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Así son las cosas en el mundo K. Todo se decide y se hace en forma intempestiva

domingo, 15 de noviembre de 2009

POR NELSON CASTRO

"Pregúntenle a Néstor”, fue la respuesta que dio un líder sindical cuando, en la tarde del martes, se le preguntó sobre la marcha de apoyo al gobierno anunciada por Hugo Moyano para el viernes 20 de noviembre.

En efecto, fue Néstor Kirchner el que pergeñó la movida para contrarrestar una supuesta acción de desestabilización contra el gobierno a la que no se le llevó mucho el apunte.

“Esto no se lo cree nadie”, confesó un conspicuo diputado oficialista después de haber escuchado la exposición parlamentaria del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.

Gremialistas, intendentes del Conurbano bonaerense y gobernadores kirchneristas reaccionaron con una mezcla de fastidio y preocupación ante esta convocatoria. “Ya tenemos suficiente lío con todo el tema de la asignación familiar por hijo como para agregarle la pesada tarea de tener que llevar gente a un acto sin sentido”, reconocía uno de esos intendentes aliviados cuando supo la noticia de la suspensión.

“En este clima de enfrentamiento gremial, hacer esa movilización era muy peligroso. Recordemos lo hechos de violencia que ocurrieron aquella vez en que se trasladaron los restos del general Perón a San Vicente”, señalaba un dirigente gremial ya más distendido tras conocer la noticia de la cancelación del acto. Cancelación que, por otra parte, fue tan sorpresiva e intempestiva como su anuncio.

“No puedo creer lo que me está diciendo”, fue la respuesta azorada de un colaborador de Luis D’Elía cuando, una hora después de haber participado de la reunión entre éste y Hugo Moyano destinada a sumar fuerzas para la convocatoria oficialista, se enteró por radio de su suspensión. No estuvo solo en eso, ya que lo mismo le sucedió a algunos ministros que venían haciendo declaraciones a favor de la marcha en el mismo momento en que la Presidenta decidía su cancelación.

Es que así son las cosas en el mundo K. Todo se decide y se hace en forma intempestiva.

La organización de la marcha fue obra del ex presidente en funciones. La suspensión, en cambio, de la Presidenta. La crónica habla de que, luego del almorzar con su marido en la quinta de Olivos, la Dra. Cristina Fernández de Kirchner tomó la determinación de ordenarle a Hugo Moyano la postergación del acto. Esta fue una decisión que mostró, ciertamente, que la Presidenta hizo una buena lectura de la realidad.

La marcha exponía al gobierno a más riesgos que beneficios. Uno de esos riesgos, como dijimos, era el de la posibilidad de enfrentamientos a causa de la fuerte contienda sindical desatada en estos días; otro, era el de quedar demasiado atado a Hugo Moyano en su embestida por sumar poder dentro del sindicalismo y de la estructura del partido Justicialista.

El costo político que esto le acarrea al gobierno es cada vez más alto. Lo somete, además, a una de sus más flagrantes contradicciones y lo obliga a un enfrentamiento creciente con la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) con la que se identifican vastos sectores del progresismo.

En este sentido, las declaraciones del secretario adjunto de la CGT Juan Belén, quien calificó a la CTA de “zurda loca manejada desde afuera” encendieron luces amarillas en las entrañas del poder.

Hubo un tercer motivo de preocupación en varios funcionarios del gobierno que se sintieron aliviados tras la decisión de la Presidenta de bajar el acto, hecho que dejó tanto a Moyano como a D’Elía totalmente descolocados; ese motivo fue muy bien resumido por alguien que habita un despacho en la Casa Rosada: “El temor era que tras la marcha de Moyano hubiera habido una convocatoria a una contramarcha. Eso ya lo vivimos durante el enfrentamiento con el campo por la resolución 125 y no olvidamos lo mal que nos fue.”

La situación de Hugo Moyano al frente de la CGT es difícil. El número de los que no lo quieren va en aumento. “Hugo tiene un doble discurso que se le hace cada vez más difícil de sostener. A los Kirchner les dice una cosa y a nosotros, otra”, confesaba en la lluviosa tarde del viernes un sindicalista miembro del consejo directivo de la Confederación General del Trabajo.

Alguien que conoce el pensamiento de Luis D’Elía se explayaba en el mediodía de ayer dando su interpretación del episodio: “Lo más destacado de todo esto fue la foto de Luis con Moyano que impactó a más de cuatro y que, además, fue un mensaje directo para Daniel Scioli. No olvide que Moyano aspira a ser gobernador de la provincia y necesita un compañero de fórmula.”



Hablando de D’Elía, en el medio de todo esto surgió su disputa verbal, en la que lo acompañó el jefe del bloque de senadores del Frente para la Victoria Miguel Ángel Pichetto, contra Mirtha Legrand, Susana Giménez y Marcelo Tinelli.

”Tenemos que parar esto ya. Más allá de lo opinable de sus posiciones, al hablar de la inseguridad no han hecho más que referirse a un problema que está en la agenda prioritaria de la ciudadanía y para la que el gobierno no tiene ninguna estrategia seria y definida”, clamaba una voz dentro del oficialismo conciente de que el costo político de este enfrentamiento es enorme para el gobierno.

De todos modos este enfrentamiento no está terminado. La idea de enviarles a los tres los sabuesos de la AFIP ronda por alguna mente afiebrada del poder. Es el método del apriete – siempre repudiable- del que el matrimonio presidencial tanto disfruta.

Los más racionales aseguran que nada de ello ocurrirá. Habrá que esperar.

La interna dentro del justicialismo crece por horas. La pantomima de la reasunción de la titularidad del Partido Justicialista, que nunca abandonó, por parte de Néstor Kirchner ha actuado a manera de un catalizador.

La renuncia de Carlos Reutemann a su vocalía dentro del Consejo Nacional del partido, es una muestra de ello. En silencio, el ex piloto de Fórmula 1 ha venido manteniendo contactos con Felipe Solá, el senador por Salta Juan Carlos Romero y Mauricio Macri. “Quiere hacerlo con muy bajo perfil para no sufrir el castigo K. Su idea sigue siendo la Presidencia”, afirma una fuente muy cercana al senador santafesino a quien, entre otras cosas, le preocupa mucho el estado real de las arcas fiscales.

También en silencio, quien viene trabajando sin prisa y sin pausa en el armado de un proyecto diferente es Alberto Fernández. El ex jefe de Gabinete está activo. En estos días tuvo dos charlas importantes con dos gobernadores: una con el de Salta, Juan Manuel Urtubey; la otra, con el de Chaco, Jorge Milton Capitanich. La idea del Dr. Fernández es la crear una corriente que esté igualmente alejada de Néstor Kirchner como de Eduardo Duhalde. Quienes saben de esto aseguran que el temor de Capitanich a ser considerado opositor y sufrir represalias por su actitud es mayúsculo.

Es impresionante observar el clima de miedo que genera el matrimonio presidencial dentro de sus mismas filas.

Fuente: Perfil.com

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Los Kirchner: a menor caudal político, reformas más agresivas

miércoles, 2 de septiembre de 2009



Ayer se conocieron dos datos que revelan que los Kirchner no consiguen superar su crisis política. Al contrario, la están profundizando. La confianza en el Gobierno, medida según el índice que elabora la Universidad Torcuato Di Tella, es la más baja de todo el ciclo oficialista. La imagen del matrimonio, según las encuestas más serias, tampoco se recuperó.

La Presidenta sigue cayendo y su esposo cosecha volúmenes de rechazo que nunca antes se habían registrado. Esta reprobación, tan marcada, constituye un problema en sí mismo para cualquier administración, en cualquier sociedad.

Al perder consenso, los líderes políticos se vuelven impotentes para afrontar los costos que trae consigo la mayoría de las reformas. La palabra de los funcionarios se devalúa y su interpretación de lo que ocurre en el país es cada vez menos aceptable. Todo lo oficial se vuelve sospechoso.

En la Argentina esas disfunciones están agravadas por otros factores. El más evidente es que la Presidenta y su esposo se resisten a tender un puente hacia quienes desconfían de ellos. El 28 de junio la propuesta del matrimonio fue rechazada en los principales distritos del país.

En Buenos Aires esa repulsa se centró en la figura del propio Kirchner. En la Capital y en Córdoba los candidatos identificados con la Casa Rosada entraron en cuarto lugar. En Santa Fe, terceros. La familia gobernante perdió hasta en su tierra, Santa Cruz. Su respuesta al electorado fue cerrarse más. En vez de explorar ideas ajenas para regenerar la propia base electoral, decidió gobernar sólo para los que la habían votado.

Las políticas que más reproches recibieron durante la campaña no sólo no fueron sometidas a debate o corrección, sino que se profundizaron. Al sector agropecuario se lo siguió acorralando, hasta el punto de anular con un veto una declaración de emergencia. Y para revertir la pobreza o la inflación se insistió en negarlas, con más vehemencia: en su conferencia de prensa de anteayer, el director del Indec, Norberto Itzcovich, pidió que se agradeciera a la gestión actual el haber liberado a los consumidores del engaño en el que los tenían sumidos las anteriores administraciones.

Es habitual que, después de perder unas elecciones, los gobiernos se vuelvan más conservadores y se recluyan en sus propios elencos y argumentos. Los Kirchner no sólo cerraron las puertas de su gabinete a figuras novedosas, sino que expulsaron a las que expresaban algún matiz diferencial, como Sergio Massa o Graciela Ocaña. Hasta aquí no se diferenciaron de experimentos políticos anteriores.

Sin embargo, lo que vuelve novedosos a la Presidenta y a su esposo es que no se conformaron con ratificar una orientación rechazada en las urnas. Desde hace un par de semanas, decidieron que, ahora que perdieron poder, debían avanzar sobre áreas ante las cuales en los buenos tiempos se habían inhibido.

A menor caudal político, reformas más agresivas. Con una derrota a sus espaldas, un aplazo en la calificación de su gestión y un derrumbe de popularidad tal que la mayoría los rechaza, Cristina y Néstor Kirchner decidieron avanzar sobre la estructura y el contenido de los medios de comunicación; destinar $ 600 millones del presupuesto al negocio privado del fútbol televisado y de las apuestas deportivas; precipitar un cambio de manos -se presume que favorable a empresarios amigos- en una compañía que factura US$ 3000 millones anuales, como Telecom; poner al borde de la asfixia fiscal a Buenos Aires (Scioli) y a Córdoba (Schiaretti), y avanzar con una modificación del sistema electoral que ya no saldrá del acuerdo entre las distintas fuerzas políticas.

Esta respuesta a la reprobación electoral y a la desconfianza que revela la opinión pública no es la manifestación de un autismo político que impediría al Gobierno conectarse con lo que pasa fuera del palacio. Es consecuencia de una interpretación mesiánica de la democracia.

Para los Kirchner, lo que sucedió el 28 de junio no fue que el juicio crítico del electorado reprobó sus prestaciones como gobernantes. No. La derrota se debió a que el oficialismo fue menos eficiente que "los sectores dominantes", "el bloque agrario" o "los defensores de una Argentina para pocos" para orientar en su favor el sentido común de la ciudadanía.

Para esta visión, la opinión pública es el campo baldío en el que libran su batalla las corporaciones oligárquicas, en contra de un progresismo iluminado que hubiera conseguido el reconocimiento popular si no fuera por las maquinaciones del otro bando. Es una nueva versión, estilizada e incruenta, de la que llevó a la juventud de los años 70 a levantarse en contra del gobierno democrático por el que se había sentido traicionada.

Entre esa ya lejana experiencia y la de estos días hay infinidad de diferencias. En principio, aquella vanguardia esclarecida, minoritaria y todo, era mucho más numerosa que un matrimonio. Pero en ambos respira el mismo espíritu autoritario.

Esta divergencia entre gobernantes y gobernados resulta más grave porque la confianza que pierden los Kirchner no parece canalizarse hacia otros líderes políticos. La pareja no enfrenta un fenómeno de poder, sino, en el mejor de los casos, distintas manifestaciones de popularidad.

Si, desde el 28 de junio, el Gobierno cayó en su prestigio, la oposición empeoró su organización. El Acuerdo Cívico y Social es un mosaico difícil de componer entre la UCR de Cobos, la Coalición Cívica de Carrió y Stolbizer, y el socialismo de Binner.

Enfrentado a Duhalde y acosado por Kirchner, Reutemann no sabe dónde poner su candidatura. Y la amistad que comenzaban a cultivar Macri, Solá y De Narváez regresó a su estado natural de rivalidades.

A semejante estado de fragmentación es difícil confiarle la agenda que los Kirchner dejan pendiente con sus grandilocuentes cruzadas: el desborde del Ejecutivo sobre la Justicia (Consejo de la Magistratura) y sobre el Congreso (los DNU), la normalización de la economía (Indec, política agropecuaria y energética, relación con las provincias) y la reorientación de una política exterior que ha aislado al país hasta del Uruguay.

Es posible que nunca haya habido en la dirigencia argentina una coincidencia más extendida sobre el trazo grueso de esa agenda como en estos días. Es posible que nunca haya habido una oposición tan indigente para transformar esa armonía en un programa.

Inquietante encrucijada para una opinión pública que corre el riesgo de dejar de confiar en los Kirchner para no confiar en nadie.

Por Carlos Pagni para La Nación

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