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Ninguna crisis política podría saldarse de la noche a la mañana

domingo, 30 de mayo de 2010

Por Eduardo Van Der Kooy

Vivió la semana pasada la Argentina algo parecido a una ensoñación . La habitual avaricia política fue arrasada por una festiva vocación popular como no se recordaba desde el retorno de la democracia que comandó Raúl Alfonsín.


Hubo fiesta, pero hubo también armonía y tranquilidad . Ni el Gobierno de Cristina y Néstor Kirchner ni la oposición se animaron aún a enturbiar ese clima, a poner fin a la luna de miel que provocó el Bicentenario.

Ese espíritu de concordia no sobrevoló sólo las calles porteñas. Se notó más, simplemente, porque allí se agolpó la mayor multitud y porque la televisión repicó con esas imágenes. Pero existieron otras multitudes, en Córdoba o las que colmaron varios días el Monumento a la Bandera en Rosario, que le concedieron a la fiesta un sentido extrañamente nacional.

¿Una tregua o, ciertamente, la posibilidad de algún cambio político y social en la Argentina? El interrogante es imposible de responder ahora mismo. Que sea una cosa o la otra dependerá, sin dudas, de la interpretación que la clase dirigente haga sobre las cosas sucedidas. Aunque ninguna crisis política, como la que arrastra la Nación desde el 2001, podría saldarse de la noche a la mañana.

Menos, todavía, cuando el marco de las celebraciones mostró dos planos bien diferenciados. La sociedad atenta sólo al entretenimiento y a la excepcional oferta artística. Los dirigentes pendientes más de sus propias aldeas.

Los Kirchner planearon sus apariciones aventando cualquier posibilidad de sobresalto.

Cuando hicieron la caminata con los presidentes extranjeros, cuando participaron del Tedéum en Luján o al sumarse con naturalidad a la clausura de los festejos. Siempre en la línea de vanguardia de las multitudes que los rodearon predominaron los militantes kirchneristas. Fue lo que Mauricio Macri no le pudo garantizar al matrimonio en el Teatro Colón.

Tampoco el entusiasmo popular pudo hacer olvidar otras cosas. La novelita de Cristina con Macri. La realización de dos Tedeum por una inquina de los Kirchner con el cardenal Jorge Bergoglio. La especulación política opositora en torno a esos actos religiosos. El aislamiento de Julio Cobos en su papel de vicepresidente. El desprecio por las investiduras de Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde y Adolfo Rodríguez Saá.

No parecieran esos cimientos sólidos como para suponer que luego de la fiesta se podría comenzar a construir un tiempo político nuevo en el país.

La responsabilidad de ese tiempo deseado es de todos los sectores. Pero aquellos que ejercen el poder –los Kirchner– tienen siempre un deber superior. Los pequeños gestos que el matrimonio entremezcló en medio de las celebraciones no resultaron prometedores. No pareció necesario que Cristina, por ejemplo, haya danzado con un sombrero que promovió la candidatura de Kirchner para el 2011. La Presidenta proclamó también que la fiesta era de todos aunque pronunció un mensaje que, más allá de la legítima mirada ideológica, no transpiró ningún sentido integrador.

Los Kirchner no han sido, en los últimos años, eficaces intérpretes de las expresiones colectivas. Supusieron que el rotundo triunfo de Cristina en el 2007 significaba un aval de incondicionalidad. Que no había nada perentorio para cambiar. La imagen de la Presidenta fue de inmediato sumida por la de su esposo. También llevaron hasta una estación de irracionalidad el conflicto con el campo, pese al ostensible desagrado social. Esa puja les abrió una enorme brecha con la comunidad.

Tardíamente están tratando de enmendarla .

El matrimonio minimizó además el significado de la derrota en las elecciones legislativas. Por empezar, nunca admitió esa derrota. Hurgó más tarde sus causas en la hipotética necesidad de profundizar algunas decisiones. Eso se tradujo en una embestida contra la oposición en el Congreso y en una pelea contra los medios de comunicación y el Poder Judicial.

¿Habrán comprendido, entonces, el sentido de la esquela que la sociedad despachó en el Bicentenario? Hubo apresurados que vaticinaron cambios y que hablaron, incluso, sobre la chance de que rodara la cabeza de Guillermo Moreno. Los Kirchner no creen en cambios y, menos todavía, en la separación del secretario de Comercio.

La candidatura de Kirchner para el 2011 se meneaba antes del Bicentenario. Habría tomado en las últimas horas un vigor renovado.

“¿Quién se lo puede discutir?” , preguntaba un legislador bien leal al oficialismo. El ex presidente, como su esposa, quedaron encantados con la participación social. Como en otras ocasiones, no se preocuparon por ahondar más allá de la espuma de los hechos. Pero Kirchner está convencido de que podría volver, aún contra lo que pronostican ahora las encuestas.

Sus ojos, de nuevo, están posados en Buenos Aires. En un dirigente con cuya compañía ha logrado forjar todos los éxitos. Daniel Scioli es el hombre señalado. Con él llegó a la Casa Rosada. El mismo resultó determinante para la ventaja que arrancó Cristina cuando se hizo Presidenta.

El gobernador trabaja desde hace rato, discretamente, con la esperanza de convertirse en el heredero de los Kirchner. Los pasos políticos del ex presidente tendrían otro rumbo: querría a Scioli como compañero de fórmula.

“¿Quien nos ganaría?”, se entusiasma desafiante en la intimidad.

El del gobernador de Buenos Aires es un caso notable en la política. Ha zigzagueado con Menem, con Duhalde y terminó anclado a los Kirchner. Administra el distrito más complejo y misterioso del país, donde muchos dirigentes terminaron sepultando sus carreras. Entre tropiezos políticos y siempre con la guillotina de la inseguridad sobre su cuello, Scioli sobrevive . Ninguna encuesta lo ubica por debajo del 36% de imagen positiva. Posee otro hándicap: es uno de los kirchneristas menos atacados por la oposición.

El supuesto desplazamiento de Scioli a la fórmula con Kirchner, en el 2011, desnudaría un problema en Buenos Aires. El kirchnerismo carece allí de candidatos taquilleros. Las eternas ilusiones de Aníbal Fernández se consumieron al compás de cada incesante desatino como jefe de Gabinete. El ex presidente le envió varios emisarios a Sergio Massa.

El intendente de Tigre está hoy en otra cosa. Frecuenta a dirigentes que militan en el antikirchnerismo y que suponen, como él, que el peronismo estaría condenado a una derrota si no apuesta a la renovación.

Aunque también es cierto que en sus planes figura el arribo a la gobernación de Buenos Aires. Duhalde es uno de los que tiene en cuenta esa ambición.

Massa se fue del Gobierno dejando una relación distante con Cristina y mala con Kirchner. Pero poco le importa eso al ex presidente cuando en juego está su porvenir. El intendente figura entre los cuatro dirigentes con mejor imagen en la Provincia, incluso por encima de Scioli.

Ricardo Alfonsín también asoma en ese lote . Alrededor del hijo del ex caudillo radical se enhebran un montón de expectativas. Por primera vez, Hermes Binner, el gobernador socialista de Santa Fe, no descartó acompañarlo en una supuesta fórmula presidencial. Elisa Carrió ha dicho lo mismo. Pero nadie sabe si Alfonsín será, al final, candidato. Deberá superar todavía el filtro de las internas abiertas.

Ahora está en una batalla sorda contra Cobos. Los separa la interna partidaria en Buenos Aires del próximo fin de semana. El cobismo cuestionó agriamente al diputado por haber asistido a la cena de gala de la Casa Rosada, de la cual fue apartado el vicepresidente. Cristina llenó de halagos a Alfonsín. Los cobistas sospechan que el kirchnerismo apostaría por el afianzamiento de Alfonsín para dañar al vice. Las sospechas van de un lado hacia el otro: los alfonsinistas creen en la existencia de un pacto para perjudicarlos en Buenos Aires entre Scioli, el viejo peronismo y el viejo radicalismo , que está alineado con Cobos.

El kirchnerismo tiene una gran eficacia para disolver cualquier atisbo de unidad en la oposición. Tiene también otras herramientas para hacerle a esa oposición la vida muy difícil. La oposición en Diputados pretende avanzar cuanto antes con la reforma al Consejo de la Magistratura y al INDEC. El dictamen del Consejo está trabado en la Comisión de Peticiones, Poderes y Reglamentos que timonea un kirchnerista. Sobre el INDEC existen 36 proyectos distribuidos, con intencionalidad, nada menos que en 15 comisiones.

Ninguno prospera . La oposición presume algo desde hace semanas: los Kirchner estarían cocinando alguna novedad –¿otro maquillaje?– sobre las cuestionadas mediciones oficiales.

Los Kirchner están, en cambio, ante una encrucijada por la caducidad de las facultades delegadas que operará a fines de junio. Eso significaría, entre muchas cosas, que la fijación de las retenciones al agro quedarían en poder del Congreso.

Una pésima noticia para el Gobierno.

Agustín Rossi, el jefe del bloque oficialista, estuvo haciendo un tanteo con Felipe Solá a fin de buscar una salida. Pero esa gestión no prosperó . De todos modos los Kirchner estarían dispuestos a bajar el tenor de la pelea con el campo para concentrarla en el periodismo y la Justicia.

La refriega con Brasil por el bloqueo de Moreno a las importaciones no acaba. Resurgió el debate por los millonarios fondos de Santa Cruz que parecen haberse evaporado.

Esos fondos serían mayores que los que siempre se dijeron . No le esperará un momento distendido a Cristina, quizá, en la cumbre que tendrá este miércoles con José Mujica. El uruguayo siente que el matrimonio no hace nada por aliviar el conflicto con los asambleístas de Gualeguaychú, cada vez más hostiles.

Cuando el telón del Bicentenario se levante, volverá el país carnal que los festejos populares lograron relegar.

El kirchnerismo trata de polarizar a un país harto de su prepotencia

miércoles, 17 de febrero de 2010

El análisis político y económico de los doctores Vicente Massot y Agustín Monteverde

El tiempo no es neutral

Complicado mas de la cuenta no sólo en la cámara baja del Congreso sino también en la de senadores; roído en sus entrañas por un sinnúmero de acólitos que están alerta para dejarlo en la estacada a la primera de cambios; sacudido por un proceso inflacionario frente al cual los afeites y retoques hechos al INDEC resultan intrascendentes; enfrentado con la dirigencia agraria en una disputa sin retorno y ninguneado, cada vez más, por un peronismo que se quiere independizar del lastre que lleva encima, el kirchnerismo trata como mejor puede de capear el temporal.

Y como no sabe muy bien lo que hace, hace tan sólo lo que sabe: insultar, extorsionar, amenazar y, sobre todo, tratar de polarizar a un país harto de su prepotencia. A veces estas tácticas le han dado resultado. Últimamente, en cambio, ha sufrido fracasos sonoros.

En este orden de cosas se inscriben las acusaciones enderezadas por el jefe de gabinete y el ministro del Interior contra la UCR; los dicterios lanzados a expensas de Julio Cobos y Carlos Reutemann; la estrategia de zanahoria y garrote implementada con los gobernadores y —está claro— el sonsonete de una conspiración en marcha en contra del gobierno nacional y popular, prohijado por los enemigos de siempre: la oligarquía ganadera, los fondos buitres, la derecha y los nostálgicos de los noventa.

El problema que tiene el kirchnerismo es doble: por un lado, cree, con fe digna de carbonero, en el mensaje que propala a diestra y siniestra desde las usinas oficiales pero, por el otro, nadie cree nada de lo que dice.

Las cifras respecto del alza de precios de la carne son tomadas a risa; las explicaciones del inefable Aníbal Fernández en cuanto a que la inflación —que reconoce— es producto de una mejor distribución del ingreso, hacen el ridículo; la confesión de Cristina Fernández de que el escándalo de la compra de dos millones de dólares por parte de su marido son el resultado de “estar en blanco” en la Argentina, producen tirria y así cada cosa que expresa la actual administración genera en la gente el efecto contrario al buscado.

Puede que algunos de los casos reseñados sean anecdóticos. Otros, inversamente, distan mucho de serlo.

En el Parlamento los Kirchner no imaginaban, a finales del año pasado, que deberían hacer frente a un temporal como el que se les viene encima. Es que si en Diputados sus chances de conseguir una votación favorable son mínimas, el panorama ahora también luce dramático en la cámara alta, donde los pampeanos Carlos Verna y María Higonet coquetean sin tapujos con la oposición —contra lo que suponían en el oficialismo— y los 37 votos necesarios para imponer el decreto que le quita el sueño al santacruceño, parecen inalcanzables.

Además, si naufragase la idea de convalidar el DNU del Bicentenario tampoco cabría imaginar la posibilidad de que, en su reemplazo, se echase a andar un proyecto de ley. Sencillamente no pasaría la prueba en la Cámara de Diputados, salvo que la letra y el espíritu del mismo nada tuviese que ver con las ideas que viene manejando el gobierno en ese sentido.

Conclusión: ¿cómo financiarse? Porque el nudo de la cuestión no es otro que la necesidad perentoria que tiene el kirchnerismo de encontrar una o varias cajas para hacer frente a los compromisos del 2010 y, al mismo tiempo, mantener un nivel de gasto público exorbitante de cara a los comicios del año venidero.

La pregunta anterior conduce a otra: ¿hay un plan B? Nadie lo sabe, excepto el matrimonio gobernante pero, a falta de certezas, no es descabellado hacer un ejercicio analítico con el propósito de imaginar escenarios alternativos.

Sería desaconsejable descartar de plano la posibilidad de que, a la hora de votar, los senadores pampeanos y otros en su misma situación finalmente llegasen a un acuerdo con el oficialismo sobre unas bases diferentes a las que se vienen manejando hasta ahora. No habría que dar de lado, inclusive, que el arco opositor limase asperezas con Pichetto para consensuar una salida elegante.

Parece remoto el escenario reseñado aunque nunca se sabe cuál puede ser la voluntad de determinados senadores y diputados que, a falta de convicciones sólidas, negocian su voto al mejor postor a último momento.

Es cierto que Verna, hasta ahora, ha formado junto a la oposición y se ha alineado con ésta en la disputa respecto de las autoridades que deberán elegirse para presidir las distintas comisiones. No lo es menos que bien podría sufragar de una manera en punto a las comisiones y de otra en el tema del Fondo del Bicentenario.

Se abre también la posibilidad de que el kirchnerismo, sabiéndose perdedor, decidiese jugar a suerte y verdad una carta brava frente a los gobernadores. Ello supondría obligarlos, ante la carencia de fondos, a realizar, quien más quien menos, un ajuste en cada una de las provincias.

El problema con este tipo de medidas es que, en rojo fiscal como están la mayoría de los distritos, cualquier disminución de los recursos que les envía el tesoro nacional los pondría a algunos al borde del estallido social, con la coincidencia de que si algo de esta envergadura ocurriese en cualquier lugar del país el gobierno central no saldría indemne ni mucho menos.

La lógica sería que, de aquí a las elecciones del 2011, hubiese una política fiscal y monetaria cuidadosa y que se pudiese limitar el gasto. Pero esperar a esta altura del partido tamaño sacrificio de parte del kirchnerismo sería como pedirle peras al olmo.

Y está, por fin, el escenario más probable que significaría, de parte del gobierno, hacer de la necesidad, virtud. Si, tal como se halla diseñado, el DNU del Bicentenario pasase a mejor vida, no son pocos los senadores e inclusive diputados del arco opositor que estarían dispuestos a votar una ley al respecto.

Solo que no sería redactada a imagen y semejanza de los caprichos oficialistas sino en consonancia con los recaudos que las nuevas mayorías en el Congreso quieren tomar ante la discrecionalidad fiscal del kirchnerismo. Que hoy tanto Pichetto como Rossi y, en general, las más altas autoridades del Ejecutivo digan que, fuera del DNU, no hay otro camino está lejos de significar que todas las puertas están cerradas y que todos los puentes entre gobierno y oposición hayan sido volados.

Antes de tratar de echar mano a los encajes en dólares o imaginar una salvajada semejante —que, a la larga, obraría a la manera de un boomerang en su contra— el gobierno tiene por delante un espacio para negociar.

El tiempo no es neutral al respecto y el espacio mencionado se achica a medida que pasan los días. Pero siempre es conveniente recordar que la necesidad tiene cara de hereje. Hasta la próxima semana.

Con 37 votos reunidos los líderes de las bancadas opositoras empezarán distribuirse los cargos

martes, 16 de febrero de 2010

Por Mauricio Cantando

Con 37 votos reunidos, lo justo para el quórum, los líderes de las bancadas opositoras empezarán mañana a distribuirse los cargos de las 26 comisiones, ya dispuestos a dejar al kirchnerismo con minoría en todas ellas. Por la noche volverán a intentar una negociación con Miguel Pichetto, jefe de la bancada oficialista. Si insiste en rechazar la propuesta, podrían amenazar con quedarse con la presidencia provisional.

El kirchnerismo está a un paso de sufrir una nueva derrota en el Congreso. A una semana de elegirse las autoridades del Senado, las distintas bancadas de la oposición reunieron 37 votos, uno más que lo necesario para alcanzar la mayoría. Y están dispuestos a usar esa fuerza para dejar al kirchnerismo con minoría en las 26 comisiones permanentes y con la presidencia de solo doce de ellas.

La embestida terminó de definirse la semana pasada cuando el jefe del bloque radical, Gerardo Morales y el de los peronistas opositores, Adolfo Rodríguez Saá, líderes de las dos minorías más numerosas con 17 y 11 bancas respectivamente, acordaron salir a la caza de los bloques minoritarios para llegar a la mitad más uno de los votos y marcarle la cancha al kirchnerismo.


Al seguro apoyo de María Eugenia Estenssoro (Coalición Cívica), Samuel Cabanchik (Buenos Aires Federal) y el socialista Rubén Giustiniani (aunque a éste no se lo vio la semana pasada), debía sumarse el de los pampeanos Carlos Verna y María de los Ángeles Higonet, los votos que el kirchnerismo quería acapararse para definir la compulsa.

Pero los pampeanos se volcaron con la oposición mediante un acuerdo previo con la liberal correntina Josefina Meabe, la chubutense Graciela Di Perna y los cordobeses Luis Juez y Norma Morandini. Con ellos, la oposición contó 37 votos y obligó a kirchnerismo a buscar otros dos conversos para pensar en una victoria (hay quienes sospechan del correntino José Roldán, con bloque propio), ya que un empate le permitiría definir todo al vicepresidente Julio Cobos.
Comienza el reparto

Los referentes de la oposición encargados de negociar coinciden en algo: si desde la quinta de Olivos no hubieran intervenido, el acuerdo ya estaría cerrado. Entienden que la intransigencia de Pichetto y de su par Nicolás Fernández responde a una declaración de guerra ordenada por el matrimonio presidencial.

Conocedores de que el ex presidente es capaz de luchar contra la corriente hasta el último suspiro, los líderes de la oposición se reunirán mañana para comenzar a repartirse entre ellos los cargos de las comisiones. Por la noche se verán las caras con los jefes del kirchenrismo y les reiterarán su propuesta oficial, ya con mayor forma.

Ese ofrecimiento consiste en distribuir entre los opositores las presidencias de 14 de las 26 comisiones y 8 de los 15 lugares disponibles en cada una de ellas.

Esta distribución obligaría al Gobierno a negociar cada dictamen con al menos un bloque opositor. Pichetto rechazó ese esquema y dejó abierto el camino para que todo se defina en el recinto el miércoles 24, día previsto para la sesión preparatoria.

Al cónclave opositor llegarán mañana Morales, Rodríguez Saá, Verna, Estenssoro y Giustiniani. Entre ellos comenzarán a repartirse los lugares de las 14 comisiones que pretenden presidir. Solo hay un acuerdo previo: uno casillero de cada una deberá recaer en alguno de los seis integrantes del ocasional grupo comandado por Verna.

En el Congreso ya se escuchan advertencias opositores sobre lo que harían en caso de que el kirchnerismo siga sin negociar. “Nos repartiremos más lugares en las comisiones y no les dejaremos las comisiones de gestión”, repiten.

Además, quedó latente el reclamo de Rodríguez Saá para quedarse con la presidencia provisional, que a excepción de su bloque, nadie le discutió aún al kirchnerista José Pampuro. Pero también él necesita 37 votos para continuar en ese cargo.

Los disfraces políticos se reproducen y no por la llegada del carnaval

domingo, 14 de febrero de 2010

Por Eduardo van der Kooy

Las debilidades del Gobierno afloran. Por eso el atrevimiento de los reclamos de Moyano y D´Elia. Existe una diáspora todavía contenida entre muchos intendentes y gobernadores. La oposición en el Congreso empieza a ser un problema mas serio del que los Kirchner creían.


"D'Elia tiene razón. Los intendentes lo vamos a dejar a Kirchner. Pero no será una traición. Nos trajo hasta aquí a punta de pistola. No estamos dispuestos a hundirnos con el barco". La frase descarnada pertenece a un poderoso intendente del conurbano. La convicción de ese funcionario parece sólida pero se mulle frente a la pregunta de por qué razón esas afirmaciones se escuchan sólo en privado. "¿Qué quiere, que nos maten. Que nos saquen hasta la última moneda?", interroga temoroso.


Aquel intendente no es un excepción en el universo peronista. La simulación parece el fenómeno mas extendido ahora en el partido y en el kirchnerismo. Los legisladores provinciales bonaerenses que en un encuentro estival de playa habían criticado al ex presidente firmaron, hace días, una solicitada de adhesión: "Así lo dejamos contento y nos dejan tranquilos a nosotros", confesó uno de los principales adherentes.

¿Quien los intranquiliza? Daniel Scioli vive obsesionado por la conducta política de los peronistas de la provincia. El disciplinamiento de esa tropa le garantizaría una relación estable con Néstor y Cristina Kirchner. Esa es la teoría que esgrime al menos su jefe de Gabinete, Alberto Pérez.

Quizás por ese motivo Scioli habría aceptado también que las finanzas de Buenos Aires sean auditadas por la Nación. Existe desde hace semanas un trabajo conjunto entre el ministro de Economía provincial, Alejandro Arlía, y el secretario de Hacienda de los Kirchner, Juan Carlos Pezoa.

Se pactó también que la escasez se note poco: las obras importantes en el conurbano avanzan a tranco pesado o no avanzan; a las obras de menor envergadura se les dio un envión, en especial las del segundo cordón donde el kirchnerismo supone que retiene su clientela electoral. Pese a ese ensamble, el gobernador empezaría a dudar sobre si aquella olla política peronista que acumula presión no volará por el aire el día menos pensado.

Los disfraces políticos se reproducen y no por la llegada del carnaval. Kirchner le ordenó al ministro de Justicia y Seguridad, Julio Alak, que organizara en La Plata una reunión para reivindicar su liderazgo y castigar al intendente Pablo Bruera, apartado del kirchnerismo. La cena se hizo dos días después de la operación que sufrió el ex presidente. Hubo un grupo nutrido de kirchneristas rabiosos y algunos moderados. Hubo invitados que se negaron a asistir. Varios de los moderados le aclararon luego a un peronista disidente de talla: "Fuimos de compromiso. No teníamos como zafar del apriete", sonrojaron.

El kichnerismo también la semana pasada arrojó críticas como granizo sobre la cabeza de Carlos Reutemann. Las declaraciones del senador sobre que el Gobierno se "afane" antes del 2011 la Casa Rosada y la Plaza de Mayo colmaron de ira a los Kirchner. Pues bien, que se sepa dos de esos cruzados enviaron correos directos al ex gobernador: "No nos quedaba otra. Pero si jugás la presidencial vamos a estar con vos", le prometieron.

Luis D'Elia conoce bien esa trama enorme de apariencias y de engaños. Sabe también que desde el pasado 28 de junio los Kirchner han empezado a entrar en un cono de debilidad irremediable que se acentuará este año cuando deban gestionar con un Congreso adverso. O saca tajada a ahora mismo de esa debilidad, reclamando la participación en los planes de empleo que distribuyen los intendentes bonaerenses, o luego sería tarde.

Hugo Moyano tiene, incluso, un olfato mas sofisticado que D'Elia. El jefe de la CGT frecuenta el ámbito del peronismo clásico y de los intendentes bonaerenses como no lo hace el líder piquetero. Hace semanas admitió que "hay muchachos que no están conformes con el modo de conducción del PJ". Se desdijo cuando sonó desde Olivos el teléfono. Anda en un tironeo sobre los alcances de la inflación porque en poco mas de un mes arrancarán en los gremios las discusiones paritarias. Igual que D'Elia, también supone que el trance de fragilidad de los Kirchner le permitirá obtener un provecho mejor.

Moyano y D'Elia parecen lejos, sin embargo, de pensar aún en dar un salto. El peronismo no le ofrece al secretario de la CGT ninguna alternativa que no sea la de los Kirchner. D'Elia quedaría condenado a mezclarse otra vez entre las organizaciones piqueteras --de la izquierda-- sin ningún anclaje, como le gusta, en el poder.

Moyano conoce que no tendría futuro junto a Reutemann. El mismo inició la escalada de confrontación kirchnerista con el senador. Su palabra fue una de las razones, entre varias, que acicatearon la reaparición del ex gobernador de Santa Fe. Pero no fue la única.

Reutemann supo de alguna trapizonda kirchnerista para intentar instalarlo en la escena pública como un hipotético heredero de los Kirchner. Una manera expeditiva, tal vez, de amputarle cualquier expectativa social. El dedo de los Kirchner, hoy por hoy, hunde en vez de elevar. El senador creyó descubrir esa intención cuando días atrás fue abordado en un restaurante de Recoleta por un gerente del poder, ahora kirchnerista. Juan Carlos Mazzón quiso hablar con él, pero lo esquivó todo lo posible.

Reutemann decidió entonces castigar donde al matrimonio presidencial ahora le duele: las sospechas de que la administración se corrompe de modo incesante. Esas sospechas comenzaron a tener volumen popular no tanto por las reiteradas denuncias. Fue determinante un episodio derivado del conflicto en el Banco Central: los dos millones de dólares que compró Kirchner en el 2008 para una inversión inmobiliaria, en medio de la crisis económica internacional.

Reutemann trazó así una frontera definitiva. No tiene decidido todavía, pese al torrente de conjeturas, si se postulará para el 2011. Tiene en claro, en cambio, que de hacerlo estaría en la vereda opuesta a los Kirchner.

¿Lo hará?. Por lo pronto, descartó una nueva pelea por la gobernación de Santa Fe. Tal vez abandone la práctica de los enigmáticos y largos silencios para canjearla por una comunicación mas fluída. La diputada Celia Arena se encargaría de eso. El senador tiene voluntad de alentar el papel del peronismo federal en el Congreso y ampliaría contactos con dirigentes que no sean sólo de su provincia, Córdoba y Entre Rios. Tiene agendado un encuentro inminente con Felipe Solá y recibió a fin de año a Sergio Massa. Se comprende la bronca de los Kirchner contra el intendente de Tigre y la desconfianza que, por añadidura, le dispensa Scioli.

Kirchner instruyó aquella ofensiva contra Reutemann. Pero ni él mismo ni Cristina dijeron una palabra. Nunca el matrimonio se atrevió a cuestionar públicamente al senador. El ex presidente no quiso hablar de lo ocurrido delante de los visitantes que tuvo en el sanatorio donde permaneció internado tres días. Uno de sus interlocutores contó que el percance de salud habría devuelto a un hombre manso, reflexivo. Que hasta sobrevoló la idea de un sucesor para el 2011 que no podría ser un Kirchner. A un avezado kirchnerista se le ocurrió apuntar con sorna: "Es posible que ahora piense eso. Pero le durará hasta que se le borre la cicatriz".

El problema de salud del ex presidente quizás no se transforme en un límite político pero sí en un toque de atención. No sería el único. El matrimonio sabía que el Fondo de Bicentenario, para usar las reservas del Banco Central, naufragaría sin remedio en Diputados. Pero que el Senado sería, al final, una tabla de salvación. Esa esperanza flamea.

El kirchnerismo está ahora clavado en los mismos votos que la oposición (35). Pero el pampeano peronista Carlos Verna y su comprovinciana María Higonet se sumaron a los opositores en la puja por la distribución de las comisiones del Senado y exigen que aquel DNU sea cambiado por un proyecto de ley. Habría algo mas que el cambio de las formas: estaría implícita la voluntad de discutir la distribución de algunos impuestos a las provincias.

Verna no es un llanero solitario. Hay gobernadores del PJ que promueven esa idea pero que no la hacen explícita por el temor a la reprimenda. "Es el terrorismo que han instaurado los Kirchner. Nunca vi algo asi en el PJ", asegura el mandatario de Chubut, Mario Das Neves. Aquellos senadores y esos gobernadores peronistas mudos tienen también la solidaridad opositora.

Julio Cobos regresó de su voto favorable sobre la remoción de Martín Redrado --como querían los Kirchner-- y abogó por dos cosas: un proyecto de ley para avalar el uso de las reservas y la necesidad de contemplar las demandas provinciales.

La tregua kirchnerista con el vicepresidente de inmediato cesó. Le reclamaron a viva voz la renuncia. Lo reubicaron en el paisaje de una supuesta conspiración. Cobos alimentó el cotilleo con su participación en la cumbre radical y su deseo de recoger la bendición para el 2011. El vicepresidente fuerza los límites basculando tanto entre su papel institucional y el de posible candidato opositor.

Pero esas distorsiones empalidecen ante la ristra de arbitrariedades kirchneristas. ¿Hay una arbitrariedad mayor que insistir con una inflación (1% en enero, según el INDEC de Guillermo Moreno) existente sólo en la imaginación de los Kirchner?.

Con el engaño se puede convivir en la política un tiempo, quizás mucho tiempo. Pero no siempre. Los Kirchner no deberían ignorar esa certidumbre.