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Argentina perdió por goleada pero Ganó

viernes, 9 de julio de 2010

GANÓ ARGENTINA

A pesar de haber caído por goleada alemana en el campeonato mundial de fútbol de Sudáfrica 2010, Argentina ha ganado. Perdió un seleccionado que llevaba nuestros colores por fuera, pero que tenía la impronta kirchnerista por dentro.

El director técnico de la Selección de Fútbol Nacional, Diego Armando Maradona, adolece del mismo defecto que el matrimonio presidencial: no se bancan las críticas de la prensa.


La señora presidente soñaba con la Plaza de Mayo atestada de incondicionales admiradores (de los que vienen por el "jornal" de vino y sándwich), y un balcón compartido con Néstor, Maradona y Estela de Carlotto, entre otros emblemas de la "cultura" nacional actual. Una imagen que quedaría en la memoria colectiva por años y años.

Choripán y circo del bicentenario. Ni pensar lo que hubiera sido el palco en Johannesburgo, con el discurso de la victoria del "modelo económico, político, social y deportivo" de Kristina -que todo el planeta debería implementar inmediatamente-, en caso de haber ganado el campeonato.

El fútbol es un deporte y, esencialmente, un juego. Pero ciertos países -y el nuestro no es la excepción- lo toman como una guerra, en la que los triunfos significan una conquista incuestionable del "modelo de gobierno" turno. Así en 1978 como en 2010.

No. Argentina no perdió. Ha obtenido un triunfo resonante como pais democratico, hemos dado un paso adelante y no un paso atras en nuestro camino por Institucionalizar con seriedad el pais.

Don Diego, después de violentarse con algunos simpatizantes alemanes, se retiró humillado del estadio. Nosotros nos hemos sentido humillados desde el comienzo de esta ridícula puesta en escena.

-Nos humillan los 600 millones destinados al fútbol y robados a los jubilados.

-Nos humilla un presidente vitalicio de la AFA que no ha hecho más que vivir del erario público.

-Nos humillan los cientos de miles de decodificadores pagados con el sudor de los que trabajan y distribuidos a la "clientela" electoralista.

-Nos humilla un director técnico soberbio, pedante y maleducado, que está convencido de que es Dios.

-Nos humilla la presencia de Estela de Carlotto en Sudáfrica para autopromover su indecente candidatura al Premio Nobel de la Paz (¿Será Santa Teresa de Calcuta y no nos dimos cuenta?).

-Nos humillan los barrasbravas, cuya presencia en el continente africano "nadie" puede explicar, como tampoco su conducta violenta y su consecuente deportación.

Diego Armando Maradona fue en otra época, y sin duda alguna, un superdotado en sus piernas, aunque los dotes en el otro extremo de su cuerpo parecen inversamente proporcionales. A él le debemos una copa mundial obtenida con trampa, por la viveza criolla que pasó a la historia como "la mano de Dios" y también la bochornosa expulsión de otro mundial a raíz de su adicción a las drogas.

Ser excluidos del campeonato mundial de fútbol significó quitarles el caramelo de la boca al populista matrimonio presidencial, al inmoral presidente de la AFA, a la dudosa abuela Carlotto y al fracasado Director Técnico de la selección nacional.

Maradona ha dejado sin libreto a la presidente y a su cohorte de funcionarios inútiles y corruptos. ¿Qué hará ahora la primera magistrada? ¿Cómo seguirá la obra? ¿A quién acusará de haberle "secuestrado los goles"?
¿A la Fifa? ¿A los sudafricanos? ¿A Messi? A Maradona, ciertamente no. A Maradona sólo le cabe la derrota de la selección nacional en la copa del mundo e, irónicamente, el extraordinario triunfo de Argentina.

Euforia Oficialista

lunes, 31 de mayo de 2010

Por Nelson Castro

Nadie lo esperaba. La sorpresa fue total. La masiva concurrencia de la ciudadanía a los distintos actos que, a lo largo y a lo ancho del país, se organizaron para conmemorar los 200 años de la Revolución de Mayo ha constituido un fenómeno de análisis sociológico cuyas consecuencias políticas serán efímeras. Es lo que enseña la historia argentina. Y nada demuestra en estas horas que haya predisposición para aprender de esas experiencias.

Hay un dato indiscutible: la organización de los actos fue impecable. Esto fue mérito del Gobierno. Pero la mayoría de quienes asistieron a esos actos no lo hicieron pensando en el significado electoral de su concurrencia. En el universo del público convivieron, sin ningún tipo de prejuicio, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo con las Fuerzas Armadas; el Teatro Colón con los recitales de Soledad, El Chaqueño Palavecino, Fito Páez y la Orquesta Sinfónica Nacional.

En la realidad política, en cambio, esa convivencia fue sensiblemente menor. Los dos tedeum y la ausencia de la Presidenta en el Colón fueron las muestras que ejemplificaron esa realidad. Ambos hechos tuvieron, además, un componente anecdótico interesante.

En los dos tedeum –el de la Basílica de Luján oficiado por monseñor Agustín Radrizzani, al que asistió el Gobierno nacional, y el de la Catedral Metropolitana, encabezado por el cardenal Jorge Bergoglio– el mensaje que bajó desde la Iglesia fue el mismo: crítica a la escasa vocación por respetar la división de poderes –no sólo de este Gobierno–, importancia de reforzar la institucionalidad y necesidad imperiosa de combatir la pobreza y la exclusión.

En lo que respecta al faltazo del kirchnerismo a la función de reapertura del Teatro Colón, la causa real no estuvo en la descortés apreciación de Mauricio Macri hacia el matrimonio presidencial –expresión por la que el jefe de Gobierno porteño debería haberse disculpado– sino en el temor de Cristina y Néstor Kirchner a un posible abucheo. Un párrafo aparte merecerían las presiones, por momentos desopilantes, que desde el Gobierno hubo para que el presidente de la República Oriental del Uruguay, José Mujica, no asistiera a esa función.

En la cúpula del poder faltó la foto del Bicentenario. El no haber invitado al vicepresidente ni a los ex presidentes constitucionales a la cena de gala del 25 de Mayo en la Casa Rosada, así como también la no inclusión de dos de ellos –Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde– en la recopilación histórica de la recuperada democracia argentina, habla de la permanente actitud de los Kirchner de subordinar los asuntos institucionales a las cosas personales.

Algo de todo esto buscó enmendar el Congreso el miércoles con la actitud de los diputados de todos los partidos de generar un acto de convivencia que el Bicentenario pedía a gritos.

En el Gobierno se viven por estos días horas de euforia. Más de allá del discurso hacia afuera negando cualquier intento de capitalización política de la contundente presencia popular en los actos del Bicentenario, el matrimonio Kirchner ha creído ver en ella la evidencia de un apoyo manifiesto hacia su gestión.

La proliferación de algunas encuestas mostrando un aumento de la popularidad de Néstor Kirchner no ha sido un hecho casual. Tampoco lo ha sido la circulación de aquellos sondeos que muestran un efecto positivo sobre la figura de Mauricio Macri.

A este tren también se han subido los que se preparan para aprovechar los potenciales efectos políticos positivos de una posible y anhelada buena actuación de la Selección Nacional en la Copa Mundial de Fútbol a disputarse en Sudáfrica.

El Gobierno apuesta fuertemente a esto. En la oposición, hay quienes también comparten la misma idea. Ya circulan impresos conteniendo el fixture del Mundial con las leyendas acompañadas de las respectivas fotos tanto de Scioli 2011 como de Solá 2011.

Por todo esto es que el Gobierno está trabajando a destajo para asegurar la distribución de decodificadores entre los beneficiarios de los planes sociales, sobre todo en el Conurbano bonaerense.

El plan del Gobierno es el de saturar la pantalla con publicidad oficial durante el mes que dure el certamen. Allí aparecerá la Presidenta poniendo su mejor cara en actos de inauguración de obras. “Si la Selección gana el Mundial, tenemos más de media elección ganada”, afirma una voz del Gobierno bajo los efectos euforizantes de los actos del Bicentenario. La historia, otra vez, tiene algo que decir a este respecto.

En 1986, tras la conquista de la Copa del Mundo por parte de aquel seleccionado capitaneado por Diego Maradona, en el riñón del alfonsinismo hubo quienes hicieron un razonamiento similar. Los hechos posteriores demolieron esta suposición ya que, el 6 de septiembre de 1987, Antonio Cafiero ganó la elección a gobernador en la provincia de Buenos Aires y pulverizó los sueños de permanencia, nunca reconocidos oficialmente, que el gobierno de Raúl Alfonsín albergaba.

Los ejemplos no son sólo nuestros. En medio de tanta euforia surgió, inesperadamente, la declaración del ministro de Economía de Santa Cruz, Diego Robles, acerca de la utilización de los fondos de la provincia depositados en el exterior durante la gestión de Néstor Kirchner al frente de la Gobernación. Las contradictorias explicaciones que sobre su manejo siempre hizo el ex presidente en funciones no hicieron más que despertar sospechas.

Esos fondos han sido siempre un misterio. La escasez de comprobantes y documentos que permitan conocer a ciencia cierta cómo se los ha administrado es alarmante. Se sabe que una parte fue utilizada para solucionar el grave conflicto docente que hubo en 2007. Se sabe, también, que se lo utilizó para cubrir otros gastos corrientes de la provincia, objetivo para el cual esos dineros no estaban destinados. Hay que agregar que los reiterados pedidos de informes que sobre la disposición de esos fondos se hicieron desde la Legislatura santacruceña nunca fueron respondidos.

Lo que el ministro Robles dijo sacudió al Gobierno nacional. Menos bonito, al ministro le dijeron de todo. La clásica desmentida que debió hacer, diciendo que había sido “malinterpretado”, lejos de aclarar, oscureció. Mucho del manejo de los fondos públicos que hace el kirchnerismo es oscuro. Para ser justos, hay que decir que esa “oscuridad” no le es exclusiva.

Un asunto que hoy a la ciudadanía le interesa tan poco como la nada es el de las internas partidarias. Sin embargo, en el presente de muchos dirigentes políticos, el tema ocupa espacio y tiempo. Es otra de las disociaciones de la hora. A Néstor Kirchner le inquieta la diáspora de dirigentes justicialistas. Si le vacían la interna, sus aspiraciones de triunfo se habrán esfumado. Hasta ahora De Narváez está adentro, Solá afuera y Duhalde no se sabe. Tampoco se sabe qué es lo que hará Reutemann quien, hasta ahora y en forma oficial, no se ha bajado de la carrera presidencial.

En la UCR, por su parte, la caliente interna de la provincia de Buenos Aires no deja de llamar la atención. Allí el enfrentamiento del sector que, entre otros, integran Leopoldo Moreau y Federico Storani –alfosinistas de la primera hora que apoyan a Julio Cobos– con Ricardo Alfonsín, hijo del ex presidente, es un monumento a la paradoja.

Como se ve, el Bicentenario y sus reminiscencias patrióticas han pasado, en tanto que la ambición personal que domina el escenario de la política argentina ha quedado.

Macri se lució y la torpeza de los Kirchner le alcanzó para hacer la diferencia

martes, 25 de mayo de 2010

La decisión de la Presidenta de ausentarse de la gala del Colón, el desfile militar y el Te Deum colocan al jefe de Gobierno en el centro simbólico por el segundo centenario de la patria. Como en el conflicto del campo, prevalece la lógica de la confrontación por sobre el cálculo político. Justo cuando el gobierno experimentaba una tenue mejoría en la consideración pública, vuelve a mostrar su rostro más intransigente.

Por Ignacio Fidanza

Si hay algo que no se le puede negar a los Kirchner es la autenticidad por entregarse a sus pulsiones más primarias, por sobre toda especulación política. La Presidenta tenía servida la foto de oro del Bicentenario: podía lucirse en el centro de la reapertura del Teatro Colón, acaso uno de los últimos símbolos que quedan en pie de lo que pudo ser la Argentina.


Una imagen de recuperación de glorias pasadas, que remite a su fundador Torcuato de Alvear y la generación del 80, que con esa mezcla de conservadurismo y modernización, empalma con la imagen y el difuso ideario que acaso Macri aspira a reeditar.

La foto obvia de las tapa de los diarios del 25 de Mayo iba a ser la Presidenta –espléndida y bonita como es- junto al jefe de Gobierno en un deslumbrante Colón, rodeada de oros, brocados exquisitos y los paños borravino de las butacas, en medio de una platea de gente linda y exquisitamente vestida. Una imagen de realeza europea, esa que tanto seduce a la primera mandataria.

Imagen la que seguramente quedaría impresa en el imaginario colectivo y los futuros libros de historia -¿Dónde encontrar algo más fuerte?-, con el atractivo adicional de mostrar juntos en un acto celebratorio de lo más refinado de nuestra cultura, a dos adversarios políticos.

Y el escenario tenía un atractivo adicional: era gratis. Ninguno de los cráneos del kirchnerismo que hace meses gastan millones y millones en preparar una “fiesta” del Bicentenario que se redujo a un largo stand en la 9 de Julio y los habituales recitales de músicos amigos, aportó una sola idea para enriquecer la reapertura del principal teatro del país. Por no hablar de los fondos necesarios para concretar la obra, que costeó casi íntegramente la Ciudad, cifra que cuando realmente se conozca en su verdadera extensión, abrirá nuevas y previsibles polémicas.

Como sea, Cristina eligió enojarse y reproduciendo la lógica masoquista de la pelea con el campo, no tuvo mejor idea que elegir el mismo día para inaugurar su propio “Colón”, esto es la reconversión del imponente Palacio de Correos de la Avenida Alem, en un pretencioso “Centro Cultural del Bicentenrio”. Con un inconveniente, como tantas otras inauguraciones kirchneristas, la obra esta más cerca del comienzo que del final. Apenas un par de salas habilitadas para las fotos. Ni la fachada, todavía íntegramente cubierta por andamios, alcanzó a limpiarse.

Misma lógica de reacción impulsiva del forzado acto del Congreso frente a las movilizaciones que el campo concretó en el pico del conflicto, en Rosario y en el Monumento a los Españoles. La pelea por la pelea, aún cuando la disparidad de fuerzas augura una humillación, la incapacidad de utilizar la fuerza del enemigo en provecho propio.

Y sin embargo, como la mayoría de las cosas en la Argentina, se trata del enfrentamiento de dos proyectos inacabados, incluso en la más cruda realidad, no ya en el plano de las ideas. Cristina Kirchner había imaginado mostrarle al mundo el Bicentenario argentino, inaugurando un madrileño Paseo del Bicentenario que incluía la peatonalización de la Plaza de Mayo y todo el circuito que va hasta el Palacio del Correo por un lado y el edificio Libertador por el otro.

Espléndidos paseos arbolados, perímetros históricos grabados sobre la piel de la ciudad con juegos de luces, y un centro cultural de vanguardia que iba a empalidecer al Pompidou, quedaron en los papeles. Lo primero que perdió el proyecto del Correo fue su alma: la ballena azul, un auditorio inmenso y futurista, de ese color, que iba a transformar su interior, fue dejado de lado por costoso. La peatonalización del “paseo” nunca llegó, y así todo se redujo a la deslucida foto de la Presidenta en una habitación del Correo, detrás del atril, como siempre.

El Colón tampoco esta terminado. Lo que se ve espléndido es la cáscara, el circuito de acceso al público. Pero detrás de esos mármoles y estucos relucientes hay pisos enteros en obras, por no hablar de un ambicioso “Bloque C” que contendrá salas de ensayo y áreas técnicas que ni siquiera comenzó a construirse. Pero Macri tiene algo para mostrar a las cámaras, y con eso y la torpeza de los Kirchner, le alcanzó para hacer la diferencia.

Macri venía sorteando con dificultad su procesamiento, cuando el matrimonio presidencial le hizo el enorme favor de trasladar una áspera discusión de espías y operaciones políticas al espléndido debate en torno a la gala del Colón. Con un agregado, si alguien acaso se inclinaba por ponerse del lado de la Presidenta, ella agregó nuevos desplantes sobre desplantes: faltó sobre la hora al desfile de las fuerzas armadas, que congregó mas de un millón de argentinos. Actitud aún más inexplicable cuando todavía están frescas las imágenes de Cristina soportando durante horas junto a Hugo Chávez, el desfile de las fuerzas armadas de Venezuela, en el Bicentenario de esa nación.

Pero no sólo eso, mañana Macri recorrerá íntegramente el circuito de los presidentes en cada 25 de Mayo: izará la bandera en la Plaza de Mayo, luego compartirá el chocolate con las “fuerzas vivas” de la ciudad, para terminar asistiendo al Te Deum en la Catedral que frecuentan los presidentes casi desde los inicios de la República. Y el jefe de Gobierno que estaba condenado a ser un actor de reparto de esta hora histórica, por la decisión de los Kirchner de retirarse a Luján, quedará nuevamente en el centro de los festejos.

Una primera lectura tendería a pensar que detrás de tan contundente cadena de decisiones desafortunadas se esconde la intención de posicionar a un adversario elegido, pero conociendo a los Kirchner o mejor, conociendo su pasado, acaso no sea otra cosa que capricho y torpeza.

Los Kirchner ya no escriben de manera exclusiva los puntos de la agenda pública

lunes, 24 de mayo de 2010

Por Eduardo Aulicino


¿Qué tienen en común la refinanciación de deudas de las provincias y la resolución de la Corte Suprema que fijó límites a los Decretos de Necesidad y Urgencia? Nada en cuanto a sus efectos concretos, pero mucho en términos de lectura política: reflejan por distintos caminos que los Kirchner ya no escriben de manera exclusiva los puntos de la agenda pública.

Los DNU y el manejo de los fondos para las provincias no eran temas que el oficialismo quisiera tratar: pero allí están, como parte de un debate más amplio, no agotado y que supera los límites del Congreso, donde la oposición expresa sus limitaciones pero logra cada tanto alterar los planes de Olivos.

Esa realidad, negada en público, no pasa inadvertida en la intimidad del poder. Pero ganar la iniciativa, claro, no es sólo cuestión de hilvanar un discurso presidencial por jornada. En estos días, se admite en el círculo kirchnerista que un objetivo primordial es recuperar credibilidad, empezando por algunas franjas de la sociedad que habían apoyado de algún modo sus gestiones y luego se disgustaron. En esa línea, se anotan desde gestos tardíos y limitados hacia productores agropecuarios, hasta promesas repetidas de planes de viviendas.

Es curioso cómo funciona en algunos casos el kirchnerismo. El Bicentenario, aludido de manera reiterada por Cristina Fernández de Kirchner y por la publicidad oficial, parecía un buen elemento para mejorar climas y relaciones sociales. Pero el mensaje volvió a cerrase sobre sí mismo: se sumaron el cruce con Mauricio Macri por la gala del Colón y la decisión de no convocar para las celebraciones a ex presidentes democráticos, ni al vice. Los K conspiran contra los planes que según sus allegados serían prioridad en función de los cálculos para el 2011.

Ese mismo mecanismo -que inhabilita cualquier camino que contemple acuerdos con otras fuerzas- ha llevado al Gobierno a recrear como propios algunos proyectos o reclamos opositores. En Olivos, se privilegió la idea según la cual sólo se gana si el otro pierde o parece haber perdido. La política suele ser más que eso, pero los Kirchner jamás brindan a sus legisladores la posibilidad de un entendimiento con la oposición si eso además sugiere un éxito compartido.

El último capítulo lo escribieron sus idas y vueltas con las provincias. La oposición y el peronismo crítico avanzaron con una modificación del reparto del impuesto al cheque, que aún debe ser tratada en Diputados. La Presidenta y Néstor Kirchner metieron presión sobre los gobernadores, amenazaron con recortar otros fondos en caso de que la iniciativa prospere, y hablaron vagamente de rediscutir el sistema de coparticipación federal, tema eludido desde 1994.

Apareció luego un proyecto asociado al anterior: la distribución automática de los fondos conocidos como ATN. El texto apenas había dado un paso en el Senado, pero se perfilaba como de rápido trámite. El Gobierno decidió entonces refinanciar la deuda de las provincias, incorporando este punto, de manera parcial y distorsionada. Ahora espera que con tales medidas se marchiten las iniciativas opositoras en el Congreso. Cero consenso.

Para los K, de todos modos, los problemas no se agotan en el Congreso. Una reciente decisión de la Corte Suprema repuso el debate sobre otro tema de fondo: los alcances de los Decretos de Necesidad y Urgencia. El Tribunal fijó límites a los DNU y lo hizo con algunos señalamientos muy precisos: sostuvo que su uso debe ser excepcional, destacó el papel de la Justicia para pronunciarse sobre su validez y recordó que la reforma de la Constitución de 1994 buscó atenuar el sistema presidencialista.

Los famosos DNU tienen pendiente el tratamiento de un proyecto específico en el Senado. El oficialismo, por ahora, sólo atina a bloquearlo, pero no le alcanza para borrarlo de la agenda política.

Los Kirchner se irán del poder en diciembre de 2011

domingo, 23 de mayo de 2010

Por Joaquín Morales Solá

Es enemigo todo aquel que no obedece . Esa nueva descripción del espíritu kirchnerista, que salió de la boca de un hombre que suele trasponer los portones de Olivos, explica muchas cosas que sucedieron en los últimos días.

Una de ellas es que el Gobierno celebrará el Bicentenario sin reconocer que existe un vicepresidente de la Nación, en medio de un desaire al jefe del gobierno de la Capital y borrando de la historia a tres ex presidentes de la Nación.

No es casual, de todos modos, que esos estrépitos de gallinero hayan tenido como víctimas a Julio Cobos y a Mauricio Macri, los dos presidenciables mejor ubicados en las encuestas de opinión pública. Es cierto que Macri cometió un serio e inoportuno error político cuando ninguneó a Kirchner, pero ni él ni la Presidenta tuvieron en cuenta el contexto histórico único en que les toca gobernar.

Sin embargo, en el primer lugar del ranking del rencor oficial está, contra otras apariencias, la Corte Suprema de Justicia.

La última resolución del tribunal le arrebató a Cristina Kirchner la lapicera para seguir firmando decretos de necesidad y urgencia por cualquier cosa. Sólo en caso de catástrofes o de urgencias imprevistas estarían justificados, por razones de tiempo, esos decretos que evitan al Congreso.

Aníbal Fernández hizo su propia interpretación: la excepcionalidad la establecerá la Presidenta. No leyó la resolución de la Corte o la malinterpretó con alevosía. En un país respetuoso, que no es éste, la jefa del Estado debió, luego de leer la sentencia de la Corte, derogar el decreto de necesidad y urgencia que estableció el feriado nacional de mañana.

El problema político anda por otro lado. Los intendentes del conurbano están negociando en secreto con Francisco de Narváez. Muchos gobernadores peronistas hablan más de Macri que de Néstor Kirchner. Ellos esperan, ansiosos, el momento oportuno para decir adiós.

Eduardo Duhalde es el único peronista que creció un poco en la provincia de Buenos Aires. Una fórmula política y electoral que incluyera a Macri, a De Narváez y a Duhalde, que nadie descarta, sepultaría en el acto las ilusiones continuistas del kirchnerismo.

El panradicalismo vacila entre Cobos y Ricardo Alfonsín; éste y Macri son los únicos dirigentes de la oposición no peronista que conservaron su lugar en la cima de las encuestas en las últimas semanas.

La algarabía kirchnerista por las encuestas se respalda en cifras módicas. Es cierto que los Kirchner y su gobierno subieron un poco en la consideración pública. Pasaron del 20 por ciento de aceptación al 30 por ciento, en cifras redondas, en los últimos tres meses. El último respingo fue más ligero que los anteriores, apenas un 2 por ciento.

Ningún líder de ningún gobierno del mundo estaría contento con ese raquitismo político. Aquí, convirtieron esas pobres mediciones en garantías de la continuidad de los Kirchner. Es comprensible: todo gobernante lucha por retener la mayor cuota posible de poder hasta el final de sus días. Y la probabilidad de la permanencia construye siempre las formas de un poder, aunque sea sólo alegórico.

Sea como sea, los Kirchner siguen mal, o muy mal, en el interior rural del país, donde no se olvidó ni el combate de 2008 ni los castigos posteriores que recibieron los productores rurales por aquella derrota del kirchnerismo. El matrimonio que gobierna nunca pudo suscribir, por otro lado, un contrato mínimo de adhesión con la mayoría social de los centros urbanos del país.

Cristina Kirchner ganó en 2007 ayudada por el entonces pujante ruralismo, pero ella lo desafió poco después de llegar a la presidencia a una conflagración que no cesó aún. Nadie gana el poder en la Argentina repudiado por los centros urbanos y por los productores rurales al mismo tiempo. Todo lo que se dijo en tiempos recientes sobre el crecimiento kirchnerista fueron sólo palabras cargadas de abalorios. Tal como están las cosas hoy, los Kirchner se irán del poder en diciembre de 2011. Eso es lo que indican la política y la encuestología.

Macri podría sacar provecho, además, de la atracción kirchnerista por convertir en héroes a sus competidores. La Presidenta encontró en una errónea declaración de hartazgo del líder capitalino el argumento para no asistir a la reapertura del mítico Teatro Colón. El gobierno nacional había pedido 1300 entradas (la mitad del total), pero Macri se las negó. El Gobierno tenía miedo de que un público macrista maltratara a la jefa del Estado. Eludió la supuesta encerrona con aquel pretexto sobre las referencias públicas de Macri sobre Néstor Kirchner. Los Kirchner van sólo a los actos seguros, organizados por ellos.

A pesar de todo, es la Justicia la que podría hacer de Macri un mártir del antikirchnerismo. El procesamiento judicial de Macri es una obra inconsistente del juez Oyarbide, según la opinión de los fiscales más importantes del país (algunos cercanos al Gobierno), que leyeron sus argumentos. No se puede procesar a una persona porque vive dentro de una celda de Nextel donde habitan miles de porteños , dijo uno de ellos. El fiscal de la causa, Jorge Di Lello, desapareció de la investigación antes del procesamiento; su firma no figura en ningún pedido contra Macri.

Oyarbide le reclamó a Macri el número de sus teléfonos sólo después de haberlo procesado. ¿Por qué no lo hizo antes? Nunca le requisó los archivos de la cámara de filmación que el líder de Pro tenía en la puerta de su casa de entonces para saber si Ciro James entró alguna vez a ese domicilio. Las escuchas telefónicas al cuñado de Macri son anteriores a la creación de la Policía Metropolitana, y su padre ratificó ante Oyarbide, mediante un escrito formal, su responsabilidad personal en aquella intervención.

El juez sobreactúa y los argumentos parecen sobredimensionados. Oyarbide detectó 400 llamadas telefónicas de Ciro James desde la zona donde vivía Macri y el juez las vinculó directamente a éste. En tal caso, James no era entonces sólo un espía de Macri, sino un amigo personal que se sentaba en el living de su casa para hablar por teléfono con medio mundo. La Cámara Federal debería poner las cosas en su lugar cuanto antes, pero uno solo de sus jueces, Eduardo Freiler, es justificadamente confiable.

Las últimas mediciones creíbles de opinión pública señalan que el procesamiento no perjudicó ni benefició a Macri. Cobos está pagando en las encuestas el precio de todos los políticos que trabajan en el Congreso; el Gobierno consiguió que la sociedad termine desilusionada de su Parlamento. Con todo, el peor problema de Cobos no son los Kirchner, sino Ricardo Alfonsín. La inmodificable buena imagen de Alfonsín sólo muestra los rasgos de una sociedad ya fatigada de la trifulca perpetua.

El próximo 6 de junio, Cobos y Alfonsín se medirán cuerpo a cuerpo, en elecciones internas, en la decisiva provincia de Buenos Aires. Cobos respalda una alianza de la vieja estructura partidaria (Leopoldo Moreau, Federico Storani y, en menor medida, Enrique Nosiglia), mientras Alfonsín decidió enfrentarla proclamando la necesidad de la renovación del radicalismo. Extraña situación la de Alfonsín: en nombre de las banderas de su padre, se propone batir a una generación que nació, creció y perduró bajo la sombra de su padre. El resultado bonaerense podría volcar al radicalismo hacia Cobos o hacia Alfonsín.

Esos son los riesgos reales de los Kirchner. En lugar de resolverlos con la política, han decidido enfrentarlos con el miedo y la fractura. Los pueblos indígenas son una minoría (sólo el 1,5 por ciento de la población argentina es auténticamente indígena) que merece el respeto de sus derechos y de su historia.

El Gobierno usó, en cambio, a la dura Milagro Sala (desautorizada hasta por las auténticas comunidades indígenas) para cavar en grietas sociales inexistentes entre "indios" y "gringos". El miedo es el último recurso autoritario de los que han perdido casi todo.

Moreno pasó por encima de otras áreas del Gobierno y sólo consultó a Olivos

sábado, 15 de mayo de 2010

Por Alcadio Oña

Cuesta encontrarle la lógica a las trabas sobre las importaciones de alimentos. Primero, porque no alcanzan una magnitud que pueda poner en riesgo el superávit comercial: con toda la furia, este año representarían apenas el 2% de las importaciones globales. Luego, porque ya asoma el peligro de represalias más costosas: los embajadores europeos advirtieron sobre esa posibilidad y Brasil la analiza.


Quizás se entienda la escena si uno proyecta la película completa. Esto es, que los alimentos puedan ser la avanzada de un experimento semejante al que Guillermo Moreno aplicó el año pasado: pisar compras al exterior indiscriminadamente o imponer que por cada dólar que salga, entre otro por exportaciones.
En reuniones con empresarios, el secretario de Comercio ha dicho que con las trabas al ingreso de alimentos busca mejorar el saldo comercial de 2010. Y como este capítulo es irrelevante en la cuenta total, la sospecha es que después vaya por el resto.

Al ritmo que marchan, las importaciones pueden cerrar el año en 50.000 millones de dólares. Y el superávit resultar inferior a los 15.000 millones que pretende Moreno: de unos 10.000 millones, según calculan algunos analistas privados.

Así eso signifique mucha plata, el saldo en divisas es crucial para mantener un elevado stock de reservas. Esta pieza clave en el armado de Néstor Kirchner, también sería parte de la película completa. Igual que la necesidad de cubrirse ante una eventual salida de capitales.

La contracara de una restricción amplia se llama costo fiscal: por cada 10 dólares de importación, 3 quedan en la AFIP. Pero el raid importador es, en realidad, espejo de otras cosas.

Una, está asociada a la reactivación económica y a un tipo de cambio que las estimula o alienta movimientos preventivos. En marzo, el mes que debe haber encendido la luz amarilla en el tablero de Moreno, las compras de bienes esenciales para la industria aumentó entre un 37% y un 61%. Absorbieron el 74 por ciento de las importaciones totales. La entrada de productos de consumo también creció, pero un 25%.

El otro factor que explica las compras al exterior es, ya, más estructural. Cubren la ausencia de producción local. O, si se prefiere, reflejan un perfil industrial poco integrado y muy dependiente de los bienes del exterior y también la escasez de inversiones.

Visto el limitado monto en juego, cuesta vincular el filtro a los alimentos con la protección de actividades y trabajo nacionales. Y además tienen un efecto mínimo, o ninguno, sobre la inflación.

Otra interpretación posible es que el recorte por ese lado sea la antesala del levantamiento de las restricciones a China. Pero en este supuesto las dimensiones entre ambas cosas tampoco dan.

La sustitución de importaciones por producción local es algo mucho más serio que una traba aduanera. Requiere políticas articuladas y de largo plazo, al interior de los sectores que se quiere potenciar. Nada de esto se ha hecho en la era K.

Eso sí, la movida del secretario de Comercio acarreó el costo de un sonoro batifondo con Brasil y la Unión Europea. Justo cuando la Presidenta va a participar, este lunes, en Madrid, de una cumbre de jefes de Estado de la UE, América latina y el Caribe. Justo, también, en el momento en que serán relanzadas las negociaciones entre la Unión Europea y el Mercosur. Cristina Kirchner asistirá al encuentro como presidenta temporal del bloque sudamericano y será el último con ese rol.

Indirectamente, en su movida Moreno va pegado a Nicolas Sarkozy. El francés lidera un grupo de nueve países contrarios a un acuerdo con el Mercosur: figuran, entre otros, Irlanda, Grecia, Hungría y Austria.

A buena parte de ellos los abroquela la defensa de los subsidios agrícolas, o el temor al ingreso de productos agropecuarios y agroindustriales. Aun cuando la negociación será larga y trabajosa, en los subsidios está el punto que más le interesa a la Argentina: desde ya, el bloqueo sobre los alimentos aporta argumentos a Francia.

Como en tantas cuestiones más, Moreno pasó por encima de otras áreas del Gobierno y sólo consultó a Olivos.

El descontento de la ministra de la Producción es casi inocultable. Aunque Débora Giorgi conoce de sobra la chapa que porta su contrincante y, por eso, no lo hace público. Hasta ahora, la Cancillería fracasó en el intento que hizo para que se levantara la barrera. Es un secreto a voces el malestar que también existe allí.

Mañana, en Madrid, habrá una minicumbre de funcionarios del Mercosur, preparatoria de la reunión con la Unión Europea. Encontrarse con los brasileños ya será un incordio para los argentinos.

El único que salió a acompañar a Moreno fue Amado Boudou.

Dijo que "todos los países serios" cuidan la producción y empleo. Lo raro fue que trajo a cuento el bloqueo que Estados Unidos impone al ingreso de limones argentinos. Igualito a mezclar limones con peras y manzanas.

Los Kirchner exigieron que Mujica cumpla con el pedido público de perdón

miércoles, 28 de abril de 2010

Por Eduardo van der Kooy

La proclama de la multitudinaria marcha de protesta en Gualeguaychú, el domingo pasado, fue tajante. José Mujica, el presidente de Uruguay, debe hacerse cargo de la presencia de la pastera Botnia en Fray Bentos, bendecida por el fallo de la Corte Internacional de La Haya. Además, el veterano dirigente, debería hacer un pedido público de perdón.


La estrategia de la política exterior del Gobierno de Cristina Fernández, frente a la nueva etapa del conflicto, pareció amoldarse a aquel mandamiento. La Cancillería hizo trascender, con insistencia, la necesidad política de los Kirchner de que Mujica cumpla con aquel cometido.

No pareció ése, de parte del Gobierno, el gesto más adecuado en las vísperas de la primera cumbre entre Cristina y Mujica, que se realizará hoy aquí, luego del fallo de La Haya. Fue inocultable el malestar uruguayo frente a esa imposición, aunque el veterano presidente haya evitado ayer, con prudencia, pronunciarse sobre el tema.

El fallo de la Corte de La Haya significó un resarcimiento político para la Argentina. Una suerte de "satisfacción moral" al Estado, como lo definió el embajador Julio Barboza, que asesoró a la comisión de especialistas de nuestro país. Aquel resarcimiento quedó reflejado en la claridad con que el Tribunal señaló la violación de Uruguay del Estatuto del Río Uruguay, acerca del obligado mecanismo de información y consulta previa.

Uruguay siempre supo de tal violación, que se originó durante la presidencia de Jorge Batlle, mientras la Argentina estaba sumida todavía en las consencuencias de la gran crisis del 2001. El error de Tabaré Vázquez, su sucesor, fue haber manejado mal aquella herencia política que derivó en un enfrentamiento casi personal con Néstor Kirchner. Tabaré permitió la ejecución del proyecto y la puesta en marcha final de Botnia.

¿Qué estaría empujando ahora a los Kirchner a demandarle nuevos gestos a Mujica? Razones de política doméstica, por encima de las razones de la relación bilateral. El presidente de Uruguay, desde que asumió, colocó al conflicto por Botnia entre las prioridades a resolver. No hizo ningún pedido a los Kirchner y sólo apuntó un par de cosas: que "habrá mucho que hablar" luego del fallo; que no diría nada hasta escuchar, en la cita de hoy, a Cristina.

Mujica tiene también su frente interno. Pero su poder es flamante y su vínculo con la opinión pública , que lo alzó hasta el poder, permanece intacto. El sistema político uruguayo, además, no mostró fisuras importantes durante el desarrollo del pleito.

La contracara de esa realidad es la Argentina. Kirchner prefirió no profundizar la búsqueda de una posible solución en el momento de mayor fortaleza de su ciclo. Cristina no tiene ahora, ni por asomo, el consenso que por entonces tenía su marido. Después de la derrota en las elecciones del 28 de junio pasado su poder empezó a ser comprometido por la oposición.

No hay concordancia sobre Botnia entre oficialismo y oposición, sencillamente porque cuando estalló el conflicto los Kirchner prefirieron manejarlo como un asunto político de Gobierno y no de Estado. Quedaron atrapados por la intransigencia que, de a poco, impusieron los asambleístas de Gualeguaychú. Cuatro años después continúan en esa encerrona.
La proclama de los asambleístas del domingo pasado también golpeó fuerte a los Kirchner. No sólo porque desconoció el fallo de La Haya. Cristina cobró, quizás, tanto o más que Mujica. Le reclamaron que defienda la soberanía con "acciones concretas" y que "no sea servil" a los intereses de Botnia. Frases fuertes y demasiado hirientes para el orgullo tradicional de la Presidenta.

¿Cuáles podrían ser las acciones para defender la soberanía? El Gobierno no las tiene y no podría instrumentarlas sin un acuerdo previo con Mujica. No se trata del único vacío kirchnerista: tampoco hay idea sobre cómo desatar el gigantesco nudo atado todo este tiempo por los asambleístas de Gualeguaychú, que constituye el principal escollo para intentar comenzar a saldar las diferencias de fondo. El canciller de Uruguay, Luis Almagro, dijo que el fin del bloqueo fronterizo debe ser llave de una solución .

Entre la política de hechos consumados de Uruguay y la impotencia de la Argentina sigue sobresaliendo -como siempre- la ausencia de Botnia, indiferente al problema que aqueja a los vecinos.

Los Kirchner no pueden afrontar el diferendo prescindiendo de la política local. Están los piquetes. Pero está, además, en juego un proyecto político de continuidad en el 2011 que encuentra a Guayleguaychú y a toda Entre Ríos como un foco perturbador. Esa provincia concentró también la mayor resistencia durante el conflicto con el campo.

La cumbre de Cristina y Mujica de hoy servirá de antesala a una jugada de Kirchner, en su afán por volver. El sábado el ex presidente desembarcará en Paraná con gobernadores del PJ y con Hugo Moyano, para conmemorar el 1° de Mayo. Hay vuelos previstos y más de un centenar de ómnibus contratados para llevar gente.

Así se comprendería mejor, también, bajo el entender de los Kirchner, la exigencia del perdón que se le pide a Mujica ahora.

Declaraciones explosivas del presidente de la Corte Suprema Ricardo Lorenzetti

sábado, 24 de abril de 2010

El presidente de la Corte Suprema Ricardo Lorenzetti, rompió el silencio con declaraciones explosivas. Denunció que el gobierno lo espía y “hace operaciones” para desprestigiarlo. Afirmó que Cristina Kirchner los compara con la Corte golpista de Honduras y se quejó de que en la Casa Rosada “hablan y hablan” de derechos humanos pero no hacen nada para que las causas avancen. Los contactos secretos de los jueces Maqueda y Petracchi con De Narváez y el kirchnerismo.

El presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti.


La revista Noticias publica hoy una entrevista indirecta al presidente de la Corte Suprema Ricardo Lorenzetti, quien seguramente negará en las próximas horas lo que dijo al periodista de este semanario, por más que es evidente que la charla existió, al punto que el magistrado hasta poso para el fotógrafo.


En la conversación Lorenzetti confirma lo que se intuye: que la relación del gobierno con la Corte es de pésima para abajo. Sin vueltas hasta se permite bromear: “siempre se dijo que uno de sus mayores méritos (por los Kirchner) fue haber formado una Corte Suprema independiente, y ahora resulta que no aguantan esa independencia. Están arrepentidos, je”.

Durísimo con la Presidenta afirma que “la relación está irremediablemente rota” y recuerda que la última vez que la vio “ella nos acusó de desestabilizar al gobierno, nos comparó con la Corte de Honduras que propició el golpe de Estado (a Zelaya)”.

Molesto por la avanzada contra su colega Carlos Fayt, el presidente de la Corte no se cuidó de revelar las diferencias dentro del máximo tribunal. “Ojo que Enrique Petracchi cumple 75 años este año”, chicaneó Lorenzetti, quien reveló que fue este juez de origen peronista el que más fuerza hizo para que la Corte no emitiera un comunicado reclamándole “mesura” a la Presidenta, luego que hablara de jueces “tarifados”.

En la nota también se revela que es otro juez peronista, Juan Carlos Maqueda, quien sondeó en el tribunal si existía la posibilidad de habilitar para las presidenciales a Francisco de Narváez. La respuesta ya fue anticipada: ninguna posibilidad.

Además de denunciar que sufre por parte del gobierno tareas de espionaje y otros mecanismos de presión, Lorenzetti no se privó de golpear a los Kirchner desde un costado particularmente sensible.

“Siempre hablan y hablan de este tema, pero lo cierto es que si no fuera por la Corte, los juicios por lesa humanidad no hubieran avanzado nada. Si al gobierno le interesara tanto este asunto debería nombrar más jueces y darle más presupuesto a la Justicia”, denunció.

Fuente: LPO

Un país transformado en una cancha, en una gresca de hinchadas

viernes, 23 de abril de 2010

Por Ernesto Tenembaum


La escena ocurrió el martes a las diez de la noche, en Corrientes y Montevideo. Estudiantes, a esa altura, empataba cero a cero con Alianza Lima y se jugaba la clasificación a octavos de final de la Libertadores.

Habíamos cenado cuatro amigos y nos quedamos conversando en la puerta de Lalo de Buenos Aires, uno de los mejores restaurantes de esta ciudad. Todos los que estábamos allí somos bastantes públicos. Tanto que, a dos de nosotros, a unos metros de donde conversábamos, se nos podía ver en un simpático afiche que el kirchnerismo difundió esta semana.

Para más datos: de los cuatro que estábamos allí, yo soy el más crítico con el Gobierno. Y a uno de mis amigos el Gobierno le cae francamente bien, por algunas de sus evidentes virtudes, pese a algunos de sus evidentes defectos y –más que nada, algo habitual en nuestros círculos– porque comparte –o percibe que comparte– los enemigos con él.

Cuestión que se acercó un hombre y me palmeó: –Grande, Ernesto –me dijo.

A mí siempre me sorprenden esas reacciones. Alguna gente se relaciona con figuras de alguna relevancia pública como si fuéramos futbolistas o algo así. ¿Grande? Qué vergüenza.

Luego lo señaló a mi amigo, el que tiene una percepción muy positiva del Gobierno, y dijo, con cara de pocos amigos: –Ojo con este que es kirchnerista. Y se fue. El tipo tiró su porquería y siguió caminando.

Yo quise explicarle que las cosas no son así, que ser K, o filo K, o anti K, o un poco K, o K según los tiempos, o raíz cuadrada de K, o K al cuadrado no define a nadie. Últimamente, ando con demasiadas ganas de explicar las cosas. Debería consultar a un especialista.

Mi amigo me tocó el brazo como quien dice: “Dejá, no tiene sentido, las cosas están así, ya va a pasar”.

No todos mis amigos son tipos piolas pero este sí (a pesar de tener simpatía con el Gobierno –disculpen, no pude evitar el chiste–).

Uno de los dos que vio el episodio, digamos, desde afuera, contó una anécdota. “Esto es como la lógica de la cancha. Hay un momento en que una hinchada te toma de enemigo, o de amigo. Mirá lo de Riquelme. ¿Qué sentirá el tipo cuando sale a la cancha y la barra brava lo ovaciona o lo putea? Es así. En eso se está transformando la política. Uno toma partido y grita. Se es de Boca o de River. Punto. Y el que no salta es un traidor, un holandés o lo que fuere.”

Debo reconocer que a esa altura ya estaba por empezar el segundo tiempo de Estudiantes-Alianza Lima y yo quería cruzar a un bar de enfrente para ver cómo iban las cosas. Quizá por eso, el ejemplo me resultó un poco ofensivo. ¿Por qué, en estos tiempos en que Boca y River hace rato que no son protagonistas de nada, aun personas inteligentes los usan como ejemplo en todas las metáforas futbolísticas? ¿No es hora de que empecemos a hablar un poco de los mejores que, es obvio, ya se sabe quiénes son?

Igual, me dejó pensando. La metáfora está piola pero deja un halo de tristeza enorme. Porque, justamente, si hay algo irracional, emotivo, visceral y poco constructivo es lo que pasa en las canchas de fútbol. Las cosas que es capaz de gritar una persona en un partido son inconcebibles.

Ustedes recordarán a la hinchada de Chacarita cantando “Ahí viene Hitler por el callejón matando judíos para hacer jabón”, sólo para herir a los de Atlanta. O a los de River coreando, masivamente: “Qué feo es ser bostero y boliviano, en una villa tienen que vivir, su madre revolea la cartera”, etc., etc. Los peores arranques de racismo y de violencia y de irracionalidad se dan en las canchas. Libros enteros se han escrito sobre esas descargas. La violencia de las barras bravas es sólo una expresión delirante de tanta irracionalidad.

Pero, en todo caso, la pasión por un equipo de fútbol tiene algo de sublimación. Cuando no pasa a mayores, es un juego. E involucra sólo a quienes están en un estadio. Que un país se transforme en una cancha, en una gresca de hinchadas, es un poco más grave, más delicado, más preocupante.

El pequeño episodio del energúmeno ese que me advirtió contra mi amigo, el que simpatiza con el Gobierno, es una muestra más de la tensión que se siente últimamente en la calle. No ha pasado nada gravísimo, nada terrible, nada irreparable. Pero cualquiera de los que estamos acostumbrados a que nos reconozcan nos damos cuenta de eso. Las muestras de simpatía están un grado más arriba de lo que deberían estar y las de rechazo, también. Siempre son más las primeras pero duelen más las segundas.

Cada vez que se plantea este tema en el debate público, comienza el segundo debate acerca de cómo empezó todo, o de quién tiene más responsabilidad. Al comienzo de este gobierno esa discusión giraba acerca de si el culpable era el Gobierno o José Claudio Escribano y Mirtha Legrand.

Ahora, si es el Gobierno o el Grupo Clarín. En el medio, si era el Gobierno o el campo. En todos los tiempos, si el Gobierno o la clase media gorila. En algún momento, si el Gobierno o Bergoglio, o si el Gobierno o Hermenegildo Sábat. Y así (menos mal que la Corte Suprema no responde a las acusaciones de “decrépita” porque ya estaríamos discutiendo si no fue la Corte la que empezó con todo esto).

Yo tengo mi posición al respecto. Creo que al Gobierno le cabe una enorme responsabilidad en lo que está pasando y que la apuesta a la polarización fue una decisión política tomada desde que Néstor Kirchner asumió en el 2003, en base a un modelo exitoso implementado ya en Santa Cruz.

Por supuesto que Kirchner se encontró con una evidente intolerancia de sectores, sobre todo, de la prensa conservadora. Pero ese detalle que se podría haber obviado, discutido en tono sereno, contrarrestado con políticas de difusión inteligentes, se contrarrestó con una violencia discursiva tan impresionante, que fue generando –a mi entender, con una intención obvia– el clima de tensión que se vive en estos tiempos.

Lo de los afiches –que ningún dirigente kirchnerista repudió, como tampoco repudiaron el incendio del auto de la periodista Adela Gómez– es sólo la expresión menos inteligente de esta campaña.

La propaganda oficial, desde el mismo año 2003, sostuvo que era un gobierno débil, asediado y agredido como ningún otro en la historia y que por lo tanto debía defenderse con agresividad. Además, era el mejor gobierno de la historia.

Dada esa situación, solo quedaba una opción: alinearse con él y despreciar a sus enemigos, primero, y a sus críticos, después. Ser –de manera más o menos sutil– la barra brava del Gobierno. Eso generó reacciones en espejo que dieron argumentos a la misma campaña, todo se espiralizó y así estamos.

Sé que estos últimos dos párrafos son los más duros para un lector que tiene simpatías con el Gobierno, entre ellos, para mi amigo, el de la cena del martes. Y no pretendo establecerlo como una verdad revelada.

Pero es lo que pienso.

Es el mismo clima que se vivía en Santa Cruz y no había allí ni agropower, ni Grupo Clarín, ni amenaza golpista.

Pero no es lo único que pienso. Creo, además, que a la desmesura K le sigue mucha desmesura anti K y que a estas alturas una cosa alimenta a la otra y que se torna irrelevante ya pensar quién empezó todo y que se están sembrando semillas de árboles que no crecerán demasiado sanos.

Y escribo esto y pienso inmediatamente que esto es un gran triunfo del Gobierno, porque cuando se toma partido no se piensa y no se discute con serenidad, ni las fallas de una gestión, ni la corrupción de nadie, ni las relaciones mafiosas.

Todo es una operación, todo es o no es funcional a la causa, todo es sospechoso. Y luego pienso que es una gran derrota del Gobierno, porque –a la larga y a la corta– mucha gente se preguntará por qué cosa tan trascendente nos peleábamos en estos tiempos extrañamente prósperos.

Y la verdad es que no se entiende. Y porque gobernar también es crear climas de armonía, de alegría, que permitan a las personas vivir mejor, no solamente en lo económico. Y, en eso, los Kirchner fallan muchísimo. Es decir, gobiernan mal. No pasaba esto antes de ellos. Pasaban muchas otras cosas. Pero esta división no existía.

Todo eso pienso.

Pero sobre todo pienso que tenemos que bajar todos un cambio y no adjetivar tanto y dejar de mirar la paja en el ojo ajeno, dividir el mundo entre buenos y malos, como si tal cosa, y de adherir a causas pequeñas y discutibles como si fueran cruzadas liberadoras.

Pienso en el que pegó los afiches con nuestras caras, ¿en qué ideales creerá? ¿Qué causa justa pensará que defiende? Pienso en Mariotto hablando frente a carteles con otras caras de periodistas. ¿Realmente pensará que está construyendo un país mejor?

También pienso que me impresiona lo cómoda que se siente alguna gente –más de la que hubiera imaginado– en la dinámica del odio: lo fríos que se vuelven, la manera en que se les endurece el alma, la insensibilidad que los domina, su cinismo, su deshumanización.

Y que una causa para defender en la Argentina, hoy, es la del derecho a ser respetados.

En fin, que me estoy transformando en alguien que piensa demasiado. Ya lo dije: debería consultar.

Y, por un momento, me olvidé de lo importante. Estudiantes clasificó primero en su zona para los octavos de la Libertadores. Y va primero en el campeonato local. Creo que voy a empezar a ir a la cancha a decir barbaridades. Es buena época porque, dicen, somos los mejores. Uno descarga y sale lo más campante, aliviado.

Es lindo poder putear a alguien desde el anonimato, ¿no? Quizás, hasta me anime a tirar un cascote. Total, del otro lado están los enemigos.

Vamos Pincha, carajo.

Una derrota del Gobierno que, sin embargo, abre otra oportunidad

jueves, 22 de abril de 2010

Por Eduardo van der Kooy


El Gobierno de Cristina y Néstor Kirchner ha sumado un problema donde ya existía otro. Esa suma no fue, por cierto, voluntaria sino consecuencia de una política errática y muchas veces incomprensible en la relación con Uruguay y el conflicto por la pastera Botnia, emplazada en Fray Bentos.


Sucedió ayer que el fallo de la Corte Internacional de La Haya avaló la continuidad de Botnia, al asegurar que la Argentina no pudo nunca -hasta ahora- probar la contaminación de las aguas del Río Uruguay, que impulsó su denuncia y su concurrencia al Tribunal. La instalación de Botnia -y de la española ENCE, que luego desistió del proyecto- constituyeron el origen del pleito.

El recurso de los Kirchner a la Corte de La Haya reconoció otro motor. La tenaz protesta de los asambleístas de Gualeguaychú que el Gobierno no sólo no se preocupó por aplacar. La acicateó también por razones de política doméstica, en momentos en que el ex presidente Kirchner estaba familiarizado con la popularidad.

Kirchner buscó el atajo de la Corte de La Haya para no arriesgar su tiempo de gracia política y rastrear, en ese largo interregno, alguna solución con los asambleístas que bloquearon el paso fronterizo hacia Uruguay. Todas las negociaciones, en ese sentido, fracasaron.

Lo cierto es que, desde ayer, Cristina deberá aceptar a Botnia no sólo como un hecho consumado -con algunas malas artes- por Uruguay. Deberá cargar sobre sus espaldas también aquel bloqueo fronterizo, cuya finalización los uruguayos colocan como una prioridad para empezar a normalizar el vínculo bilateral. Así lo expresó el canciller, Luis Almagro.

El horizonte no asoma para nada despejado. Los asambleístas, que pidieron la intervención de la Corte de La Haya, se sintieron decepcionados con el fallo. Esa decepción los alentó a radicalizar su protesta, cuya primera expresión sería una marcha sobre el puente internacional, el domingo venidero. Pareciera haber, con evidencia, una enorme labilidad de esos ciudadanos respecto del derecho y de los veredictos. Se acatan sólo si resultan favorables.

El Gobierno de los Kirchner no ha sido tampoco, en ese aspecto, un buen ejemplo. Plantearon con razón -que la Corte ratificó en su fallo- la violación de Uruguay (los ex mandatarios Jorge Batlle y Tabaré Vázquez) del principio de la información y consulta previa del Estatuto del Río Uruguay, que ambas naciones firmaron en 1975. Y machacaron, también, con motivo, sobre la necesidad del respeto a las normas que deben regir la relación bilateral. Sin embargo, esa preocupación por las normas y el derecho internacional no tuvo correlato cuando toleraron los piquetes que impiden todavía y desde el 2006 la libre circulación en la frontera.

El reconocimiento de la Corte a aquella demanda no representa un gesto menor. Apunta al futuro porque el pasado tiene sentencia. Uruguay lleva adelante hace más de 25 años un plan de forestación que enfila a la instalación de nuevas pasteras. Lo dijo el flamante presidente, José Mujica, antes y después de asumir.

Quizás la presencia de Mujica en el Palacio Libertad, constituya el elemento novedoso y promisorio en la escena del conflicto bilateral que tiene consolidados -tras el fallo de la Corte- a Botnia y a los asambleístas. Mujica es la antítesis de Tabaré: franco, sencillo, abierto, sin el complejo político que arrastró el ex presidente frentista de haber sido el primero en la historia uruguaya en quebrar un sistema partidario dominado sólo por los Colorados y los Blancos.

De hecho, Mujica prestó atención preferencial a la Argentina y a Cristina. Se entrevistó con ella dos veces y está en gestión otra cumbre para analizar los pasos a seguir luego del fallo. Tampoco el mandatario uruguayo generó expectativas falsas, como sí lo hizo en su momento Tabaré: nunca cuestionó el valor que la industria de las pasteras tiene para la pequeña economía de Uruguay. Tabaré hizo su voltereta: estuvo en contra mientras fue el líder de la oposición y a favor desde el instante en que los votos lo convirtieron en presidente.

La primera reacción después del fallo de la Corte de La Haya, al menos de los Gobiernos, indicaría que se estaría abriendo una nueva oportunidad para buscarle una salida al pleito. En Uruguay hubo admisión generalizada de que algo no se hizo bien. Cristina, como es su hábito, prefirió referirse sólo a la mitad llena del vaso: habló de la condena de la Corte a la violación del Estatuto del Río Uruguay. Prefirió omitir la convalidación de Botnia y a los asambleístas. La omisión obra, muchas veces, como señal de cautela.

La liberación del paso fronterizo es la llave que, más temprano o más tarde, habría que girar para destrabar el conflicto. Le toca a la Presidenta enmendar un grueso error de su marido en una época política poco propicia.

Hay duras confrontaciones internas en la Argentina, su popularidad es bajísima y se avecina un año electoral. Pero no tendría otro remedio, si es que no desea seguir hipotecando la relación con el vecino.

Los Kirchner quieren verlo procesado y destituido a Mauricio Macri, renunciado a Cobos, acorralado a Clarín y fuera de escena a Carlos Fayt

miércoles, 21 de abril de 2010

El análisis político y económico de los doctores Vicente Massot y Agustín Monteverde

¿Muestras de fuerza o manotazos de ahogado?

Conviene recordar, si fuera posible con lujo de detalles, lo que pasó la semana pasada en el Congreso Nacional donde el oficialismo, de un lado, y el arco opositor, del otro, obtuvieron cada uno sendos triunfos y sufrieron, al mismo tiempo, singulares derrotas.

Con un común denominador: tanto aquellos éxitos como estos fracasos fueron tácticos. Ni el kirchnerismo a la hora de celebrar la votación que consagró a Mercedes Marcó de Pont ni sus opugnadores al momento de votar la ley del cheque pudieron festejar en plenitud porque sabían que las alegrías y los sinsabores siempre serían pasajeros. Hoy se puede ganar una refriega y mañana perder en el mismo terreno contra idéntico adversario. La teoría del empate político que anunciamos hace ya más de un mes se ha transformado en realidad.

Pero no hay un solo frente de batalla. El parlamentario resulte, quizá, el de mayor visibilidad, sobre todo en atención a que allí se concentran, sentados en sus bancas de diputados y senadores, los representantes de aquellos partidos opositores a los cuales solo parece unirlos su ojeriza antikirchnerista. Sin embargo, tanto les preocupa a los habitantes de la Quinta de Olivos cuanto acontece en la cámara alta y baja del Poder Legislativo, como la figura de Julio Cobos o el desempeño de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Para una administración que, desde sus inicios, allá por mayo del año 2003, ha hecho del conflicto el pilar de su acción política, llevar las disputas a todos los ámbitos y transformarlas en verdaderas cruzadas, es algo que se halla ínsito en su naturaleza. Por eso no debe extrañar la saña con la cual las figuras más representativas del oficialismo, encabezadas por la mismísima presidente de la República y el jefe de gabinete, Aníbal Fernández, han descalificado a Cobos.

Resulta, ésta, la ofensiva más encarnizada que se recuerde desde la madrugada del famoso voto no–positivo del mendocino.

Con el compañero de fórmula de Cristina Fernández en octubre del 2007, devenido luego enemigo a muerte del matrimonio, sucede algo que a los Kirchner los enfurece: todos los esfuerzos por esmerilar su figura han terminado obrando el efecto contrario. Es como si cuanto más lo agraviaran y más exigieran su renuncia, más consolidaran su imagen y su permanencia en el cargo.

Hasta aquí Cobos había desenvuelto, no sin éxito, una estrategia bien sencilla: no responder a las andanadas verbales del matrimonio gobernante, sus ministros y principales voceros parlamentarios —Pichetto y Rossi—, por un lado. Por el otro, moverse en dirección exactamente contraria a la del kirchnerismo, de modo tal que cuando éste dijese A, él estuviese en la Z.

Sin abandonar la mencionada línea de acción, por primera vez el vicepresidente, el domingo pasado, rompió su silencio y expresó, sin pelos en la lengua: —“Nadie más se va a dejar intimidar por la presidente”. En un reportaje que le concedió a Clarín, nada menos, escaló como nunca antes en su polémica con el oficialismo sin olvidar los temas que más calan en la gente. —“Hay que ocuparse de la corrupción y la inflación”— sostuvo, ensayando así un clarísimo tiro por elevación al gobierno.

De más está recordar que si, para el santacruceño, el cuyano careciese de relevancia, el tratamiento que le tendría reservado sería similar al que le dispensó al pobre Daniel Scioli mientras éste hizo las veces de convidado de piedra en su calidad de vicepresidente de la República. Sin embargo, Cobos ha demostrado ser un hueso duro de roer que no sólo no se amilana ante la ola de cuestionamientos y agravios que recibe a diario sino que, frente a la adversidad, muestra su mejor perfil.

Si los Kirchner piensan que lanzándole mandobles sin ton ni son lograrán ablandarlo y conseguirán que, por propia voluntad, se baje mansamente del lugar que ocupa en el organigrama institucional argentino, se equivocan sin remedio.

Si alguien dudaba respecto de cuál sería la actitud de Cobos cuando los Kirchner viniesen degollando —verbalmente, se entiende—, las declaraciones del vicepresidente no pueden haber sido más claras. Ni remotamente piensa abandonar un puesto que lo sitúa en el centro de la escena y le permite tener un grado de expectabilidad que, de otra manera, si siguiese los pasos del Chacho Álvarez, perdería en un abrir y cerrar de ojos.

Inclusive sus correligionarios, que hasta no hace mucho insinuaban en rueda íntima o manifestaban públicamente la conveniencia de que Cobos diese un paso al costado, parecen haberse percatado de su error.

Nadie que no fuera un suicida en términos políticos imitaría al segundo de De la Rúa, sobre todo si la ciudadanía, precisamente por efecto de lo que saca de casillas al kirchnerismo —su presunta traición— lo ha premiado como a pocos en el lapso transcurrido desde junio del 2008 a la fecha. En resumidas cuentas, Cobos tiene en los Kirchner a unos inmejorables jefes de campaña. ¿Por qué, pues, echaría todo a perder si, manteniendo el statu quo, lleva las de ganar?

Por momentos, el plan vertebrado en la Casa Rosada para dar cuenta de sus enemigos transparenta, apenas disfrazado, un alto grado de desesperación. Sus reacciones semejan manotazos de ahogado aunque no se hallen los Kirchner próximos a naufragar. Si no les quedase resto, sus días estuviesen contados, sus filas diezmadas y sus enemigos a punto de derrotarlos, se entendería que intentasen una suerte de contraofensiva en todas las direcciones.

No obstante, su situación dista de ser desesperante y, así y todo, quieren verlo procesado y destituido a Mauricio Macri, renunciado a Cobos, acorralado a Clarín y fuera de la escena al ministro de la Corte Carlos Fayt.

La desproporción de los frentes que abre sin necesidad hace que, en general, sus maniobras sean pocos felices. Su embestida, Oyarbide mediante, contra el jefe de gobierno de la ciudad capital tiene final abierto.

Su arremetida contra Cobos se ha estrellado, de dos años a esta parte, en la muralla protectora erigida por el vicepresidente. La campaña tendiente a poner de rodillas al diario de la señora de Noble ha cosechado un triunfo pírrico en el Congreso y sucesivas derrotas tácticas en el frente judicial ¿Y la Corte?

Que Carlos Kunkel y Diana Conti hayan zarandeado al Dr. Fayt echándole en cara sus años como impedimento para desempeñarse en el superior tribunal de justicia del país, no es, por supuesto, fruto de la casualidad o producto de alguna interpretación de la normativa vigente respecto de quiénes pueden y con qué edad formar parte de la Corte. Resulta, por el contrario, uno de esos ataques que el kirchnerismo ensaya cuando considera que, delante suyo, ha aparecido un potencial opugnador.

El santacruceño y su mujer son conscientes de lo que supone, en última instancia, la así llamada “judicialización de la política” a la cual conduce, de manera inexorable, el empate político entre el gobierno y el arco opositor y la falta de respeto a las instituciones que existe en la Argentina. El papel revelante que, en este contexto, le guste o no, terminará adquiriendo la Corte Suprema, es tan claro como riesgoso para el gobierno. Más aún si piensa que los integrantes de ese tribunal no se allanarán a secundar las ideas y, menos aún, los caprichos del oficialismo.

El tema de la ley de medios —léase Clarín— puede aterrizar en cualquier momento en la Corte y si sus ministros siguiesen el criterio de los jueces de primera instancia y la sentencia de la cámara de Mendoza, toda la planificación montada para reducir al periódico más vendido del país a su mínima expresión se vendría abajo como un castillo de naipes. ¿Qué hacer, entonces?

En la desesperación, revolearle sus 93 años al integrante que juzgan más peligroso, convirtiendo su vejez en argumento “destituyente”. ¿Qué consiguieron? Precisamente lo contrario de cuanto buscaban. Que Fayt les respondiese que no piensa renunciar —igual que Cobos— y que el tribunal se abroquelase en torno suyo no por coincidencias ideológicas sino por espíritu de cuerpo. ¿Dios ciega a quienes quiere perder? Hasta la próxima semana.

El Gobierno desencajado en una semana con hechos positivos

domingo, 18 de abril de 2010

Por Nelson Castro

No bien entró al edificio del Congreso, se dirigió al recinto sin siquiera pasar por las oficinas de su bloque. Ya en su banca, pidió un vaso de leche. “¿Me lo trajiste normal o tiene cianuro?”, fue la pregunta que, con una sonrisa tensa, la senadora Adriana Bortolozzi le hizo al mozo que le alcanzó el recado.

La legisladora formoseña era consciente de que con su conducta había producido un hecho bisagra en la guerra del quórum que se ha desatado en la Cámara alta. El azoro de todos sus compañeros de bancada, en especial el del titular del bloque, Miguel Angel Pichetto, fue mayúsculo. El enojo también. Para Pichetto, todo se hizo más áspero cuando debió atender la filípica de Néstor Kirchner, quien le habló a través del teléfono inalámbrico conocido por todos como el “teléfono rojo”.


El problema que representa la senadora Bortolozzi es de final abierto puesto que ella ha dicho que piensa sentarse en su banca todos los miércoles para asegurar que el Senado funcione.

Este episodio desencajó al Gobierno, en el medio de una semana en la que hubo hechos que fueron positivos: la ansiada y desesperadamente buscada reunión de la Presidenta con Barack Obama, para cuya gestión lo que más ayudó, paradójicamente, fue la decisión del presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, de buscar un acercamiento a Irán que disgusta y preocupa al gobierno de los Estados Unidos; el encuentro, con pedido de disculpas incluido, con el presidente de China, Hu Jintao; la visita al país de Dimitri Medvedev, la primera de un presidente ruso; y el anuncio de la reapertura del canje de deuda con los bonistas.

La salida del default es algo que, más allá de los cuestionamientos muy válidos sobre la legitimidad de la deuda que plantean sectores de la izquierda, se hacía imprescindible a fin de reinsertar a la Argentina en el mundo. La forma en que se implementa una medida de esta trascendencia es tan importante como la medida en sí. Y ahí, el Gobierno ha actuado de la peor manera, sin consenso, sin la participación del Congreso, con poca transparencia y llevándose por delante la autonomía del Banco Central. “Es que los Kirchner son así: incorregibles”, reconocía con resignación una voz del corazón del oficialismo.

La “guerra del Senado” habrá de extenderse hasta el final del mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Es una especie de vale todo al que no le escapa, ni siquiera, una parte significativa de la oposición. Las voces sensatas, que las hay en ambos lados, hoy se pierden en ese volcán de pasiones que domina la escena política. “Después de haberlo denostado a más no poder, los favores que nos viene haciendo Carlos Menem nos obligan a tratarlo con mano de seda; es contradictorio pero es así ”, expresaba una voz del Gobierno.

En la sesión del miércoles pasado, Menem se la pasó haciendo favores al oficialismo: el primero –que también benefició a Julio Cobos al evitarle el tener que desempatar– fue su abstención en el voto relativo a la designación de Mercedes Marcó del Pont como presidenta del Banco Central; al actuar así, el senador por La Rioja permitió que esa designación quedara confirmada; el segundo fue su ausencia a la hora de tratar y votar la modificación de la Ley del Cheque.

Hay que recordar que Menem debe enfrentar causas legales muy pesadas. Esto lo hace muy vulnerable, y el Gobierno lo sabe y aprovecha. La votación sobre este asunto, que se produjo en la madrugada del miércoles, ha generado una controversia por el que se fuerzan al límite las situaciones de interpretación de la Constitución Nacional.

Una primera lectura de los incisos segundo y tercero del artículo 75 de nuestra Carta Magna permitiría inferir que, para lograr una modificación del impuesto al cheque hacen falta 37 votos y, en la madrugada del jueves, hubo 35. Cosas como éstas son propias de los K. El principal error de varios sectores de la oposición es el de enfrentar los males del kirchnerismo con conductas iguales.

Más allá de todo, la discusión habrá de tornarse abstracta porque, llegado el caso de que la modificación de la Ley del Impuesto al Cheque fuera aprobada por la Cámara de Diputados –lo que al día de hoy está en duda–, la Presidenta la vetará.

Esta nueva cumbre borrascosa de la política ha puesto otra vez en el centro de la escena a Julio Cobos. Las críticas que sobre él vierte el oficialismo son cada vez más duras; a ellas se les ha agregado ahora la amenaza de un juicio político. “No saben el favor que nos harían si se atreviesen a avanzar con esta iniciativa”, retrucan desde las cercanías del vicepresidente. Tienen motivos: para la destitución de Cobos hacen falta los votos afirmativos de los dos tercios de los integrantes de ambas cámaras.

En el intento permanente por parte del Gobierno para eliminar cualquier atisbo de control sobre sus actos, ahora el objetivo es la Justicia, en especial, la Corte Suprema y, dentro de ella, el juez Carlos Fayt. El día que, en la puerta de su casa, el Dr. Fayt calificó de “tonterías” unas expresiones de la Presidenta, la Dra. Fernández de Kirchner le hizo la cruz.

“El proyecto de jubilación de los jueces de más de 75 años no es malo. Es una discusión que hay que dar”, reconoce una voz cercana a la Corte, que agrega: “Este es el peor momento para hacerlo porque lo que al Gobierno le interesa es sacarse de encima a Fayt, a quien, si el proyecto prosperara, lo acompañaría el Dr. Enrique Petracchi”. Petracchi cumplirá 75 años en noviembre próximo.

La preocupación que al Gobierno le produce la independencia de la Corte es creciente a la luz de los siguientes casos sobre los que el alto tribunal deberá expedirse próximamente: la Ley de Medios, los hijos de la Sra. Ernestina Herrera de Noble, decretos de necesidad y urgencia y venta de Telecom.

La multitudinaria manifestación del jueves pasado para apoyar la Ley de Medios fue un indicio claro de la decisión del matrimonio presidencial de presionar a la Corte Suprema.

En ese sentido, las palabras de Hebe de Bonafini, hablando de la “decrepitud” de la Corte, no fueron un dato menor. La descalificación hacia los jueces conlleva varios significados: primero, una clara contradicción –una más– de este gobierno al que, si hay un logro indiscutible que se le reconoce, es el haber reemplazado la Corte “de los milagros” del menemismo por otra, la actual, pretigiosa y prestigiada por su independencia; segundo, una evidente voluntad de presionar a los integrantes del tribunal y, finalmente, una actitud de intolerancia que habita en varios sectores de la vida política argentina y a la que el matrimonio presidencial ha hecho y sigue haciendo un aporte fenomenal