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La épica progresista de los kirchner montada como relato y coartada tiene límites y fecha de defunción

domingo, 14 de febrero de 2010

Por Jorge Fernández Díaz

El progresismo no es un partido. Es un movimiento invertebrado de gran predicamento que se reserva para sí la autoridad moral de velar por los pobres y desposeídos en un mundo dominado por el individualismo y el mercado salvaje.


Se trata de un colectivo que integran restos del marxismo, socialdemócratas, ex alfonsinistas, nacionalistas de izquierda y artistas libertarios.

Las posiciones progre vienen dominando históricamente el gremio de la prensa escrita, los cenáculos intelectuales y la enorme grey urbana de la queja pop, que representa las "buenas conciencias" y opera desde los sites de los medios y desde los contestadores automáticos de las radios.

Durante largo tiempo, los llamados opinators (opinadores a mansalva) sostenían posiciones "progresistas". Menem unió a toda esta gran familia en su contra: los setentistas, que por historia tenían más experiencia de lucha, condujeron el colectivo contra el riojano y lo hostigaron sin miramientos.

Hijo de esa posición unificada resulta el boom del periodismo de investigación y denuncia de los años noventa.

"Contra Menem estábamos mejor", se quejaban los progresistas cuando se dividieron las aguas en época del "Chacho" Álvarez y Fernando de la Rúa: ya no estaban tan seguros de dónde estaba el bien y dónde estaba el mal.

Kirchner y su esposa tenían una pálida y remota militancia de izquierda en los setenta. Pero hicieron fortuna durante la dictadura, integraron la renovación justicialista, acompañaron el proyecto de Menem y, al final, se transformaron en los primeros duhaldistas. Eran tan peronistas que nadie podía confundirlos, en una noche de luna llena, con ningún progre, por más mala vista que tuviera.

Raquítico de votos, en un país que le quedaba grande, Kirchner se propuso entonces cautivar al colectivo progresista e incluso sentarse a su volante. Lo logró con muy poco: ofensiva contra los dinosaurios del Proceso, entrega a los setentistas de la política de defensa, subsidios para las Madres de Plaza de Mayo, empleos públicos directos o indirectos para periodistas e intelectuales adictos, y jubileo para artistas populares del palo.

Fue una estrategia sumamente inteligente y exitosa. El hostigamiento a los represores colocó al kirchnerismo como campeón de los derechos humanos y sepultó bajo ese asfalto de bronce una tonelada de indicios y sospechas de negociados turbios. El tan argentino "roban, pero hacen" fue sustituido imaginariamente por el flamante "roban, pero enjuician".

Lo que horrorizaba en el "menemato" era minimizado e ignorado en la era kirchnerista: como si la honradez progre fuera menos necesaria que la honradez neoliberal. Y así fue como muchos manuales de ética y periodismo se quemaron en la hoguera de la deshonestidad intelectual. No hay que hacerle el juego a la derecha, argumentaban los mismos que eran fiscales éticos e impiadosos del poder en los noventa. Y callaban, o relativizaban, o pateaban la pelota afuera.

Kirchner entendió como nadie esta dicotomía de buenos y malos. Si estás en el lado correcto, tenés a los opinadores a tu favor y se te perdonan los renuncios. Si los tenés en contra, perdés y caés en desgracia. Así de simple.

La anestesia fue tan grande que le permitió seguir obteniendo el apoyo de gran parte de la comunidad progresista pese a sus evidentes políticas de derecha.

¿Podríamos imaginar lo que hubiera ocurrido si Menem o Macri hubieran pagado cash y enterita la deuda externa al FMI mientras existían escandalosas cifras de miseria en el país?

¿O si Duhalde hubiera empujado una ley para permitir un blanqueo de capitales que abriera la puerta al lavado de dinero?

Digámoslo en castellano: el progresismo se los hubiera comido crudos. En vez de eso, una parte importante del colectivo festejó el primer gesto como un acto de autonomía del país soberano y el segundo, como el feliz intento de repatriar inversiones para superar la crisis.

A lo largo de cinco años de gestión a todo vapor y con todo el poder, en el país de los Kirchner se abrió la brecha entre los ricos y los pobres, aumentó la concentración económica, se utilizó el superávit para subsidiar escandalosamente a los grandes consumidores eléctricos, se incrementó el gran impuesto a los desposeídos que es la inflación y se pagaron tasas usurarias a Venezuela.

El matrimonio presidencial se alió con los barones del conurbano bonaerense (Aldo Rico incluido), apoyó a los gobernadores y caciques más recalcitrantes del peronismo ortodoxo, cedió poder y beneficios a los burócratas sindicales, copó el Consejo de la Magistratura, propició la censura, ayudó económicamente a dóciles periodistas de derecha, mientras echaba de la televisión a Jorge Lanata y Alfredo Leuco y de la radio, a Nelson Castro y Pepe Eliaschev, creó un sistema de empresarios amigos de dudosa prosperidad y alentó a grupos de choque que se dedicaron a amedrentar y a romper marchas callejeras de libre expresión.

La posición crítica de varios intelectuales importantes del progresismo, como Beatriz Sarlo, y la deserción de Miguel Bonasso, que no tiene relevancia política, pero sí simbólica, va mostrando que la épica progresista montada como relato y coartada tiene límites y fecha de defunción.

Otro amigo mío, que militó en la Juventud del Partido Comunista y que se divierte amargamente con las picardías de Kirchner, me dijo este fin de semana agarrándose la cabeza: "Lo increíble no es que Néstor les haya dado tanta papilla en la boca. ¡Lo increíble es que la hayan comido con tanto gusto! Y ahora, de repente, se despiertan con indigestión, abandonan la cocina y denuncian, indignados, al cocinero. ¿Cuántas veces los van a echar de la Plaza?".

“Si a las tres de la mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por la ventana de la fortaleza”. Gral Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano 1810.

El progresismo considera a los demás incapaces de gobernar su propia vida

viernes, 12 de febrero de 2010

Por José Brechner

Soy progresista no izquierdista”, me dijo. Para mi sonó: “Soy idiota no estúpida”. Después proseguiría: “Soy socialdemócrata”, lo que confirmó que mis oídos gozan de mayor agudeza que su cerebro. Progresismo y socialismo nacieron del mismo óvulo. Su variante civilizada, la socialdemocracia, que aprovecha del capitalismo para proclamar sus beneficios, también conduce a la pobreza sino al estancamiento económico y confunde los valores morales y culturales.


El progresismo es marxismo dosificado, administrado lentamente para que no se sienta su brutalidad. En vez de acudir a la revolución violenta y la lucha de clases para implantar un gobierno centralista ultra poderoso, que controla todas las acciones del individuo coartando su libertad. Aboga por el cambio gradual, sin revolución, destruyendo de a poco la constitución y los principios éticos de una nación hasta convertirla en dictadura.

La progresía cambió la palabra “revolución” por “evolución”, para introducirse en el sistema, usando y abusando de la democracia. El progresismo surgió en Estados Unidos a comienzos del siglo XX con el presidente demócrata Woodrow Wilson. Un racista que ordenó la segregación de los negros en las Fuerzas Armadas.

Otro progresista de la época, George Bernard Shaw, propuso la eliminación de quienes no generaban superávit aplicándoles un gas letal. Shaw fue el precursor de las cámaras de gas nazis. Según el escritor, cada cinco o seis años había que hacer un cómputo de quiénes habían producido más de lo que habían consumido. Esos merecían vivir. Los demás debían ser aniquilados. El mismo concepto era aplicable a los enfermos y minusválidos. Se denomina eugenesia y formula que sólo deben tener derecho a la vida los físicamente capacitados. La idea fue ampliada por Hitler contra cualquiera que no fuese ario.

Hitler era progresista. No se diferenciaba ideológicamente de Stalin o Mao y hablaba del socialismo como su meta. El “Partido Nacional Socialista Obrero Alemán” lo dice claramente, era “socialista y obrero”, los ancestrales simbolismos izquierdistas. Los nazis diferían de los socialistas tradicionales porque no eran internacionalistas sino nacionalistas, y a Hitler no le gustaba reconocer que su ideología derivaba de Karl Marx, un judío renegado. Ser “nacional y alemán” no es idealismo, es vanidad etnocentrista. Hitler fue tildado de derechista por no permitir los sindicatos. ¿Pero qué sindicato existió alguna vez bajo el reinado de Mao, Stalin o Castro?

La razón de ser de la filosofía progresista es “la redistribución de la riqueza”. Quitar a unos para satisfacer a otros. Los nazis saquearon principalmente a los judíos. Los progresistas no admiten límites legales ni individualismo. Consideran que pueden exceder los preceptos establecidos y los derechos naturales de las personas. Limitarán qué debemos leer, ver o escuchar. Restringirán lo que podemos divulgar o escribir.

Establecerán si podemos creer en Dios, la astrología o ninguno. Hasta nos ordenarán qué vestirnos, tal como hizo Mao. Los progres consideran a los demás incapaces de gobernar su propia vida. Sin embargo sostienen que el hombre es perfectible. No por introspección, empatía con el prójimo o elevación espiritual, sino por imposición. Según ellos, el estado puede crear individuos superiores si son obedientes. En eso también concordaban Marx, Hitler, Stalin y Mao.

Decirse progresista suena bien, armoniza con progreso, mientras que calificarse de marxista es demodé. El actual totalitarismo cibernético no es publicitado por un obrero de overol con un martillo en la mano, sino por un ejecutivo vestido de Armani conduciendo un BMW, o una modelo con la imagen del Che Guevara en la bombacha. Tanto el trabajador, el yuppie, como la modelo tienen algo en común: el materialismo es su Dios.

El progresismo es socialismo conservador, también llamado comunismo. En América Latina lo rebautizaron “Socialismo del Siglo XXI”. Es la forma más abusiva de gobierno que ideó el demonio humano porque casi siempre degenera en totalitarismo. Si no te fuerzan a cumplir con sus normas, con el tiempo y sin que lo notes, igual te encontrarás restringido en tus opciones hacia la vida porque el estado lo es todo.

Para acabar con la progresía, antes de que ella lo haga con nosotros, hay que luchar por la libertad individual; por la propiedad privada; por la justicia; por la libre empresa y la no injerencia del estado en los asuntos y negocios de las personas.

Los gobernantes deben someterse y rendirle cuentas al ciudadano. Hay que reducir la estructura estatal; bregar por leyes ecuánimes; la eliminación de los aranceles; la disminución de los impuestos; hay que exigir seguridad jurídica y física; no hay que permitir subsidios de ninguna clase; y no hay que dejar que se cambien las leyes a conveniencia de los gobernantes.

Para quienes están aturdidos en la nebulosa ideológica, la respuesta es simple. Lo opuesto al progresismo es el capitalismo y la libertad, representado apropiadamente por el movimiento libertario.