política -entendida como un ejercicio de debates y negociaciones- fue alejando paulatinamente a los Kirchner de la sociedad. ¿Qué reflejo más contundente de eso puede existir que los votos en una democracia? Pues bien, en un año y medio Cristina pasó de tener el 46%, al convertirse en Presidenta, al 31%, cuando sufrió un duro revés político en las legislativas del año pasado.

Los Kirchner, quizá para no martirizarse con su inhabilidad, prefirieron leer otra historia. Por el alejamiento de importantes franjas de la sociedad responsabilizaron a los medios de comunicación. Al relato de esos medios, como le gusta decir a Cristina. Nunca repararon si sus políticas no habían transitado demasiado tiempo los senderos del error. A partir de ese momento cargaron baterías para la batalla que libran contra el periodismo.

El derrotero parece claro. Kirchner proclamó que el primer enemigo a derrotar es la prensa crítica. Luego le aguardaría el turno al Poder Judicial, que se ha encargado de colocarle ciertos límites al kirchnerismo y que hurga ahora mismo en una montaña de denuncias y sospechas de corrupción en el Gobierno. En el último peldaño aguardaría la oposición política, tal vez con su capacidad de resistencia mellada si el matrimonio cumpliera con éxito el primer par de objetivos.

La tensión entre el periodismo y los poderes -se repite hasta el hartazgo- forman parte natural de una relación que siempre tiene filones traumáticos. Sucede en todos los países del mundo donde el periodismo se ejerce con libertad. Alcanza con reparar, para comprenderlo, en el enojo que Barack Obama dispensa hoy a varios medios de Estados Unidos. Pero el fenómeno en la Argentina registraría dos novedades peligrosas: aquella tensión ha mutado en una confrontación virulenta; la revulsión y un potencial estado de quiebre fomentado por el poder contagió también al periodismo.

El periodismo atravesó muchos debates internos aunque nunca, quizás, los necesarios. El último recordado sucedió con el advenimiento de la democracia y enfrentó, en términos civilizados, a los hombres de prensa que habían sufrido el exilio y aquellos que permanecieron en el país durante la dictadura. Es difícil asegurar que ese debate haya quedado definitivamente saldado. Pero jamás desbordó las convicciones ni las palabras.

El debate parece plantearse ahora en otros términos. Hay periodistas que, legítimamente, comulgan con los puntos de vista de los Kirchner. Pero que se transforman en enjuiciadores públicos de aquellos que tienen una postura diferente. No sería eso lo peor: recurren a la desacreditación, al escarnio, la delación, el chacoteo y hasta convalidan actitudes del poder que, más allá de miradas políticas, poseen inconfundible sesgo autoritario.

¿Qué hacían periodistas en una parodia de juicio popular contra un grupo de colegas promovido por Hebe de Bonafini? Quizás sea el sinceramiento de una situación disimulada por años, incluso durante el menemismo : la de la militancia política bajo el disfraz del periodismo.

La palabra del kirchnerismo nunca es inocente cuando refiere al periodismo. Tampoco lo es en su afán de instalar en la Argentina una cultura de la división y la pelea. Los senadores, aun del oficialismo, votaron un repudio por los recientes desbordes. Curiosamente fue una kirchnerista, Adriana Bortolozzi, la que cargó más duro contra Cristina. Los diputados no se animaron porque los Kirchner les hicieron conocer el desagrado por aquella permisividad de los senadores.

El ex presidente fue rotundo cuando asistió al bloque para respaldar a Agustín Rossi, sobre quien cayeron algunas críticas luego que fracasó la sesión de la semana pasada sobre la ley del cheque y el matrimonio gay: "No tenemos nada que ver con las cosas que pasan en la calle contra el periodismo. Las empresas las inventan para hacernos daño", aleccionó.

La Presidenta también hizo su aporte. Minimizó ciertos episodios callejeros contra la prensa y los equiparó con las críticas que ha sufrido ella en el ejercicio del poder. "No hay una categoría especial de ciudadanos sobre otros", pontificó. Notable incomprensión del lugar que ocupa: no debería haber, en efecto, una categoría especial de ciudadanos, pero ella y su marido tienen responsabilidades y obligaciones incomparables con cualquier otro mortal de la Argentina.

Concluyó su alegato con otra definición sorprendente: "No hay libertad de expresión para todos" en el país, anunció. Con certeza, no debió referirse a quienes comulgan con sus ideas y sus formas de actuar: ningún Gobierno desde 1983 dispuso, como éste, de una plataforma de medios privados y estatales tan amplia para difundir sus pensamientos. Hasta los militares de la sangrienta dictadura, podrían envidiarlos.

Aníbal Fernández conoce aquella plataforma. Sus palabras rústicas vuelan: ahora sentenció que las denuncias de coimas en la relación comercial entre la Argentina y Venezuela "son un bluff". Nada lo hace escarmentar. Fue el propio jefe de Gabinete el que negó con una desvergüenza inigualable que el valijero venezolano Guido Antonini Wilson hubiera estado en la Casa Rosada. Cuando un video demostró lo contrario se hizo el opa.

Las anomalías en esa relación bilateral empiezan a tomar forma en la Justicia. Pero hay sospechas que se cimentan desde el sentido común más elemental. ¿Por qué razón el vínculo lo manejó siempre Julio De Vido? ¿Por qué Rafael Bielsa, antes, y Jorge Taiana, ahora, fueron reducidos como cancilleres a espectadores? ¿Por qué, además, para transacciones comerciales entre dos países hubo que contratar a consultoras que cobraban comisión? Una de ellas en funciones luego del escándalo de la valija.

La maraña de fogosas palabras kirchneristas, en ese y otros temas, parecen ya insuficientes para camuflar una realidad que huele mal. De nuevo la misma lección: no hay palabra, por más poderosa que sea, que pueda reemplazar a la ausencia de política.

El dólar no podemos usarlo y el peso no sirve ¿Qué salida tenemos?

martes, 20 de abril de 2010

Por Roberto Cachanosky
Cuando el ex presidente y actual senador se abstuvo de votar el pliego de la designación de Mercedes Marcó del Pont al frente del Banco Central implícitamente sostuvo que le da lo mismo una política monetaria que no defiende el valor de la moneda que otra que sí lo protege.


Uno de los tantos problemas que tiene la economía Argentina es que carece de una moneda en el estricto sentido de la palabra. La moneda, que es una mercadería como cualquier otra, tiene además la característica de actuar como reserva de valor y como medio de intercambio generalmente aceptado. Hoy en día, los pesos son aceptados como medio de transacción de corto plazo, pero no cumplen la característica de reserva de valor. La inflación erosiona su poder adquisitivo y, por lo tanto, no cumple con el requisito de reserva de valor.

Este último problema genera otros que tienen que ver con el crédito. Cuando una moneda se deprecia, quien presta sus ahorros en pesos tiene que cubrirse contra una inflación creciente, esto implica que, cuando alguien presta dinero carga en la tasa de interés las expectativas inflacionarias elevando la tasa de interés nominal, transformando las cuotas en altísimas. Consecuentemente es poca la gente que se anima a tomar créditos a tasas de interés nominales tan altas porque intuye que puede llegar a tener problemas para poder pagar sus cuotas en el futuro, particularmente si la tasa de interés del crédito es a tasa variable. Y si el crédito es a tasa fija, sucede lo dicho anteriormente, la tasa que se aplica es altísima porque el acreedor no quiere perder parte de su capital.

El otro problema es que la inflación no permite hacer cálculos económicos en los proyectos de inversión. En todo proyecto de inversión se estiman ingresos futuros (unidades vendidas por precio de venta) menos los costos de producción directos e indirectos. Como mínimo un proyecto de inversión debería hacerse a un plazo de 10 años.

Ahora bien, ¿cómo puede hacerse una proyección de ingresos y de costos a un plazo de 10 años en el medio de una tasa de inflación tan alta como la que tenemos? Todo proyecto de inversión es una estimación de ingresos, costos y tasa de rentabilidad, por lo tanto, al ser una estimación tiene su dosis de incertidumbre. Es un cálculo económico ex ante que luego habrá que cotejarlo con la realidad. Las estimaciones del proyecto pueden haber sido correctas, haberse superado o haber quedado muy por debajo de la realidad.

Si a la incertidumbre que tiene todo proyecto de inversión le agregamos la inflación, la incertidumbre crece y las inversiones disminuyen. Dicho de otra manera, la ausencia de una moneda que sea reserva de valor limita notablemente el proceso de inversiones.

El tercer problema es que en los procesos inflacionarios, si bien todos los precios suben, no todos suben al mismo tiempo. Unos suben primero y luego otros dependiendo de la forma en que se canalicen los nuevos pesos emitidos generando cambios de precios relativos artificiales e inestables.

Hay muchos más problemas que genera la inflación o, si se prefiere, la ausencia de una moneda que cumpla con la característica de preservar su valor en el tiempo, pero con lo expuesto más arriba considero que alcanza para pasar a comprender el problema que tenemos hoy los argentinos.

Argentina ha tenido altos procesos inflacionarios e hiperinflación, al tiempo que se destruyeron varios signos monetarios. Es por esta historia inflacionaria que el argentino adoptó como moneda para reserva de valor el dólar y dejó el peso como medio de intercambio para las operaciones de corto plazo.

Cuando en 1991 se estableció la convertibilidad de un peso igual a un dólar se intentó reconocer que la moneda que realmente reconocían los argentinos como reserva de valor era, justamente, la divisa norteamericana.

El peso era un simple recibo que emitía el BCRA obligándose a entregar un dólar por cada peso si así lo deseaba la gente. Es más, en un momento Menem impulsó la dolarización de la economía, esto significaba quitar de circulación el peso y pasar a usar el dólar. Formulo esta aclaración porque realmente llamó la atención la abstención de Menem cuando el Senado votó la aprobación del pliego de Marcó del Pont como presidente del BCRA. Y llamó la atención porque Marcó del Pont ha dicho claramente que no comparte el espíritu de la actual carta orgánica del BCRA y cree que esa institución no tiene que limitarse a preservar el valor de la moneda sino que tiene que hacer política monetaria activa.

Es decir, Marcó del Pont tiene una visión totalmente opuesta a la de Menem sobre la política monetaria y la autarquía del BCRA, por lo tanto, cuando Menem se abstuvo de votar, implícitamente sostuvo que le daba lo mismo una política monetaria (la que él sostuvo durante su presidencia) que la que hoy se está aplicando y se intenta profundizar.

Resulta inexplicable la abstención de Menem en esta votación porque estaría indicando que no le interesa confrontar ideas sobre dos modelos monetarios totalmente diferentes. Ni siquiera digo que Menem tenía que argumentar si estaba de acuerdo o no con la transferencia de reservas del Central al Tesoro por medio de un decreto. Lo que resulta inexplicable es su indiferencia sobre un tema tan relevante sobre el futuro monetario de la Argentina.

Sabemos que el argentino no confía en el peso como reserva de valor y adopta el dólar con ese fin. También sabemos que en 2002 se rompieron los contratos y las deudas en dólares pasaron a pesos, con lo cual se estableció un precedente complicado hacia el futuro. ¿Quién se animará a prestar en dólares sabiendo que un juez puede, en caso de conflicto, determinar que quien debe dólares puede pagar en pesos a un tipo de cambio que no sea el de mercado?

Tenemos, entonces, un doble problema. Por un lado no podemos hacer transacciones de largo plazo ni cálculo económico en pesos y, al mismo tiempo, no podemos utilizar el dólar para el crédito por la inseguridad jurídica mencionada. Esto nos conduce a un problema muy complicado que es “inventar” algún mecanismo para tener nuevamente una moneda que sea aceptada por todos como medio de intercambio y reserva de valor. El dólar no podemos usarlo y el peso no sirve. ¿Qué salida tenemos?

Transitoriamente, lo único que se podría usar sería una especie de moneda indexada al estilo chileno. Pero aquí tenemos otro obstáculo. Los datos del INDEC no son fiables y, por lo tanto, no hay parámetros medianamente confiables para trabajar sobre una moneda indexada.

Por otro lado, con tasas de inflación tan altas igual sería bastante complicado realizar transacciones de largo plazo. Proponer que cada uno realice las transacciones en la moneda que desea choca nuevamente con la inseguridad jurídica post devaluación.

Es evidente que el problema monetario argentino no puede resolverse en forma independiente del resto de las variables económicas como el frente fiscal, la política cambiaria, etc. Lo que sí sabemos es que un país que no tiene moneda en el estricto sentido de la palabra, es un país condenado a trabajar sin crédito, con escaso ahorro en moneda local y, por lo tanto, sin posibilidades de crecimiento sostenido.

Es por todas las razones expuestas que considero un error gravísimo ir hacia un Banco Central como en el pasado, subordinado al Poder Ejecutivo y sin tener como misión fundamental la defensa del valor de la moneda. © www.economiaparatodos.com.ar

Su Señoría, el doctor Norberto Oyarbide

lunes, 12 de abril de 2010

Por Julio Blanck


Ustedes ya lo conocen. De sobra, podría decirse. Pero recordemos que nuestra estrella es un entrerriano de Concepción del Uruguay, que en junio festejará sus 59 años y que, educado en el Colegio San José, se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires, en abril de 1980.

Fue escalando en la carrera judicial y al mismo tiempo ejerció la docencia. Desde 1986 enseñó en la Escuela Superior de la Policía Federal, vinculación que le sería muy provechosa. Así, rodeado de las mejores recomendaciones, en junio de 1994 el Senado lo convirtió en juez federal cumpliendo un pedido del presidente Carlos Menem. También esto sería importante en su lucha sin cuartel contra la adversidad.

A poco de andar, nuestro buen doctor se vio complicado en un enojoso asunto privado, como bien recordarán. Algo que no tenía que ver con su condición de juez, pero que sirvió para enlodarlo. Una historia oscura en la que se mezclaban un prostíbulo masculino, filmaciones mucho más que comprometedoras, tráfico de influencias, amenazas, coimas y extorsiones. Agobiado, nuestro hombre tomó una larguísima licencia.

Aquel escándalo ocurrió en 1998. Y atrás se destaparon otros asuntillos. Tres jueces denunciaron al doctor y pidieron su juicio político. El trámite, por ese entonces, se llevaba en el Congreso. Y los senadores, demoraron más de dos años en suspenderlo.

Lo que el doctor Oyarbide confesó ante los senadores, en una de las audiencias de aquel ingrato trámite: "Soy un muerto social", les dijo. Y les contó que vivía encerrado en casa, porque le daba vergüenza salir a la calle. Sin duda logró conmover las almas. Fue esa razón humanitaria y ninguna otra motivación de protección política lo que con seguridad los llevó a absolverlo de todos los cargos. Sucedió en una fecha inolvidable: fue la noche del 11 de setiembre de 2001, apenas unas horas después que fueran destruidas en Nueva York las Torres Gemelas, y cuando resonaba en todo el mundo, y también en nuestro Congreso, la repercusión y el horror por aquello. Nadie reparó en la salvación de Oyarbide.

Una semana después, el doctor regresó al lugar del que nunca debió haber salido: su despacho en Tribunales. Allí, verborrágico y elegante hasta la exasperación, administra justicia sin desmayos. Vean ustedes, de qué manera tan notable ejercita la mesura y ponderación que se reclama a los magistrados.

El último día de noviembre pasado nuestro doctor, que investiga la "mafia de los remedios", sin que le temblara el pulso ordenó detener a un pescado gordo del sindicalismo, el bancario Juan José Zanola. Eso se llama actuar contra los poderosos pensando sólo en la defensa de la ley... Por cierto, tres semanas después nuestro admirado Oyarbide consideró que era justificable y legal el crecimiento de la fortuna del matrimonio Kirchner, y los sobreseyó sin pestañear. Buenos motivos habrá tenido Su Señoría, no somos quiénes para juzgarlo.

En estos días, el doctor acometió contra los bienes fabulosos acumulados por el señor Ricardo Jaime, que fue secretario de Transporte con Néstor y con Cristina. Casas, un avión, un yate, cuantioso dinero en efectivo. Nada quedó fuera de la pesquisa sagaz de nuestro juez. Que, casi al mismo tiempo, engrampó a Mauricio Macri y lo citó a declarar como sospechoso por la red de escuchas ilegales montada hace varios años por un experto en esas malas artes, que terminó trabajando para el Gobierno de la Ciudad.

Que al señor Jaime los Kirchner le hayan soltado la mano dejándolo librado a su fortuna y que el ingeniero Macri sea un enemigo político de los Kirchner son apenas detalles, agitados por quienes pretenden ver debajo del agua y atribuyen al doctor Oyarbide las peores intenciones.

En realidad, queridos espectadores, el doctor no quiere otra cosa que seguir sobreviviendo.

Menem juega con los límites de la paciencia parlamentaria

jueves, 8 de abril de 2010

A estas horas, el único acuerdo político que parece haber, es el del ex presidente Carlos Menem con el oficialismo.

Ya no tienen ninguna cabida los planteos de problemas de salud o partidos obligatorios de golf que pudieran impedir la participación de Menem en la sesión de hoy, donde iba tratarse la Ley del cheque y el pliego de Mercedes Marcó del Pont al frente del Banco Central. Por lo que, una vez más, el ex presidente quedó en el centro de la escena.

Menem quería participar en ciertas comisiones que el peronismo federal parece impedir y el ex presidente no ve mejor movida que la de hacer sufrir a la oposición con su dubitativa participación en las sesiones. Enrarecido será el futuro parlamentario del país si cada legislador que pretende conseguir algo, no baja a sesionar temas imprescindibles para el desempeño de la política y economía nacionales.


Como un niño encaprichado con su muñeco, Menem juega con los límites de la paciencia parlamentaria, al no presentar quórum ni para el homenaje a Raúl Alfonsín que iba a celebrarse en el recinto.

Hace meses que la sociedad espera un resultado, cualquiera a esta altura, y las maniobras políticas, cada vez que serios asuntos deben consumarse en el Parlamento, no parecen distintas a las de los últimos tiempos. No es la primera vez que se sufre el faltazo de Menem y es que nuevamente se abre el abanico de posibilidades políticas que pueden estar vinculadas con la ausencia de hoy en el Senado.

Sospechosa se presenta la decisión de Menem considerando que es mucho más fácil para el kirchnerismo no presentarse en las sesiones y que todas las acciones tomadas por la Presidenta sigan su curso, como es el puesto que mantiene Marcó del Pont. Indudablemente, el único beneficiado de este faltazo, es el kirchnerismo.

El mensaje parece ser contrario al que había dejado en claro el propio oficialismo sobre la intención de debate y diálogo que merecía la política argentina.

El senador Gerardo Morales responsabilizó expresamente a la Casa Rosada del pobre funcionamiento del Senado. “El oficialismo debe sesionar democráticamente así gane o pierda”, manifestó.

Lo único bueno de todo esto fue la disminución del efecto sorpresa en el Senado de la Nación ante otro faltazo más.

Fuente: Tribuna de Periodistas

Reflexiones desde el loquero

martes, 2 de marzo de 2010

Que la idiotez de la mayoría y la maldad de los corruptos nos hayan encerrado en este manicomio que es la realidad nacional, y nos siga narcotizando con publicidad engañosa, estadísticas falsificadas, discursos grandilocuentemente demenciales y mal llamadas “políticas de Estado” (porque deberían llamarse “despolíticas en su mejor estado”), que vienen a estructurar este famoso “modelo K”, justamente este modelo delirante y por demás absurdo si se lo vincula con la proclama de beneficiar a los que menos tienen, engendrado por dos personas que evidentemente no están en sus cabales, no implica que todos “los internos” de la gran Institución llamada Argentina, estemos locos.


El problema quizás es que las dosis de narcóticos suministrados a la población en los formatos antes descriptos son potentísimos inhibidores del sentido común, justamente para que la gente no tenga reacciones rápidas, ni precisas, ni de manera oportuna, hasta que ya sea demasiado tarde.

Por eso varios de nosotros optamos por retenerlos bajo la lengua y en cuanto el enfermero se retira de la habitación con el vaso de agua, los lanzamos rápidamente por la cañería del baño. Es la única forma de mantenerse sano.

Uno lee los titulares de los diarios y ya no sabe si reírse o llorar. Duele y demasiado el desastre socio-económico tan meticulosamente ejecutado desde el poder, sin omitir una sola coma de las instrucciones que reciben “desde sus superioridades en la escala jerárquica” (porque está claro que ejecutan un libreto que les han impuesto intereses “de arriba” para apoderarse de nuestro país de todas las formas posibles a cambio de ciertos privilegios), que están llevando a cabo a la perfección.

Sin embargo, cuando uno lee los extractos del discurso presidencial de ayer en la apertura de sesiones del Congreso, las declaraciones de la señora Hebe de Bonafini “La oposición es una mierda”, o “las aventuras” del Secretario Guillermo Moreno, las “Chaplinadas” del Ministro Aníbal Fernández, las “travesuras” del Senador Miguel Pichetto, el Diputado Agustín Rossi, la Dra. Diana Conti o Carlos Kunkel…. en fin…. Uno comprende (si ha escupido la pastilla oportunamente) que se trata lisa y llanamente de un caso de locura colectiva instalada en el seno del Poder Gubernamental de la República Argentina aprovechada por intereses que los manejan de una manera alarmante, ante lo cual se pregunta: “¿Qué más hace falta para que la población en su conjunto entienda que esta gente está enferma y nos ha llevado al borde del abismo? ¿No ven que estamos a punto de caer a un precipicio “empujados” por ellos? Digo empujados y no arrastrados porque los K son dementes pero astutos (nunca inteligentes), de lo contrario no podrían ser títeres de sus “Superiores”.

¿Es posible que un pueblo entero esté sometido a todos los males que puede tener una sociedad en términos-socioeconómicos, a vivir crispado, en estado de angustia e incertidumbre los trescientos sesenta y cinco días del año por culpa de los brotes psicóticos de una sociedad conyugal que lo único que saben hacer es daño, más daño, y sólo daño?

¿Es necesario seguir siendo pacientes con una hipotética oposición que salvo “rarísimas” excepciones lo único que comenten son desaciertos y encima reaccionan al límite del desastre o no reaccionan? La razón con la que el Dr. Carlos Menem justificó su inasistencia la semana pasada a la Cámara Alta es el ejemplo más claro del nivel de egocentricismo que domina sus actos. El señor no asistió, a un evento tan trascendente por que se siente “ninguneado” por sus pares…..Sin importarle nada en absoluto el perjuicio que con esto hacía al país.

Este Gobierno debe terminar su mandato en 2011, como corresponde, sin embargo, si el pueblo sigue expresando sus reclamos de manera dispersa, seguimos sin soluciones.

Pensaba: “¿Cómo sería nuestra realidad si todos los sectores nos uniéramos en un sólo reclamo de justicia social, sin banderías políticas, sin intereses sectoriales y dando rienda suelta a esa solidaridad tan grande que tenemos la mayoría de los argentinos?”

“¿Cómo sería nuestra realidad si todos tiráramos para el mismo lado, siempre pensando en los que menos tienen, en los que más necesitan?”.

“¿Cómo sería nuestra realidad si nos empezáramos a hacer cargo de nuestra responsabilidad de que los que están donde están, estén donde están?”

Probablemente lo mío sea una utopía, pero estoy segura que debe haber millones de compatriotas quienes alguna vez pensaron y sintieron lo mismo, por lo que sólo me resta volver a esas ideas tan trilladas, aunque no menos ciertas.

“La oposición señores (salvo rarísimas excepciones) no existe, eso hay que tenerlo muy claro, y en caso de encontrarse en los mismos cargos estratégicos que quienes nos gobiernan ahora, probablemente harían lo mismo o algo similar, Ergo, “solo el pueblo es capaz de salvar al pueblo”, y “acá o nos salvamos todos o, de los que pertenecemos a las clases medias y bajas (la mayoría), no queda nadie”, por lo que sigue, que a este país, le cambien la banderita celeste y blanca e izen en su lugar un trapo flameante con un símbolo muy conocido, como insignia patria.

La cara de la Mezquindad

domingo, 28 de febrero de 2010

Por Alberto Fernández

Carlos Menem ha ocupado esta semana un lugar central en las primeras planas de los diarios del país. Siendo que cuenta con una imagen negativa cercana al 80 por ciento, es indudable que la atención que el periodismo le ha prestado no ha tenido en cuenta su popularidad.


En realidad, el ex presidente se ha vuelto noticia pues les ha recordado a todos los que lo maltratan o cuanto menos lo ignoran que con su ausencia tiene el poder de paralizar el funcionamiento del Senado, frustrar las esperanzas opositoras y hasta obstruir así la acción del Gobierno.

Su banca vacía el miércoles desató infinitas conjeturas. Algunas de ellas inducían a creer que su deserción era parte de un acuerdo que le permitiría al Gobierno impedir que la oposición lo prive del control de la mayor parte de las comisiones. En esa confabulación, el Gobierno le garantizaría impunidad en las múltiples causas judiciales que lo tienen imputado.

Otras versiones decían que esa ausencia operaba como una advertencia a la oposición. Sólo pretendía que los opositores le otorguen a Menem un lugar de privilegio que hasta aquí le han negado. Justo es decir que la oposición y sus compañeros del Peronismo Federal lo contaban como propio a la hora de los votos, pero lo marginaban de modo vergonzante a la hora de las conferencias de prensa y de las fotografías.

Lo cierto es que Menem, el político más cuestionado por el Gobierno y la oposición, el que exhibe el mayor rechazo social, se ha convertido casi irónicamente en la llave maestra capaz de abrir las puertas por las que deben pasar las expectativas políticas de ambos sectores para materializarse y convertirse en realidad. Si el próximo miércoles se sienta en su banca, la oposición logrará asestarle un nuevo golpe a un gobierno ya bastante lastimado. Pero si no lo hace, el Gobierno recuperará aire y pondrá en tela de juicio la estrategia opositora.

Así funciona nuestra endeble institucionalidad política.

Decir que la Argentina enfrenta allí una crítica situación es, a esta altura de los acontecimientos, casi una obviedad. Para saberlo no hacía falta que Menem nos demostrara que aún puede hacer más daño. Son muy evidentes tanto la ausencia de liderazgos claros como la atomización del cuerpo político; causas centrales del deterioro del que se habla. Semejante cuadro genera dificultades no sólo para conformar mayorías parlamentarias sino también para favorecer una mejor gobernabilidad.

En los distintos parlamentos del mundo, cuando sólo existen minorías, las mayorías se constituyen con acuerdos políticos que suponen, además de una distribución adecuada del poder entre los suscriptores de esos convenios, un consenso claro sobre los planes de acción a seguir.

En la Argentina, nada de eso sucede. Tras el resultado electoral de junio último, el Gobierno vio mermar su influjo en ambas cámaras legislativas. Así, perdió primero la mayoría entre los diputados y poco tiempo después padeció lo mismo entre los senadores.

¿A favor de quiénes el oficialismo cedió el control de ambas cámaras? Precisamente, a manos de una nueva mayoría, resultante de la unión de todos los opositores. No hubo una mayoría de reemplazo consolidada electoralmente. Hubo, en cambio, una serie de acuerdos entre fuerzas políticas minoritarias y muy disímiles entre sí, para restarle al Gobierno el control legislativo y para impulsar cuestiones muy precisas, como el rechazo al decreto que pretendió instituir el Fondo del Bicentenario o la tan mentada reforma del Consejo de la Magistratura.

Como se trata de mayorías atadas con hilos muy delgados, el riesgo de deserción es muy alto. En un escenario signado mayormente por el interés particular de los legisladores que por el interés común que vincula a los miembros de una misma fuerza política, ese riesgo se potencia peligrosamente.

En el Gobierno pasa otro tanto. Casi negando la nueva realidad política que lo ha privado de las mayorías parlamentarias de las que gozaba, pretende seguir imponiendo sus pareceres con una actitud que denota una prepotencia que no es aconsejable para quien se ha debilitado en la batalla. Parece haber olvidado un regla general que enseña que el arte de la política pasa por persuadir y lograr, finalmente, el concurso de voluntades.

Ya han advertido que sus proyectos deberán enfrentar cierta resistencia opositora. Pero en vez de buscar consensos que les permitan alcanzar sus objetivos, algunos de sus voceros han preferido blandir como una suerte de “amenaza persuasiva” la decisión de ejercer tantas veces como sea necesario el derecho presidencial del veto.

Por encima de esa actuada prepotencia, también saben quienes gobiernan de la debilidad que padecen. Sólo así se explica el trato deferencial que en estos días ha merecido Carlos Menem. Seguramente, quienes ahora lo exaltan esperan que el “enojo” del senador riojano sea funcional a sus propósitos.

Sin la tirria de otros tiempos, parecen olvidar que tales elogios se vierten sobre el mismo hombre que hasta no hace mucho era acusado ejecutar una política que deparó a la Argentina primero la recesión y después el colapso financiero del año 2001. En muchos despachos oficiales, parece ser que ya no se toca madera cuando se pronuncia su nombre.

Cuando el miércoles próximo se reúna el Senado, seguramente, tantas dudas quedarán disipadas. Tal vez, el oficialismo tome nota de que enfrenta un contexto político definitivamente adverso cuando cuente el número de comisiones que seguirá controlando en la Cámara alta. Tal vez, la oposición advierta que, en este tiempo que nos toca vivir, es necesario articular una política que exhiba algo más que enarbolar la regla que dice que “lo importante no es ganar sino hacerlo perder al otro”.

Pero no quedan dudas tras los hechos ocurridos esta semana que nuestro sistema político ha dejado en evidencia otra de las caras de su enorme debilidad. Es precisamente la cara de la mezquindad que autoriza a utilizar cualquier método si es que con ello se pueden lograr los objetivos propuestos.

En la política en general, y en los parlamentos en particular, es cierto que, indefectiblemente, en algún momento los votos cuentan. Pero es cierto, también, que el modo como esos votos son obtenidos indica la fortaleza ética de la política que se esgrime.

Después de todo lo que nos ha tocado vivir a los argentinos, que Carlos Menem se dé el lujo de obstaculizar el funcionamiento del Senado debería agraviarnos. Que en las postrimerías de su vida política Carlos Menem adquiera semejante protagonismo debería hacernos reflexionar sobre cómo es posible que nuestro sistema político facilite semejante estado de cosas. Pero que oficialismo y oposición se disputen su apoyo sólo demuestra la triste vigencia de esa misma decadencia de la que millones de argentinos intentan escapar.

Los Kirchner incorporaron dentro del creciente mundo de sus enemigos a la Justicia

sábado, 27 de febrero de 2010

Por Nelson Castro

La empatada sesión de la Cámara alta le devolvió protagonismo a Carlos Menem y agrandó la figura de los halcones de ambos bandos.


Eramos pocos y, faltazo mediante, reapareció Menem”, sentenciaba con una sonrisa una voz que habita los pasillos del poder. Y ese faltazo del ahora senador riojano le ha agregado al turbulento escenario político argentino un nuevo ingrediente, propio de relato de realismo mágico del que tanto abunda en nuestra historia.

“Cometimos un grueso error en la forma en cómo manejamos el asunto”, reconocía un legislador de la Unión Cívica Radical que todavía mascullaba bronca por lo sucedido en el Senado en la tarde del miércoles. De hecho, el presidente del partido, Ernesto Sanz, le hizo un severo reproche al titular de la bancada radical, el senador Gerardo Morales, por ese error.

Hay que recordar que, en ocasión de aquella crucial votación en la que se rechazó la Resolución 125 en la Cámara alta, Sanz, que por entonces era jefe del bloque de su partido, trabajó intensamente la presencia de Carlos Menem a través de su fluida relación con su hermano Eduardo. Incluso, hubo una activa participación de Zulemita Menem para asegurar el traslado de su padre, afectado ese día por una fuerte gripe, desde un sanatorio en donde era atendido, hasta el Congreso.


Son momentos de alegría para el ex presidente, quien volvió a tener, por unas horas, el protagonismo que tanto añora. Hombre astuto que no ha perdido sus mañas, una de sus virtudes es la paciencia. Y el miércoles, esa paciencia tuvo su premio al ocupar el primer plano de la escena política, circunstancia que aprovechó para pasarles facturas principalmente a los integrantes del peronismo disidente.

Ahí ni se lo ha tenido en cuenta ni se lo quiere mucho. Es que hay una verdad innegable: nadie que aspire a tener un futuro político próspero quiere aparecer pegado al ex presidente. Su imagen negativa sigue siendo muy alta y su gobierno es considerado un emblema de la corrupción. Claro que para muchos de ellos hay un problema: el de haber sido funcionarios que alabaron fervorosamente aquella gestión.

El abanico es amplio y va desde Néstor Kirchner hasta Daniel Scioli. Néstor Kirchner supo decir que Carlos Menem era el mejor presidente de la historia argentina; Daniel Scioli le obsequiaba los mismos elogios con los que hoy halaga a Néstor Kirchner y mañana, al que venga.

Contra todos ellos y muchos otros, Carlos Menem acumula tirria. Ya ha dicho que va votar contra el kirchnerismo; pero también ha dicho que no es “una cosa sino un ser pensante” (sic) y que reclama tener voz y voto en comisiones clave del Senado. Sabe que, a partir de ahora, la situación de paridad que se vive en la Cámara alta le dará un peso que, hasta aquí, sus pares de bancada del justicialismo disidente le han negado.

Pero lo que pasó el miércoles en el Senado tiene, a su vez, un significado mucho más profundo e inquietante: la imposibilidad de llegar a acuerdos entre oficialistas y opositores. El Gobierno se niega a reconocer la nueva realidad política surgida tras las elecciones del 28 de junio pasado.

Sigue trabajando, pues, con la metodología de la imposición. Una voz del oficialismo, que se sinceraba sobre esto, lo resumió muy bien: “Que nos haya salvado Menem es una paradoja increíble e incómoda. Hemos perdido el dominio del Senado. Sería muy malo que en estos dos años que nos faltan de gobierno reinara la vetocracia”.

Al actuar así, lo único que logra el kirchnerismo es exacerbar a los halcones de la oposición, ávidos por implantar la misma metodología de la imposición de la que ha venido haciendo uso el oficialismo. La orden emanada desde Olivos para que los legisladores del Frente para la Victoria dejaran sin quórum la sesión del Senado dio pasto a los integrantes del peronismo disidente que habían pretendido quedarse con la estratégica presidencia provisional de la Cámara, objetivo que no lograron debido a que, en una actitud atinada, ni el radicalismo ni el socialismo apoyaron esa pretensión. El funcionamiento del Senado pende de un hilo ya que, ante la manifiesta paridad de fuerzas, lograr el quórum habrá de ser un trabajo de orfebre.

Lo que tampoco produjo felicidad fue la reunión del matrimonio presidencial con los empresarios. Antes de ese encuentro, hubo otro entre algunos de esos empresarios y el ministro de Planificación, Julio De Vido. Allí hubo imposiciones del Gobierno: una, que los hombres de negocios aceptaron con renuencia, fue la de no hablar de la inflación; la otra, que rechazaron, no sin algún temor, la de firmar un documento de apoyo al Fondo del Bicentenario para el Desendeudamiento y la Estabilidad.

Uno de los asistentes a la reunión en Olivos, que suele ser complaciente con el Gobierno, no pudo ocultar su inquietud al confesar que “varios salimos de ahí muy preocupados por la falta de un plan o esquema alternativo de contingencia ante el aumento de los precios que ya existe y que puede dispararse aún más tras la negociación paritaria. Esto no se arregla con los gritos de Néstor Kirchner”.

Esa alusión se refería al deslucido acto organizado el jueves pasado en La Plata, destinado a castigar al intendente de esa ciudad, Pablo Bruera, quien hace rato se alejó de las orillas del kirchnerismo. En su discurso de reaparición tras la operación de su arteria carótida derecha, el ex presidente en funciones abundó en el autoelogio y repartió palos para todos.

Nada nuevo si no fuera por la insistencia en incorporar dentro del creciente mundo de sus enemigos a la Justicia. Esto fue consecuencia de la decisión de la Sala IV de la Cámara de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo de otorgar el recurso de apelación extraordinario ante la Corte Suprema que presentó el Gobierno sobre la prohibición de crear el Fondo del Bicentenario dictaminada tanto por la jueza María José Sarmiento y ratificada por la Sala I del fuero Contencioso Administrativo.

El Gobierno aspiraba a que en simultáneo con el otorgamiento del recurso de apelación, la Cámara dispusiera una medida suspensiva de los fallos anteriores, con lo que el Poder Ejecutivo habría podido hacerse de las reservas del Banco Central mientras corriera el tratamiento del tema en el Congreso. Al respecto de ello, un operador del kirchnerismo en la Justicia precisaba que “esa aspiración gubernamental no tenía ninguna posibilidad de concretarse ya que, habiendo dos fallos adversos al Fondo, hubiera sido un escándalo que la Sala IV hubiese decidido ordenar la suspensión de sus efectos”.

El Fondo del Bicentenario, por el que los Kirchner desesperan, tiene, hoy día, más destino de fracaso que otra cosa.

Así termina febrero, otro mes de oportunidades perdidas en la increíble y paradojal historia de la Argentina, el país del mañana mejor que nunca llega.

El Peronismo Federal no logra explicar el faltazo de Carlos Menem

viernes, 26 de febrero de 2010

Por Eduardo Tagliaferro

El Peronismo Federal, interbloque en el que se enrola Carlos Menem, no logra explicar el faltazo del riojano a la sesión preparatoria del miércoles. El puntano Adolfo Rodríguez Saá no descarta viajar a La Rioja para entrevistarse personalmente con él. Incluso evaluaba concurrir acompañado por el salteño Juan Carlos Romero.


El Adolfo, como llaman al histórico senador de San Luis, revisaba meticulosamente ayer cada uno de los contactos que había mantenido con el ex presidente para encontrar en qué punto falló la comunicación. En defensa de su jefe político, su compañera de bloque, Liliana Negre de Alonso, confió que el jefe de despacho de Menem –Nicolás De Vedia– le había dicho a Rodríguez Saá que el día de la sesión “el Carlo” lo esperaba en el despacho para tomar un café y charlar.

Los comentarios de Negre de Alonso intentaban atenuar el desplante que Menem hizo a todos los integrantes de ese espacio cuando afirmó: “No participé de ninguna negociación”, “no firmé ningún documento” y “no autoricé a nadie a hablar en mi nombre”.


Consultado por los periodistas parlamentarios, el radical Gerardo Morales, la cara visible del armado opositor, no quiso hablar de Menem. Se limitó a responder: “Rodríguez Saá y Romero son los encargados de estar en contacto con él”.

Ése fue precisamente el punto débil de toda la estrategia opositora. Nadie tuvo un contacto fluido con el riojano. Aunque Negre de Alonso exhibió un correo electrónico en el que el jefe de despacho de Menem aseguraba que éste pretendía continuar integrando las comisiones de Justicia, Asuntos Municipales, Defensa y Coparticipación además de sumarse a Relaciones Exteriores y a la bicameral del MERCOSUR.

Aunque se preocupaban por que su enojo no trascendiera, en voz baja los radicales subrayaban que los peronistas disidentes les habían ocultado información. Por ejemplo, la falta de contacto con Menem. De hecho la única información que habían tenido en todos estos días les había llegado a través de Julio Cobos, que se había comunicado telefónicamente con Eduardo Menem.

Teniendo en cuenta que en el mismo momento en que se realizaba la reunión preparatoria de la sesión ya había comenzado a trascender que el riojano no se presentaría, no hubo ningún plan alternativo para evitar el fracaso que finalmente sufrieron cuando el kirchnerismo abandonó el recinto y los dejó sin quórum. Ayer frente a las cámaras televisivas, Negre de Alonso sólo atinó a decir: “No sé qué pasó con Menem”.

Al margen de la interna peronista, en el resto del espacio opositor no descartan que una mano negra del Gobierno haya influido en el faltazo de Menem. Un senador opositor que a primera hora del miércoles se entrevistó con el actual subsecretario de Pesca, el chubutense Norberto Yahuar, comentaba que el funcionario le había adelantado horas antes de la sesión preparatoria que “a la oposición le faltaría un senador”. El dato se suma a la larga lista de especulaciones que rodean a la ausencia del senador por La Rioja.

Más allá de las gestiones que durante el fin de semana realicen los peronistas para sumar a Menem, lo real es que por el momento la oposición no modificó su estrategia. En diálogo con la prensa, Morales aseguró que “no hay ninguna modificación en la propuesta, no hay ninguna negociación en marcha con el oficialismo y no habrá ninguna negociación. Vamos a la sesión del miércoles que viene con los 36 senadores que firmaron el acta”.

Morales aprovechó para confirmar que su fuerza concurrirá el lunes a la apertura del período ordinario de sesiones. En la noche del miércoles, después de que el kirchnerismo bloqueó la preparatoria del Senado, Elisa Carrió se comunicó con el senador jujeño. Le transmitió su solidaridad y le dijo que ante la posibilidad de que el oficialismo impida el funcionamiento del Congreso habría que considerar la presencia en la Asamblea Legislativa en la que Cristina Fernández de Kirchner hará su discurso anual de apertura del período legislativo.

“Transmití mi solidaridad con la oposición del Senado, pero el Senado no se dio cuenta todavía de lo que pasó”, le confió Carrió a Crítica de la Argentina.

Menem le evitó una goleada al kirchnerismo

jueves, 25 de febrero de 2010


Gracias a Carlos Menem, el Gobierno ayer no perdió 3 a 0. La Justicia mantuvo el bloqueo sobre el Fondo del Bicentenario y Hillary Clinton confirmó que vendrá al Sur pero no a la Argentina. Hasta ahí, 2 a 0. Sobre la hora, el ex presidente faltó sin aviso al Senado y le evitó una goleada al kirchnerismo.
Que justamente Menem, el demonio liberal de los 90, le haya tirado un salvavidas al Gobierno no es como para que los K anden festejando.

Por él, los senadores oficialistas pudieron huir y dejar sin quórum una sesión donde la oposición iba a tomar el control de las comisiones.

Pan para hoy y hambre para mañana: el kirchnerismo tampoco tiene ya la mayoría en el Senado. Y la maniobra de ayer no cambia eso. Lo que revela es el inútil empeño de los Kirchner por desconocer la relación de fuerzas que surgió de la derrota electoral del 28 de junio.

Igual, a intentar salvar el Fondo del Bicentenario, hoy más muerto que vivo. Está clarísimo que ese DNU fue un sonoro error, del comienzo al fin. Costo sobre costo: peleas con Redrado, el juez Thomas Griesa y la Justicia Argentina. Y encima, el jaque al canje de la deuda, que con el Fondo iban a abrirle al país el crédito internacional.

Y como a alguien hay que echarle la culpa, ahí está el propio kirchnerismo torpedeando a Boudou. Aníbal Fernández puede decir que "está más fuerte que nunca" pero el ministro es candidato puesto en todas las encuestas oficiales para cargar con la factura del fracaso.

Todo sea para liberar de culpa y cargo al verdadero cerebro de la operación.

El mismo Kirchner, que trata de contener una tropa que se le dispersa al compás de su pérdida de poder. Ayer bramó en territorio enemigo: el del intendente Bruera. Y resonó la venganza como guía central de la política.