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Binner, Das Neves, Pino Solanas y otros traicionan el voto popular

domingo, 20 de septiembre de 2009

Nadie oyó la opinión electoral de los argentinos expresada hace apenas tres meses.



Un ex presidente gobierna sólo porque considera el poder democrático un bien conyugal.


El vicepresidente de la República, que llegó al cargo como aliado del partido gobernante, se ha hecho cargo de la jefatura fáctica de la oposición. Nada está en su lugar cuando los que mandan resuelven nada menos que sobre la libertad.

Las excentricidades son aún más amplias. Los socialistas rompieron rampantes un reciente acuerdo electoral y, peor aún, decidieron ignorar una clara violación del reglamento de la Cámara de Diputados.


La nueva izquierda de Pino Solanas quebró su flamante contrato electoral con la sociedad (sectores capitalinos la votaron como una variante innovadora de la oposición al kirchnerismo) y tampoco reparó en que el camino es tan importante como el objetivo final para las instituciones de la democracia.

El gobernador de Chubut, Mario Das Neves, se propuso, el día después de las pasadas elecciones, como una alternativa presidencial a los Kirchner. No perdió oportunidad de vapulearlos con una oratoria de fascinado opositor. Pero sus legisladores nacionales votaron al lado del kirchnerismo todas las veces que éste los requirió en cuestiones esenciales.


Las vertientes de la centroizquierda, que en su momento llegaron a la Cámara de Diputados con la propuesta opositora de Elisa Carrió, volvieron a acompañar al kirchnerismo sin reparar ni reprochar la poca calidad de los métodos.

Todos ellos hicieron posible el triunfo del proyecto oficialista sobre los medios audiovisuales en la Cámara de Diputados. Cualquier opinión es legítima, pero no cualquier método es legítimo y legal. La oposición, peronista o no peronista, parece desintegrarse ante el fuego intenso de un poder devastador y desprejuiciado.

Néstor Kirchner avanza, es cierto, y lo hace esta vez sobre cuestiones tan sensibles como la libertad de expresión y otros derechos y garantías constitucionales. Ni la República ni la Constitución frecuentaron nunca sus decisiones de gobernante. Pero el transfuguismo político de algunos explica en parte las conquistas del ex presidente. Otra parte de la explicación posible se encuentra en una sociedad desmoralizada, anestesiada y también resignada.

Una enorme mayoría social no quiere a los Kirchner, pero hasta esos sectores suponen que ya todo es inevitable en una Argentina cooptada por líderes caprichosos y mandones exitosos. La libertad de expresión es el derecho de la gente común a conocer las cosas que el poder esconde. Grandes sectores sociales reaccionan, sin embargo, como espectadores de un partido jugado por otros. ¿Cómo un hombre como Kirchner, con una monumental voluntad de poder, no podría en semejante contexto reconstruirse desde la ruina? Lo ha hecho, aunque tal vez está preparando también un largo y abusivo proceso político de conflictos y de escándalos.

Hasta podría decirse que Kirchner se llevó el trofeo de haber roto el Acuerdo Cívico y Social, la coalición de radicales, socialistas y la Coalición Cívica que empató las elecciones nacionales con el oficialismo el 28 de junio último. Esa alianza murió el miércoles pasado, pero fue una obra de sus dirigentes y no de Kirchner. El más importante líder socialista, el gobernador Hermes Binner, hizo lo que él mismo le recriminaba a Carlos Reutemann y que éste no hizo: estar más cerca de los Kirchner que de sus promesas opositoras.

Esa coalición había comenzado a resquebrajarse cuando Carrió anunció que jamás votaría por Cobos. En el fondo, la líder de la Coalición Cívica nunca dejó de ver en Cobos a un conspirador dentro del Gobierno; Carrió detesta la sola idea de un complot para derrumbar a los Kirchner e instalar a Cobos en la Casa Rosada. Sería la solución perfecta para el peronismo. Sería una víctima que, encima, le pasará a un no peronista todos los zafarranchos del kirchnerismo , suele decir.

Cobos es una extraña figura en la política argentina, que mezcla un rol institucional clave con un importante protagonismo político. El límite es impreciso y, a veces, muy arriesgado. El viernes, Cobos dio un manifiesto sobre cómo debería ser el tratamiento senatorial del proyecto sobre la ley de medios. Fue un documento sólo electoral. Ya antes, los dos bloques mayoritarios, el peronismo y el radicalismo, habían acordado que el proyecto pasaría por cuatro comisiones; ni las módicas dos que quería el Gobierno ni las cinco a las que aspiraba Cobos. El número acordado se acerca más al de Cobos que al del oficialismo.

¿Por qué el Senado puede alcanzar esos acuerdos que son imposibles entre los diputados? Desde que la República existe, el Senado se preocupa antes que nada de una cosa: de ser diferente de ese conglomerado caótico, maleducado y chapucero que es la Cámara de Diputados. Es muy probable que el proyecto aprobado en Diputados, tan lleno de imperfecciones y de amenazas autoritarias, sea modificado por el Senado y devuelto a la Cámara baja.

Uno de los artículos que podrían cambiar es el que les fija sólo un año a los multimedios preexistentes para que desguacen sus propiedades. Dicen que ese artículo habría caído en la Cámara de Diputados si la oposición no se hubiera ausentado en el momento de la votación. La aritmética parlamentaria respalda esa teoría. Pero ¿habrían votado igual los oficialistas y los aliados si hubieran visto en peligro al Gobierno? La oposición tiene, además, un argumento sólido: sus legisladores abandonaron la sesión para vaciarla de legitimidad. ¿Cómo podían saber ellos, además, la manera de votar del resto de los diputados si todos fueron empujados a empellones hacia una reunión urgente y antirreglamentaria?

La oposición senatorial aspira también a cambiar el artículo que dispone sobre el futuro organismo de control, que quedaría en manos del Gobierno. Nunca es bueno que la libertad de expresión sea tutelada por quienes están en el poder, pero es lo que quiere el kirchnerismo.


Podría haber imaginado un proyecto abierto a las inversiones tecnológicas y a una mayor competencia entre medios de comunicación, libres e independientes. No. El kirchnerismo profundizó su egoísmo: ordenó desguazar lo que existe para poner en manos del Gobierno los despojos que quedarán de semejante destrucción.

Piensa también en los amigos del poder más que en la sociedad. Por eso, no incluyó en el proyecto la prohibición de que los empresarios de medios audiovisuales no deberían ser, al mismo tiempo, dueños de empresas con negocios vinculados con el Estado, como licenciatarias de concesiones o beneficiarias de contratos de obras públicas. El periodismo es en esos casos la primera victima.

Hay un permanente choque entre la palabra y los actos. La supuesta democratización de los medios audiovisuales concluirá con una dantesca fragmentación y la consiguiente debilidad del periodismo de radio y televisión. La Presidenta anunció pomposamente un proyecto para despenalizar los delitos de calumnias e injurias, pero uno de los máximos jefes de hecho de la SIE (ex SIDE), Antonio Stiuso, que depende directamente de ella, no levantó la persecución judicial a periodistas, entre ellos, dos directivos de La Nación, por el supuesto delito de calumnias e injurias.

Palabras borradas por las acciones. Esa es la contradicción que no supieron ver ni siquiera los que coinciden legítimamente con el proyecto oficial de radiodifusión. ¿Democratizar los medios de comunicación? ¿Quién lo hará? Lo hará un gobierno que ha intervenido los teléfonos y los e-mails de los periodistas, y que ha castigado, difamado y censurado cuando pudo al periodismo independiente. La peor consecuencia de estas sucesivas regresiones ocurre cuando todos, sociedad y dirigentes, se terminan acostumbrando a un mundo sin libertad.

Fuente: La Nacion

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Tras la derrota de Kirchner, cómo se reinventa el Peronismo

jueves, 9 de julio de 2009

Menem, Rodríguez Saá, Sobisch, Perón y Puerta Caricatura: Huadi


Treinta y cinco años después, un nuevo aniversario de la muerte de Juan Perón encontró a sus seguidores envueltos en un intenso debate sobre la sucesión de los Kirchner tanto en la cúpula partidaria como en la Casa Rosada.

No se hablaba de otra cosa en los eventos organizados el miércoles para recordar la “desaparición física” de Perón, quien en su último discurso, el 12 de junio de 1974, había proclamado que su único heredero era el pueblo.

En el fondo, la cuestión es qué pirueta intentará ahora el peronismo para capturar de nuevo la voluntad de la mayoría del electorado; cómo se volverá a transformar para abarcar los intereses que se han expresado exitosamente en la contienda electoral del domingo 28, el campo en el primer lugar.
Porque una cosa parece segura: el peronismo que viene no elegirá al campo como su principal enemigo, como hicieron los Kirchner en marzo del año pasado, justo cuando estaban en la cima de su poder. Esa jugada se reveló suicida a los pocos meses, pero si alguna duda cabía, ahí están los resultados de las elecciones.

Un ejemplo: Carlos Reutemann venció en Santa Fe a otro presidenciable, el gobernador socialista Hermes Binner, gracias a los votos de los chacareros del interior de su provincia, que, por su lado, habían posibilitado el triunfo de Cristina Kirchner en las elecciones de 2007.

Era cuando los productores agrícolas respaldaban el modelo económico inaugurado por Eduardo Duhalde con la megadevaluación de 2001, que les permitió salir de la virtual quiebra colectiva y convertirse, rápidamente, en la locomotora que sacó al país de aquella crisis fantasmal.

Pero, luego los Kirchner tensaron la cuerda con el aumento de las retenciones de prepo, y, al final, se ahorcaron, políticamente con ella.

Lo dijeron bien claro los pocos gobernadores que se acercaron al despacho del todavía aturdido mandatario de Buenos Aires, Daniel Scioli, quien con la renuncia de Néstor Kirchner luego de la derrota quedó como el jefe del PJ.

“El Gobierno tiene que volver a dialogar con el campo”, observó el chubutense Mario Das Neves, uno de los ganadores. Lo mismo señalaron otros gobernadores que aún no estuvieron con Scioli, como el cordobés Juan Schiaretti y el entrerriano Sergio Urribarri. Ambos saben bien de qué hablan: la política agropecuaria de la Casa Rosada no sólo perjudicó a las economías de sus provincias sino que, además, fue una de las causas principales de sus derrotas.

El caso de Entre Ríos fue el más sorpresivo: Urribarri se había unido con Jorge Busti y ambos aguardaban una victoria que parecía segura hasta para sus adversarios. Pero, el Acuerdo Cívico y Social, anclado en la Unión Cívica Radical, les ganó y logró enviar a la Cámara de Diputados a sus tres primeros candidatos a diputados, todos ellos dirigentes agropecuarios. Como ocurrió en otros distritos, la resurrección del radicalismo se debió a la influencia que tuvo el tema del campo en esta contienda electoral debido a la vinculación histórica entre los pequeños y medianos productores agropecuarios y el radicalismo.

Para el PJ, históricamente, es más difícil ese lazo. Perón se enfrentó siempre con el campo, en especial con los productores de mayor peso económico. Lo hizo en sus primeras presidencias y también cuando regresó de su largo exilio, si bien hablaba del destino que le aguardaba a la Argentina como productor global de alimentos. Por ejemplo, la propuesta de ley, nunca aprobada, que disponía la expropiación de tierras improductivas; el impuesto a la productividad “normal” de la tierra y la ampliación de las funciones regulatorias de las juntas de Granos y Carnes.

Sin embargo, el peronismo modificó eso con el giro de Carlos Menem al liberalismo, que se tradujo en la anulación de las retenciones y en la eliminación de las juntas de Granos y de Carnes. Además, en el ’90 se favoreció el despegue de la soja (autorización de las semillas transgénicas, por ejemplo), y el dólar barato, si bien fue una verdadera peste para otras actividades, permitió la tecnificación y la modernización agropecuarias.

Mal que le pese a los Kirchner, el campo es otro ahora, y eso se debe a los 90; es decir, no sólo a lo que pasó en la Argentina en aquella época sino, principalmente, a lo que ocurrió en el mundo con la extraordinaria demanda de commodities agrícolas por parte de China e India.

En 2001, un nuevo giro copernicano del peronismo, esta vez con Duhalde al timón, también favoreció al campo, con su política del dólar alto, que fue mantenida por Néstor Kirchner y que, en el marco de la estampida global de los precios de las commodities, hizo muy tolerable un cierto nivel de retenciones. Precisamente Duhalde, devenido en enemigo mortal de los Kirchner, volvió al país para, según sus voceros, participar en la reconstrucción del PJ.

Como dijo Perón, su criatura, el peronismo admite diversas formas, ya que es una doctrina y un movimiento; no es una ideología ni un partido, que son “sectarios”, en su opinión. Como le dijo a Tomás Eloy Martínez en los últimos años de su exilio madrileño, “el peronismo es lo más heterodoxo que hay: cabe de todo”.

Claro que en su cúpula no suele haber lugar para los perdedores. La magnitud de la derrota de los Kirchner es tal que ni siquiera su jugada para dejar en la cima del PJ a Scioli le está saliendo bien: los principales ganadores del domingo ya han dicho que no piensan reunirse con alguien que también perdió, junto con Néstor.

Así lo afirmaron Reutemann, Francisco de Narváez, Felipe Solá y el tucumano José Alperovich, hasta el domingo un kirchnerista muy disciplinado, al menos en público. Por eso, Scioli piensa ahora en abandonar rápidamente su lugar para dar paso a un congreso partidario o a una mesa de conducción.

Un histórico del PJ, el ex gobernador y ex senador Antonio Cafiero, recordó en la quinta de San Vicente que “el único heredero de Perón es el pueblo y nadie más”, y reclamó el llamado a elecciones internas “porque ya nadie puede designar a dedo a nadie” en el oficialismo.

Ayer, Cafiero visitaba a Scioli, luego de un llamado teléfonico del gobernador, para explicarle con claridad su posición. Cafiero es muy respetado en su partido porque hace 15 años abrió las puertas a una renovación que le cambió la cara al peronismo.

Este debate sobre quién y cómo debe conducir al PJ se mezcla con las candidaturas para las elecciones presidenciales de 2011. Quienes aparecen como presidenciables luego del domingo son más bien moderados, tienden a ubicarse en el centro.

Reutemann es uno de ellos. Luego de su ajustada victoria, cuando le preguntaron sobre los temas más urgentes, contestó: “Uno es el tema de la producción. No está resuelto el tema de la carne, el tema lechero. El Gobierno podría tomar medidas para incentivar la producción”. El jura que no está pensando en las próximas elecciones: “Si alguien me habla de 2011, no lo voy a escuchar”. Sin embargo, las principales avenidas porteñas aparecieron con afiches gigantes con su sobrenombre, Lole.

Luego de su triunfo frente a Néstor Kirchner, De Narváez ya está dedicado a sentar las bases para su campaña a gobernador de Buenos Aires en 2011 y piensa en una alianza con un presidenciable de fuste que, en su opinión, no debería provenir de una provincia chica. Primero en su lista aparece el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, pero en los últimos días algunos de sus asesores han apuntado también en dirección de Reutemann “en el marco de un acuerdo con PRO y con otras fuerzas”.

El empresario De Narváez parece aprender rápido: también levanta la posible candidatura de Felipe Solá, ya que entiende que el juego es largo y que “no hay que poner todos los huevos en una sola canasta”. En un almuerzo ante 70 dirigentes en el Centro de la Gendarmería, Solá hizo una exposición que todos interpretaron como la de un precandidato a la Casa Rosada.

Macri es el otro presidenciable de fuste dentro del “panperonismo”. El no es peronista pero tiene sus simpatías en ese nicho y, de hecho, algunos dirigentes del PJ porteño forman parte de su equipo de gobierno en la Ciudad de Buenos Aires.
“Con Michetti como candidata a jefa de Gobierno y con Francisco en la Provincia, Mauricio tiene con qué encabezar una fórmula junto al Lole y ganar las elecciones de 2011 con la fusta bajo el brazo”, contó uno de los peronistas en los que Macri más confía.
“Pero, ¿el peronismo aceptará sólo el segundo lugar en la fórmula presidencial?”, fue la pregunta casi obligada. “Si el PJ no acepta, en ese caso a Mauricio le conviene apostar a la reelección en la Ciudad.”

Claro que todavía faltan dos años para las elecciones de 2011; en lo inmediato, los Kirchner parecen volver al sueño de una fuerza transversal, de centroizquierda, pero antes tienen que armar un nuevo esquema para seguir gobernando en una situación de debilidad política, que es inédita tanto para ellos como para los numerosos adversarios que han sabido cosechar dentro y fuera del peronismo.

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