La democracia reciente no registra un liderazgo mas tóxico que el actual

sábado, 6 de marzo de 2010

Por Ari Paluch

El maravilloso compendio de sabiduría oriental que contiene la “Simpleza del Tao” asegura que cuando se pierde la humildad de vista, el camino es la niebla y caminar es hacerlo a ninguna parte.

El Tao nos recuerda que la humildad no es ni virtud ni defecto, la humildad es simplemente todo lo que tenemos. Siguiendo ese razonamiento, si la humildad es todo lo que tenemos, podríamos concluir que la soberbia es todo lo que carecemos. Una vez más llegamos a la conclusión, según la cual nuestro país está como está, más allá de todo su potencial, ya que lo que carecemos (concepto de escasez) prevalece sobre lo que poseemos (concepto de abundancia).


El ego es el gran separador entre lo que una persona vino a ser -su potencial- y lo que termina siendo -su realidad-. La distancia entre lo que somos como Nación y lo que podríamos ser, es tan grande como nuestro ego colectivo.

Nuestra historia es generosa en situaciones de liderazgo egoico, pero la democracia reciente no registra un liderazgo mas tóxico que el actual, con decisiones siempre apuntadas no a la “profundización del modelo” sino a la del conflicto, la fractura y la crispación, que empiezan a aparecer como el verdadero modelo.

La secuencia es cada vez más previsible, quien debe gobernar fuerza situaciones que generan lógicas reacciones de quienes se ven burlados y provocados, sin embargo el provocador se victimiza y en su media verdad se queja de la reacción, pero nunca da cuenta de la acción que origino la respuesta.

Es así, como una y otra vez pretende tener razón a un precio cada vez más alto y con consecuencias cada vez más dolorosas para los ciudadanos. El necio lejos de rendirse ante la evidencia y cambiar la receta insiste en su error. La mayoría de las personas modifica su comportamiento al borde del precipicio, otros concientes de que llegaron ahí por su propia decisión persisten en su tozudez.

El Gobierno confunde capricho con convicción. El primero es funcional a la apetencia personal, el segundo al bienestar común. No hay peor adversario o, en términos de la política actual, peor enemigo que aquel que en el fondo desea aquello que en realidad debería temer.

El fundamentalismo ideológico al igual que el religioso es un disfraz del ego, una sobreactuación donde el tema que genera la controversia pasa a ser secundario y lo importante termina siendo acabar con el desasosiego espiritual que lleva al conflicto permanente y no a la búsqueda de la verdad.

El poderoso que no supo retener el poder precisamente por su ambición desmesurada debe atenerse a las consecuencias de su accionar, es su ceguera la que le hace desconocer que lo ha perdido. No le ha sido quitado, sino que fue su propio comportamiento el que se lo ha birlado. En esa lógica diagnostica “Intentos de destitución evidentes”, y no los intentos de autodestitución alevosos a los que lo lleva su conducta temeraria, en donde parece que lo denunciado es lo deseado, donde el vaticinio es el anhelo y el final propiciado la “profecía autocumplida”.

La actual situación Argentina imita a la perfección a un laberinto que con mucha picardía le ofrece el Gobierno a la oposición, que se siente muy incomoda en ese lugar formado por calles y encrucijadas internas de trazado complejo destinado a confundir a quien se anime a adentrarse. Es ahí donde aparece el dilema de quienes quieren poner limites al avasallamiento de quien no es afecto al cumplimiento de las normas. Dice querer limitarlo, aunque en realidad desea suprimirlo.

A diferencia de aquellos laberintos de los que sólo se podía salir por arriba, la oposición sabe que la democracia Argentina no puede ser salteada y en general intenta oponer resistencia, pero no causar roturas. Es esta crisis institucional compleja y de difícil resolución.

Muchos años atrás, el “Tao de los líderes” enseñaba que no hay sustituto a como ocurren las cosas y para actuar en consecuencias, y aseguraba, que, el que todo se aquiete o no depende de este principio. Nuestro país no escapa a la regla, si empezamos por admitir como sucedieron los hechos y que los sucesos forman parte de un proceso, el conocimiento resucitará y la verdad dejará de ser la primera víctima de este conflicto.

El escritor uruguayo Walter Dresel dice en su libro, “Yo te manipulo, y tu ¿qué haces?”, que los manipuladores son perfectos y todo lo hacen en nombre del bienestar de los demás, sin preguntarles si están de acuerdo.

Esa pérdida de la visión panorámica del entorno los lleva al aislamiento...., pero a la vez se quejan de ese aislamiento y claman porque nadie los entiende, mientras continúan con su cerco constante reclamando y exigiendo cada vez más cosas para afirmar su poder y para demostrarse que tienen razón y que solamente ellos son los dueños de la verdad.

Ojalá que la luz pueda iluminarnos en medio de las penumbras.

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