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Incentivo a la importación y mayor dificultad para la exportación

viernes, 21 de mayo de 2010

Por Marcelo Zlotogwiazda

Con la fuerte devaluación de 2002, el dólar alto estimuló las exportaciones y el superávit comercial; el excedente de divisas alimentó la acumulación de reservas; y la compra de dólares por parte del Banco Central evitó que el peso se apreciara y mantuvo un tipo de cambio competitivo.


Pero ese mecanismo que hasta ahora ha funcionado bien enfrenta dos amenazas. La primera se deriva directamente de la crisis europea, que ha provocado una fortísima devaluación del euro frente al dólar y, aunque no tan pronunciada, también del real.

Teniendo en cuenta que el dólar ha aumentado localmente apenas tres o cuatro centavos, el euro y el real también se han depreciado en relación al peso, lo que implica una pérdida de competitividad respecto de Brasil y de la Eurozona, que representan alrededor del 40 por ciento del intercambio comercial argentino. En otras palabras, los productos argentinos valuados en dólares se encarecieron respecto de los brasileños y europeos, lo que implica un incentivo a la importación y mayor dificultad para exportar.

La otra amenaza es la inflación doméstica, que viene a un ritmo bastante superior a la devaluación del peso respecto del dólar, y por lo tanto ha erosionado la competitividad. En este punto, el horizonte que se vislumbra es de mayor atraso, dado que la política preponderante es utilizar el tipo de cambio como ancla para contener los precios.

¿Cuán acuciante es la amenaza?

La manera de medir la competitividad cambiaria de un país es a través del tipo de cambio real multilateral (Tcrm), un indicador que toma en cuenta la paridad del peso contra la canasta de monedas de los principales países con los que hay intercambio comercial, y también la evolución de sus respectivos precios internos.

De acuerdo con la última medición del Banco Central, el Tcrm de marzo pasado se ubicaba un 142 por ciento por arriba que el promedio de la Convertibilidad, de lo que se desprende que aun después del derrumbe del euro y de la caída del real, queda un margen anchísimo. Pero ocurre que ese cálculo toma en cuenta la inflación del Indec, que como se sabe abarata los precios locales.

Obviamente, las mediciones alternativas que computan alzas de precios más elevados ubican el Tcrm en niveles inferiores. Según BsAsCity, el instituto en donde se cobijó la ex Indec Graciela Bevacqua, el Tcrm de marzo se situaba un 65 por ciento por encima de los años ’90, y si a eso se le agrega la devaluación del euro y del real de abril y mayo, la ventaja cambiaria respecto de la Convertibilidad seguramente perfora el 50 por ciento.

Todavía sigue habiendo margen, como lo prueba el hecho de que la balanza comercial continúa arrojando fuertes superávit, y como queda en evidencia a través de la sobreoferta de dólares en el mercado. Sin embargo, cabe notar que el saldo a favor del primer trimestre de este año (2.100 millones de dólares) fue un 42 por ciento inferior al de igual período de 2009 (3.600 millones), como consecuencia de que las importaciones (32 por ciento) subieron mucho más que las exportaciones (10 por ciento). Esto último aparece como la única motivación del torpe intento del inefable Guillermo Moreno para trabar la importación de alimentos, una medida que ningún fabricante local había reclamado.

Por supuesto que la competitividad de una economía no sólo está determinada por el tipo de cambio. Tanto o más importa su productividad y el tipo de ventajas comparativas que el país sepa construir. En Caída libre, Stiglitz señala: “Una ventaja comparativa de un país puede cambiar; lo que importa es tener una ventaja comparativa dinámica. Los países asiáticos lo han comprendido. Hace cuarenta años, la ventaja comparativa de Corea no era producir chips o coches, sino arroz. Su gobierno decidió invertir en educación y en tecnología para transformar su ventaja comparativa y aumentar el nivel de vida de la población. Y lo consiguió; y al hacerlo, transformó su sociedad y su economía. La experiencia de Corea y de otros países que han tenido éxito debería ser una lección y un acicate para Estados Unidos”. Ni que hablar para la Argentina.

Crecimiento Mágico

martes, 11 de mayo de 2010

Por Agustín A. Monteverde

Desde mediados de 2009, economistas, departamentos de research y periodistas de todo el mundo proclamaron a coro que el mundo volvía a la senda de crecimiento. El canto de sirenas prefirió ignorar las condiciones estructurales que llevaron a la crisis iniciada a fines de julio de 2007, con la primera y brusca caída de los mercados bursátiles del mundo entero.


La tónica obligada fue el optimismo, aunque éste careciera de mayores fundamentos. Así lo dictan las necesidades de los negocios. No hay que tirar pálidas. Se optó por disimular los graves desequilibrios estructurales, cargar la responsabilidad de las penurias a los aspectos accesorios y más anecdóticos y mostrar la recuperación superficial de los mercados como la prueba irrefutable de que todo quedó atrás.

Bajo esta cosmovisión, la economía “está sana” cuando los mercados son alcistas. Toda distorsión o desequilibrio serán ignorados mientras no signifiquen un deslizamiento en los mercados. Lo que importa es el crecimiento, aunque éste tenga pies de barro.

Convencimiento 
No hay razones para que los mercados deban ser permanentemente alcistas pero se ha instalado la fantasía del crecimiento mágico y eterno. La gente ha sido convencida de que se puede vivir de rentas administrando con astucia una modesta cartera financiera. No se quiere reconocer que los valores pueden subir impulsados por distorsiones que tarde o temprano pasarán su factura; ni que cuando son todos los valores los que suben esto puede estar reflejando inflación antes que crecimiento.

Cuando los problemas afloran , el establishment del crecimiento continuo se dedica a identificar con premura un par de factores, que aunque secundarios y circunstanciales, permitan descargar las culpas y asegurar que el problema es marginal o que está limitado a un cierto mercado o geografía.

Fue así que primero la culpa era de los créditos subprime, luego del negocio hipotecario americano; como las cosas seguían mal, la responsabilidad pasó a los bancos y a los productos estructurados; con la extensión de la crisis, se incorporó al mercado inmobiliario europeo, luego siguieron con los CDS. Y ahora son los griegos. Que pueden contagiar a sus socios.

Como si el resto no estuviera ya infectado. Se elude la visión sistémica que permita reconocer los vicios estructurales sustantivos pues eso implicaría cambios indeseables en la política monetaria y fiscal de los países y admitir correcciones adicionales a la baja.
Otra tendencia histórica ha sido el aumento del gasto gubernamental, tan mayúsculo que el incremento voraz de los impuestos y el emisionismo resultaron insuficientes para sostenerlo. Los déficit presupuestarios son un fenómeno a escala planetaria. Aún la austera Alemania cerrará el año con un rojo fiscal de 5,5 % del PBI.

Tenemos entonces la otra característica estructural de la economía mundial: el creciente endeudamiento de los estados. Hoy la atención está centrada en Europa pero no es mejor la situación de Japón, con una deuda que duplica su PBI, o EEUU, que ha debido recurrir a la Fed para colocar sus Tbonds, considerados hasta hace poco el activo menos riesgoso del mundo.

Pero también las familias fueron estimuladas a tomar riesgos al amparo de la fantasía del crecimiento perpetuo, lo que ha llevado a un feroz endeudamiento privado, como es el caso de España —nada menos que 900 mil millones de euros— o el de EEUU —donde se cuenta por trillones.

Un desequilibrio más reciente es el imparable déficit comercial estadounidense —de la mano del endeudamiento de los hogares— cuya contraparte es el crecimiento chino.

Anecdótico

Ya pasó con los desarrollos financieros de los años 20. El sistema bancario ha sido responsable de una enorme creación secundaria de dinero pero el multiplicador seguirá existiendo mientras haya una banca comercial en funcionamiento.

Nada puede mantenerse en eterno desequilibrio. El crecimiento en base a inflación acaba colapsando. El endeudamiento se hace insustentable. Un déficit comercial persistente, como el estadounidense, provocará tarde o temprano una reacomodación de las monedas o el cierre del mercado.

Si China sigue refrenando la revaluación del yuan, lo que no concede en el plano nominal ocurrirá de todas formas en el real por vía de la inflación. La economía siempre se reequilibra, aunque no en un solo acto sino que el reacomodamiento es un proceso. Y Grecia es tan sólo un capítulo del vasto ajuste que comenzó en 2007. Defaults soberanos y desvalorización de monedas a escala planetaria, otros por venir.

Ninguno de los desvíos estructurales fue corregido. ¿Por qué entonces se insiste tanto con esa suerte de “crónica oficial”, según la cual la economía “ya sanó” con cada paquete de rescate? Cuanto más se demore el ajuste, más traumático será.

Sin embargo, los líderes mundiales parecen permanecer ajenos a la borrasca en ciernes. El señor Obama está muy preocupado en gastar más con su nuevo plan de salud universal. El gobierno español se resiste a ponerse en caja.

Desde estas latitudes, Cristina Kirchner enseña a los líderes griegos que no hay que ajustar, siempre se puede encontrar alguna caja para seguir gastando. Es tan lindo. Pero va siendo hora de despertar, no sea que el sueño se transforme en pesadilla.

Melconian: “Este año la gente va a ahorrar en dólares”

miércoles, 14 de abril de 2010

Por Jorge Sosa 
Carlos Melconian aclara antes que nada que no ve una crisis por delante, tampoco un giro en la política económica. “La Argentina está flotando”, dice, porque entiende que el actual modelo quedó agotado y, a la vez, Néstor Kirchner cree que este escenario es manejable para la última etapa del gobierno de Cristina.


En ese contexto, el economista pronosticó que durante este año “la gente ahorrará en dólares seguramente”, frente al escenario combinado de un tipo de cambio estable, una inflación que podría rondar el 25% anual, y tasas del 9%. “No estoy diciendo que va a haber una corrida, tampoco crisis, pero a la hora de decidir qué hacer con la plata, muchos van a preferir dólares”, evaluó.

Melconian, titular de M&S Consultores, habló esta mañana en el ciclo de conferencias organizado por el IAE Business School -la escuela de Dirección y Negocios de la Universidad Austral- en el predio de La Rural.

Ante los ejecutivos, el economista describió que funciona actualmente un modelo económico “simple”: “superávit comercial generado por el ‘ángel de la guarda’ de la soja, del cual la mitad es comprado por el Banco Central, y se mantiene un crecimiento de 4% con inflación”.

En ese esquema, para Melconian los temas que hoy importan para ese modelo como “clave” son la evolución del dólar en el mundo, la situación del real en Brasil y el precio de los commodities. “Si Estados Unidos se recupera fuerte o se recupera el real, entonces eso se puede mover la estantería”, ejemplificó. Sostuvo, en cambio, que temas como el mercado inmobiliario en Estados Unidos, las reformas de Obama y el “boom” de inversión directa que está llegando a los países emergentes no tienen efecto directo para el escenario actual de la Argentina. “Acá estamos en otro canal”, resumió con tono crítico.

Señaló como tema preocupante -junto a la inflación- el nivel de gasto fiscal, y remarcó que en este contexto, con una suba de 36% en febrero, “el gasto es inbajable”. Reveló que con las actuales cifras el Gobierno se verá obligado a emitir pesos por un total de 70.000 millones para afrontar los compromisos, y que eso puede generar un fuerte impacto negativo para la economía.

“En ese contexto, la vuelta al mercado internacional de crédito (que se podría dar luego de la operación de canje de deuda), para obtener -por ejemplo- unos 2.000 millones de dólares, sería sólo “como arreglar una carie”.

Melconian insistió en que de aquí al 2011, Kirchner -como jefe político del Gobierno- buscará mantener la “demanda caliente” en la economía, aún con el riesgo inflacionario, asegurándose el pago de la deuda y manteniendo el tipo de cambio “anclado” en los rangos actuales, como medida necesaria también para amortiguar la suba de precios.

A mayor emisión, mayor inflación

martes, 9 de marzo de 2010

Por Federico Sturzenegger

En los últimos meses el BCRA ha estado en la mira de todos los argentinos; que reservas sí, que reservas no. Pero el tumulto ha opacado un debate necesario y aún más importante: el rol del BCRA en la aceleración del proceso inflacionario.

Para comenzar, vale la pena un poco de perspectiva. Entre 1970 y 2002 la cantidad de dinero en circulación, aunque usted no lo crea, aumentó 326.000 millones de veces. Durante el mismo período los precios aumentaron 312.000 millones de veces. No es una relación perfecta, como se ve, pero sí bastante sugerente.

Los economistas son muchas veces criticados, sobre todo cuando la economía no marcha en la dirección correcta, pero hay que reconocer que si de algo saben es sobre cómo controlar la inflación. Es por ello que de 182 países en el mundo sólo 20 tienen una inflación de dos dígitos (y mejor ni enumerarlos), prueba contundente de que el fenómeno inflacionario es un hecho bien entendido y bien controlable.

Sabemos también que el centro de la solución reside en un Banco Central que maneja los agregados monetarios de manera inteligente y que actúa con independencia de los poderes centrales. No por nada, en el debate sobre la inflación en Europa o en los EE. UU. el foco está en el Banco Central Europeo y en la Reserva Federal. Se podrá hablar de defaults, crisis financieras, déficits y recesiones, pero cuando de inflación se trata, se mira únicamente lo que hacen los bancos centrales.

Más allá de esta obviedad de la realidad internacional, parecemos vivir con una suerte de amnesia con respecto a nuestra propia historia y de lo que ha ocurrido en los mismísimos años de la "presidencia matrimonial". Lo de la historia lo digo por los números con los que comienzo esta nota.

Pero durante la gestión del matrimonio, también la evidencia es clara respecto de la relación entre emisión e inflación. La primera etapa de la política monetaria pos convertibilidad se remonta al 2003 (cuando se tranquiliza el mercado cambiario luego de la crisis de 2002 y el Central comienza a monetizar el superávit comercial) e implicó una expansión de los agregados monetarios muy fuerte: 35% en 2004, 25% en 2005, 19% en 2006 y 26% en 2007.

La inflación, con un pequeño rezago, fue creciendo en respuesta a esta expansión. Fue de 12% en 2005, 11% en 2006 y 22% en 2007. El pico se alcanzó en marzo del 2008 donde la inflación anualizada ya alcanzaba un 46%.

Fue de hecho, a mi entender, el aumento en la inflación lo que plegó a los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires a las protestas del campo. Y todo esto a pesar de los controles de precios y la manipulación de las estadísticas, que, por supuesto, en nada afectaron la marcha de los precios. Más aún, a medida que la inflación crecía, la situación tendía a complicarse ya que el proceso por sí solo se desestabiliza.

Es que traspasado un umbral de inflación, la gente empieza a huir de la moneda local, y en ese intento de salirse del peso genera un impulso adicional a la inflación. La situación se revierte radicalmente en el lapso que va desde el conflicto con el campo en marzo del 2008 hasta septiembre del 2009, período durante el cual la 125, la estatización del régimen jubilatorio y la crisis financiera internacional derivaron en una salida de capitales de 37.300 millones de dólares. Durante esta segunda fase, los agregados monetarios se estabilizaron rápidamente (ya en mayo del 2008) y luego se mantuvieron casi constantes hasta fines de septiembre del 2009. Y . ¡sorpresa! la inflación comenzó una consistente trayectoria descendente.

Para junio del 2009 la inflación anualizada había colapsado al 7,4%. Llegamos así a la tercera etapa de la política monetaria durante las presidencias de los Kirchner; quizás la más inexplicable y costosa. En octubre del 2009, ante una incipiente reversión en el flujo de capitales, el Banco Central volvió a una fase expansiva. Este es un giro difícil de explicar considerando las perspectivas de recuperación económica que ya teníamos para el 2010. Con una economía en recuperación e inflación en baja, ¿qué necesidad había de realimentar el fuego inflacionario?

Para principios de enero, cuando se desata la crisis del Banco Central, la cantidad de dinero había crecido, en tan sólo 3 meses, un 15,3%. La diferencia es que, con una economía que había entrado en la inercia inflacionaria de los últimos años, los acomodamientos son rápidos y los precios se dispararon. En enero la inflación anualizada ya se ubicaba según las estimaciones privadas en valores del 31,4%.

Pretender argumentar que no hay relación entre la política monetaria y la evolución de los precios, es simplemente errado. A mayor emisión, mayor inflación. Todos comparten el objetivo de crecimiento y desarrollo de la Argentina, pero en realidad este objetivo es incompatible con la alta inflación. La experiencia de la mayoría de los países es un silencioso testigo de esto.

Cuando a nosotros nos va mal, al Gobierno le va bien

miércoles, 24 de febrero de 2010

Por Agustín A. Monteverde

El título puede sugerir que nos ocuparemos aquí de una serie de particularidades especialmente dañinas del modelo económico K, como su necesidad siempre creciente de gasto o el hecho de que cada punto de inflación que se esconde se refleja en una sobreestimación de la actividad. O que, al subestimar la inflación, defaulteamos de hecho a los tenedores de deuda nominada en pesos mientras pagamos de más por los cupones ajustables en base a un PBI inflado; o que el congelamiento de precios ahuyenta inversiones y desalienta la oferta de energía mientras la demanda crece sin pausa, agravando la situación de escasez.


Sin embargo, aquí quiero llamar la atención sobre ciertas cuestiones algo sutiles, en las que no han reparado hasta hoy los análisis. Apunto a llamar la atención sobre algunos ingeniosos dispositivos introducidos recientemente en la estrategia de financiamiento del kirchnerismo. Dispositivos que -por su misma arquitectura o diseño- permiten que, cuando a nosotros nos va mal, al Gobierno le vaya bien. O, con más precisión, que éste pueda en alguna medida beneficiarse de un deterioro de la condición de vida de los habitantes.

Todos sabemos -es un dato- que las reservas monetarias, las ganancias del Banco Central y el Fondo de Sustentabilidad de la ANSES se han convertido en tres fuentes de recursos clave para un Gobierno que ha hecho del gasto clientelar el eje de su poder. Pero hasta el momento nada se ha dicho de las trampas y paradojas que les son inherentes. Veamos.

Para apropiarse de las reservas internacionales, el Gobierno recurre al artilugio de inventar el falaz concepto de reservas «de libre disponibilidad» o «excedentes», aceptable exclusivamente en un régimen de convertibilidad. De esta forma, se convierten en recursos apropiables libremente por el Tesoro aquellas reservas que excedan a la base monetaria, valuada al tipo de cambio vigente.

Más allá de que, en un sistema de flotación, todas las reservas deben respaldar al circulante, esta innovación acarrea una paradoja perversa: cuanto más se devalúe nuestra moneda, de más divisas dispondrá el Gobierno sobre las cuales echar mano. Una devaluación del 30% liberaría unos u$s 24.000 millones de las reservas, más que suficientes para asegurarle a Kirchner el acompañamiento de gobernadores, intendentes, sindicatos, ONG y empresarios socios hasta 2011.

Ardid ingenioso

Las supuestas ganancias del Banco Central constituyen otro ingenioso ardid para tomar fondos de la entidad encubiertos como dividendos, por encima de los expresos límites a los adelantos transitorios que fija su ley orgánica. Se trata de ganancias exclusivamente contables, no realizadas, que provienen de la diferencia de valuación de los activos del BCRA -reservas monetarias y bonos- y que sólo serían realizables si se liquidasen todos esos activos. Y remarco: deberían venderse en su totalidad, y no una parte, para percibir o realizar esa utilidad.

Cuanto mayor la devaluación que sufra el peso, mayor será pues la ganancia por revaluación del oro y las divisas que componen las reservas monetarias.

Se trata, en definitiva, de ganancias de capital. A ningún jefe de familia se le ocurriría «distribuir» entre sus hijos la «ganancia» por una revaluación del departamento en que viven. Básicamente, porque no tendría líquida esa suma para entregarles. Para eso habría que vender primero el departamento y descapitalizarse, teniendo luego que vivir en uno más chico. Ésa es la clase de «ganancia» que les gira el Banco Central a las sedientas arcas oficiales.

Claro que en su caso si no dispone de liquidez la puede «crear», emitiendo los medios de pago a tal fin. Es obvio que no es riqueza lo que se genera de esta forma; tan sólo se está fabricando inflación. Lo alarmante es que el giro de dividendos podría significar este año una exorbitante emisión, superior a la cuarta parte del dinero que hoy circula.

Tenemos por último la apropiación de supuestas utilidades -nuevamente ganancias de capital- que genera el Fondo de Garantía y Sustentabilidad de la ANSES. Más allá de lo impropio de considerar a ese fondo como si fuera una sociedad comercial en la que el Gobierno es accionista, esta práctica implica una descapitalización de la caja que deberá sostener a los futuros jubilados.

Y, nuevamente, lo más grave es que las ganancias contables del FGS se acrecientan cuando el peso se devalúa -por los bonos en dólares que tiene en cartera- y cuando la inflación trepa, al incrementarse el ajuste de los bonos en pesos indexados por el CER (y que algún día deberá paga otro Gobierno).

Tenemos pues que la desvalorización de la moneda nacional favorece al Gobierno al permitirle echar mano de más recursos, sea ampliando la porción de reservas supuestamente excedentes en condiciones de transferir al Tesoro, sea incrementando las ganancias por apreciación de las reservas de oro y divisas del BCRA o fuere aumentando el valor de la cartera administrada por la ANSES.

La suba del tipo de cambio, además de colaborar con el marketing productivista, le allega a la Casa Rosada los recursos tan ansiados para mantener el festival de gasto.

Esa inflación en alza que tanto nos preocupa puede no ser tan mala noticia para el Gobierno: no solamente le permitirá licuar el gasto salarial y previsional, también lo proveerá de mayores «ganancias» a extraer del fondo para los jubilados. El Tesoro será el receptor por excelencia de los fondos emitidos.

Una sensación amarga nos invade. Las mismas pesadillas que quitan el sueño a los ciudadanos comunes podrían constituir «soluciones» para quienes nos gobiernan.