Mostrando entradas con la etiqueta Gobierno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gobierno. Mostrar todas las entradas

La paz es tarea de todos, pero deber ineludible de las autoridades. A mayor investidura, mayor cordura

lunes, 8 de marzo de 2010

Por Hno. Eugenio Magdaleno

La paz y la guerra anidan en lo hondo de la naturaleza humana. Desde el bíblico litigio de Caín y de Abel, a hoy, cada persona puede ser un volcán de violencia o un mar de dulzura. La violencia y la paz, el odio y el perdón forman parte del misterio del hombre. Hay que educar para la paz, hay que promoverla incesantemente. La paz, caricia de Dios, es tarea de hoy y de siempre.


La paz es tarea de todos, pero deber ineludible de las autoridades. A mayor investidura, mayor cordura.

JUEGO PELIGROSO

Las autoridades nacionales, en los últimos tiempos, han atizado hogueras de violencia y ejercitado rencores y enfrentamientos. Un gobierno democrático y sólido no necesita avivar odios para acrecentar la gobernabilidad. Es un juego peligroso, imprevisible en sus consecuencias, ya que a la que a la larga o a la corta, daña a quien lo instrumentó.

Hacemos memoria de algunos hechos:

La irrupción en la Plaza de Mayo de piqueteros vandálicos que desalojaron a pacíficos manifestantes con lluvia de trompadas y de gritos discriminatorios verbalizando un profundo resentimiento.

El discurso oficial, mesiánico, teñido de un histérico populismo que enfrenta el agro con la industria; el campo con la ciudad; el centro con la periferia.

¿Por qué balcanizar la ciudadanía argentina? ¿No vivimos todos en la misma Patria? Esta división, además de ser injusta y arbitraria constituye un juego peligroso que atenta contra la armonía y sana convivencia pluralista que siempre nos caracterizó. Podemos ser mosaicos de diferentes colores, pero formando la única figura, la Nación Argentina.

Es inaceptable el frecuente crispamiento que acusa de subversivo al democrático disentir y confunde adversario con enemigo.

Intolerable y violenta la presencia de cierto sindicalismo muy K, tan jurásico como K, que ataca con inusitada violencia, aísla fábricas, supermercados, amedrentando al simple ciudadano y sembrando caos a los cuatro vientos.

La patológica y persistente regresión a la década del setenta demonizando arbitrariamente a unos y angelizando hipócritamente a otros, en fino ejercicio de fragmentación de la unidad social.

La persistente sospecha y el miedo a los “generales mediáticos” y el profundo desprecio por los generales de carne y hueso, que al fin y al cabo, son soldados de la Patria.

El estilo de relación de las autoridades nacionales con empresarios, productores, exportadores, intelectuales no setentistas, e incluso con diplomáticos extranjeros; los aprietes, los hostigamientos, las amenazas y chicanas; las esperas injustificadas, son reflejo de absolutismo y muestra de debilidad.

Hay una política de relación muy estudiada, leída en los manuales de las revoluciones fracasadas. Yo lo experimenté en Angola en 1986 en pleno poder marxista. Hay que ir al choque, quebrar los nervios, tratar con dureza y cretinismo, como si el otro fuera una bestia a dominar o un enemigo a demoler.

Existe una muy analizada y publicitada voluntad de compartir las riquezas; la equidad debe llegar a todos los argentinos. Es cierto, todos debemos ser canales de distribución, también el estado y sus autoridades, pero los percibimos como aspiradora insaciable que abulta bolsillos del poder y de los amigos. Si no hay coherencia, verdad y respeto, la paz será una utopía y la violencia el puñetazo que acompaña nuestra diaria convivencia, el pan amargo de nuestras relaciones sociales, políticas y hasta familiares.

HACIA UN FUTURO VENTUROSO

Estamos casi en vísperas del bicentenario 1810. Tiempo propicio para hacer un proyecto de país; oportunidad para sentarse en grupo amplio y pluralista de intelectuales, políticos, productores, sindicalistas, artistas, exportadores, etc. y de trazar líneas de acción de la Argentina del futuro. Esbozar un proyecto de Estado a corto, una presidencia, mediano, tres presidencias y largo plazo seis presidencias.

Un proyecto claro, incisivo abarcativo, que obligue a quien ejerza el poder a seguirlo y cumplirlo, más allá de las ideas políticas que le hicieron triunfar.

Un proyecto que nos interpele:

> ¿qué queremos?;

> ¿cuáles son los ejes del futuro progreso?;

> ¿cuáles las debilidades que nos tienen postrados?;

> ¿con qué recursos contamos?;

> ¿qué principios éticos y filosóficos serán la base de nuestro ser nacional?;

> ¿con quién nos aliaremos?;

> ¿cómo perfilaremos la educación de calidad, creadora de la mejor industria, la de la inteligencia?;

> ¿cómo asumir la globalidad, la mundialización?;

> ¿qué lugar ocuparán las fuerzas armadas y las industrias a ellas vinculadas?; etc.

Un proyecto de nación que impulse a la Argentina hacia un porvenir venturoso, equitativo, profundamente democrático; un proyecto que cierre el camino a la diaria involución que nos empobrece y nos fragmenta.

No hace falta filosofar mucho para ver cuál es el camino correcto. Miremos a nuestros vecinos que tuvieron tragedias como la nuestra o peores. Se animaron a cerrar las puertas al odio y a la venganza y abrir caminos hacia el futuro desde la unidad, el perdón y la justicia para todos.

Hoy los vemos firmes, avanzando por los senderos del progreso y del bienestar, que producen el trabajo de calidad y la investigación; y las exportaciones que acreditan a un país como productor y le permite pasar de ser deudor a acreedor.

Admiramos la estabilidad de estas naciones. Envidiamos que gobernantes de importantes estados los visiten y los inviten a consensuar proyectos de política internacional y de desarrollo. Es hora de despertar del letargo.

Argentina, con lo que es, con su inmenso potencial y con su ubicación en el planisferio, no puede quedar a espaldas del mundo libre y progresista. Buenos Aires seduce a muchos turistas y a pocos gobernantes, excepto a cuatro caudillos trasnochados, anclados en el tiempo.

En estos días políticos que importantes naciones visitan países limítrofes, pero no bajan en Ezeiza y no es por el humo. El mundo sigue progresando y nosotros petrificados en el pasado.

Hay que hacer memoria del pasado; éste nos será beneficioso en la medida que por igual rechacemos la violencia sembrada por la guerrilla subversiva y por los gobiernos de facto. Miremos el futuro, interpelemos el por qué de nuestros fracasos y depongamos nuestros egoísmos. Hagámoslo por los hijos, por los jóvenes. Argentina es tan rica que no puede fracasar. Fracasaremos los argentinos.

En un mundo globalizado, con crecimiento sostenido de la población, con acrecentamiento del poder adquisitivo, Argentina debe aspirar a reinar y no a vegetar. En momentos en que las tierras cultivables, la producción de alimentos, el agua dulce se convierten en bienes preciosísimos y escasos, debemos tomar la iniciativa y salir a conquistar el mundo.

Los próceres que gestaron el 25 de mayo y el 9 de julio soñaron una Patria grande, pletórica de proyectos y encarnada en el corazón de la humanidad.

Las mezquindades que hoy nos aíslan y empobrecen no condicen con el grito de libertad, ni con la epopeya emancipadora de la naciente patria.

Argentina, como el cóndor de nuestras montañas, anímate a mirar el mundo desde arriba y a volar decidida por los caminos de la esperanza.

The game of chicken

domingo, 7 de marzo de 2010

Por Alberto Fernández

Así llaman los ingleses al juego del gallina. Se trata de una rara competencia en la que participan dos jugadores. Cada uno de ellos conduce un vehículo a toda velocidad en dirección hacia el contrario. El primero que se desvía, el que pega el volantazo para evitar el choque, pierde y es humillado por actuar como un cobarde. Ése será el gallina que da nombre a la disputa.


Este juego perverso, que se funda en la idea de generar tanta presión en los concursantes hasta que uno de ellos desiste, ha sido objeto de investigación en quienes se preocupan por el arte de negociar. Parten de la premisa de que la presión psicológica a la que se ven sometidas las partes puede llevar a uno de ellos a ceder para evitar un resultado no deseado.

Desde el sentido común, todo indicaría que nadie debería aceptar someterse a semejante contexto. Pero si finalmente la situación fuera creada, la estrategia más sensata pasaría por girar el volante antes de que el topetazo pueda producirse. Así, la “pérdida” que supone salir de la ruta que conduce al choque es ínfima en comparación con los efectos que deberían esperarse de la colisión.

Pero puede ocurrir también que ambos contendientes confíen en que el buen juicio del otro será la causa que evite el choque. En tal caso, todo puede volverse demencial, porque si esa especulación es errada y ninguno de ellos cede, el choque acabará terminando con los dos.

La Argentina parece ser el escenario elegido por el Gobierno y la oposición para desarrollar ese juego. A partir del conflicto desatado por el uso de las reservas del Banco Central, se ha sucedido una serie de decisiones y actitudes en ambos bandos que ninguno parece querer revisar. Si uno de ellos no cede, todo indica que la inminencia del choque es inevitable.

Es evidente que el Gobierno no asume la nueva realidad política que se vive. No entiende que en el Parlamento ha perdido las mayorías y que debe reconstruirlas negociando y no avasallando a los opositores. Tampoco admite que la Justicia le haya dicho en dos instancias judiciales y con la participación de más de media docena de jueces que no podrá disponer de las reservas del Banco Central hasta tanto el Congreso lo habilite, ya sea ratificando el decreto o dictando una ley en su reemplazo.

Haciendo caso omiso a todo ello, no ha tenido mejor idea que reemplazar el cuestionado decreto de necesidad y urgencia que instituyó el Fondo del Bicentenario por otro de igual naturaleza que crea el Fondo del Desendeudamiento. De ese modo, desoyó todos los fallos judiciales y anunció su decisión de no negociar nada en el congreso. Asumiendo el rol de víctima, creyó ver en ese estado de cosas una suerte de complot destituyente.

Cuando el Gobierno aceleró la marcha, la oposición también lo hizo. Entonces, después de hacerse de la mayoría en ambas cámaras, no sólo anunció que rechazaría el nuevo decreto de excepción sino que aprovechó la oportunidad para impugnar en la comisión de acuerdos del Senado la propuesta de que Mercedes Marcó del Pont presida el directorio del Banco Central.

Mientras todo esto ocurría, una jueza nacional impidió una vez más que el Gobierno pudiera utilizar los recursos del Banco Central para conformar ahora el Fondo del Desendeudamiento y pagar deudas.

En el escenario de la política Argentina, estamos viendo cómo dos sectores se conducen sin retorno hacia una colisión segura que fácilmente podría evitarse.

El Gobierno, más allá de los excesos observados en las imprecisas imputaciones lanzadas, ha reconocido por primera vez que de no pagar con reservas la deuda externa debería soportar un enorme bache en las cuentas públicas. Pocos han tenido presente ese dato. Lo cierto es que con eso se quiere decir que si sólo deben usarse recursos presupuestarios para hacer frente a esas obligaciones, el gasto y la inversión pública deberán ajustarse considerablemente en un momento en que la economía internacional está crujiendo.

Ante semejante cuadro fiscal, ¿por qué piensa el oficialismo que el Congreso no admitiría el uso de las recursos acopiados en el Banco Central? ¿Cuáles son las fuerzas políticas opositoras que prefieren un ajuste fiscal antes que disponer de reservas para pagar la deuda exigible? ¿Por qué pensar que en el Congreso no habrá consenso suficiente como para entender que no es razonable ajustar la economía en un momento tan crítico como el que vive el mundo entero?.

Si el Gobierno saliera de su obstinación, reparara en esos interrogantes y se animara a retomar la iniciativa política, podría darse cuenta de que muchos opositores no se prestarían a promover un “ajuste” de semejante magnitud. Como no lo hace, prefiere evitar el debate y seguir usando la prepotencia para imponer posiciones en un tiempo en el que no goza de la fortaleza política que alguna vez tuvo. Precisamente, es esa prepotencia, más propia del caprichoso que del que tiene poder, lo que termina irritando no sólo a los opositores sino también a sus seguidores y al resto del cuerpo social.

Esa prepotencia no sólo tiñe sus acciones sino que también afecta sus discursos. No existe ninguna razón que justifique descalificar a una jueza insinuando que ha fallado cumpliendo un deber conyugal. Más allá del mal trato que supone atribuir a una mujer la condición de “obediente” del marido, es indudable que la sentencia que ha dictado va en el mismo sentido que antes siguieron varios jueces en distintas instancias jurisdiccionales. En consecuencia, aunque sea verdad que existen jueces de dudosa moralidad –los menos–, es impensable que esa inconducta sea el fundamento del fallo cuestionado. Tan incomprensible como pensar que en los tribunales se gestan movimientos desestabilizadores del poder político.

Hablando de estos mismos temas y en esta misma página ya se dijo que era tiempo de “parar la pelota y levantar la cabeza”. Ésa debe seguir siendo la consigna, aunque ahora debería pensarse en levantar el pie del acelerador y comenzar a girar el volante para detener el auto en la banquina.

El Gobierno debe asumir su responsabilidad de administrar con un Parlamento en el que no cuenta con mayorías. Fue la ciudadanía la que así lo dispuso con su voto. Como no debe gobernar desoyendo fallos judiciales y desconociendo a diputados y senadores, es necesario que entienda que el camino que ha elegido para disponer de las reservas monetarias es particularmente peligroso por el nefasto antecedente que genera.

Por lo tanto, debe decidirse a negociar para que una ley lo autorice a hacerlo. Cuando lo haga, nadie verá en ello un gesto de debilidad. Por el contrario, sólo debería verse en ese proceder racionalidad política y respeto a las instituciones de la República.

No es bueno escuchar decir en la oposición que son “miedosos” los que propician acuerdos tratando de encontrar una salida que los aleje del choque. A esta altura de los acontecimientos, las fuerzas opositoras deberían extremar los esfuerzos buscando conciliar posiciones, tratando de dictar una ley que autorice al Poder Ejecutivo a pagar los compromisos externos con reservas monetarias.

Ante el juego del gallina, los testigos valoran más al que desiste que al que está decidido a inmolarse en el intento. Para quienes miran de afuera, quien conduce hacia un choque frontal simplemente se ha vuelto loco. Irónicamente, para ellos, el perdedor es el que más sensatez ha demostrado.

Por eso tiene razón Pampuro cuando recomienda darse cuenta de que en política ceder no es necesariamente perder. Con algo de suerte, tal vez alguien lo escuche y siga su consejo sin que por ello termine convertido en “gallina”.