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Los logros (y fracasos) externos, reflejan opciones, cultura y capacidades internas

sábado, 3 de abril de 2010

Por Eduardo Amadeo

El 2 de Abril puede ser una ocasión de nostalgia, culpabilidad o paranoia, todos sentimientos inútiles y paralizantes; o una reflexión sobre estrategias, relevancia y alianzas, cuestiones más útiles al tiempo de encarar lo que hasta ahora ha sido una continua frustración.


Esa insatisfacción que sentimos con el tema Malvinas, no es muy diferente de la que tenemos con otras cuestiones políticas y económicas, que no terminan de resolverse, o peor aún, avanzan y retroceden en cada cambio de administración. Y es que -si bien parece obvio decirlo- aunque se ocupe primordialmente del “exterior”, la diplomacia no es un ámbito de la política independiente del hacer integral del país. Los logros (y fracasos) externos, reflejan opciones, cultura y capacidades internas.

Desde 1982, Argentina ha mantenido dos principios incólumes: la vía diplomática y la protesta permanente. Pero ello no ha alcanzado para desincentivar al Reino Unido a tomar decisiones como la que hoy nos preocupa ni para que nos convirtamos, siquiera, en una molestia a su estrategia diplomática global. Y estas debilidades se han acentuado en la medida en que nuestro país ha perdido la previsibilidad y estructura de alianzas que le permitan sostener la presión que es esencial al logro de resultados importantes.

Una nueva estrategia requiere entonces actuar sobre diversos frentes con una perspectiva compleja, en la que se usen las múltiples herramientas de la diplomacia. Para ello, resulta esencial entender que Malvinas no es sólo Malvinas, y que debe entenderse como un componente (o un objetivo) de una dimensión mayor, a la que podríamos resumir como nuestra ubicación en el mundo.

Malvinas es parte de nuestra actitud y acción hacia el Atlántico Sur y la Antártida; una región que se muestra cada día como de mayor valor estratégico y que debe aumentar su peso en la política exterior argentina.

Potenciar nuestro Atlántico Sur es una decisión compleja. Significa ampliar la acción y los resultados en los ámbitos multilaterales que se ocupan de la pesca y en general de los recursos naturales. Significa asegurar que nuestros buques naveguen todo el año (y no 10 días por campaña). Significa que nuestros aviones puedan patrullar constantemente y que buques y aviones realicen ejercicios conjuntos con los países que nos interesen. Significa construir alianzas con otros países costeros. Significa aumentar mucho nuestra actividad en la Antártida.

Una Argentina activa en los espacios multilaterales relacionados con el Atlántico Sur, puede llevar las cuestiones que allí se discuten a los foros regionales y, de tal manera, ser un portavoz regional, aumentando su acción en el resto del mundo.

Malvinas es también nuestra presencia en espacios diplomáticos y regionales que sean de interés para el Reino Unido, de modo que le resulte mucho más caro tomar decisiones agresivas hacia la Argentina, en la medida que sepan que en lugar de lograr apoyos esporádicos en momentos críticos, las voces amigas se harán sentir cotidianamente como parte de un plan bien programado y ejecutado que incluya represalias diplomáticas concretas.

Malvinas es una estrategia inteligente de exploración y explotación petrolera en la plataforma continental, para que los potenciales contratistas evalúen el costo de perder un cliente importante.

Malvinas es una acción diplomática constante con nuestros amigos de la Unión Europea, para que no se repita lo sucedido en Lisboa, cuando las “Falkland Islands”, se incorporaron al mapa de la Unión Europea.

Malvinas es un presupuesto que permita sostener acciones de “soft power” en los medios de todo el mundo, mejorando la imagen argentina en general, convenciendo al público británico de la necesidad de un acuerdo de mutuo beneficio, y no dejando escapar oportunidades para recordar al mundo el estatus colonial de las islas.

Malvinas es insistir con la estrategia de acercamiento a los Isleños que propusiera el Canciller Guido Di Tella.

Finalmente, Malvinas es tener cubiertas todas las Embajadas importantes; ser un país confiable en sus decisiones internacionales; dialogar, escuchar, recibir Presidentes extranjeros. O sea, Diplomacia.

Nada es imposible. Ninguna opción debe cerrarse de antemano, salvo la guerra. Si sostenemos una estrategia compleja como política de Estado, tal vez algún día no lejano podamos pasar de la frustración a los logros.

La inercia lleva cada vez más hacia la autodeterminación de las Islas Malvinas

Por Ricardo Kirschbaum

Cristina Kirchner ha denunciado algo que es tan viejo como las Naciones Unidas. Ha dicho que en esa organización hay un doble estándar: hay quienes deben cumplir sus resoluciones, como la Argentina, y otros, como Gran Bretaña, que hacen lo imposible para no acatarlas.


Y que es en el Consejo de Seguridad de la ONU el lugar en que esos trapicheos tienen éxito. No es una novedad que Londres tiene derecho a veto, como Rusia, China, Francia y Estados Unidos. Las Naciones Unidas son la resultante del final de la Segunda Guerra. Desde entonces, hay países de primera (con veto) y de segunda, todos los otros.

No ha sido lo único que dijo la Presidenta sobre Malvinas, a 28 años del desembarco militar que desembocó en una guerra que ganaron los británicos. También calificó de "ridículas" las versiones sobre acciones militares argentinas sobre las islas.

La contracara fue la Asamblea Legislativa de los isleños. ¿Qué dijeron? Algo que tampoco es nuevo pero que sigue avanzando sin prisa pero sin pausa: la autodeterminación. Veamos la declaración: las islas son un "territorio de ultramar del Reino Unido, autogobernado, con el derecho inalienable de determinar su propio futuro". Y también dice que es "nuestro deseo" llamar a los vecinos (Argentina, Brasil, Uruguay y Chile) del Atlántico Sur a una "cooperación pacífica para que no se repita la tragedia de 1982".

Nada es improvisado. Ni la reprimenda oficial a la ONU, cuyo gobierno refleja un mundo que ya fue, ni la insistencia de los deseos (y no de los intereses) de los isleños por autodeterminarse.

Es muy complejo decidir qué hacer –la cooperación puede ayudar a la mayor autonomía de las islas y la acción militar ha sido enterrada para siempre– pero la realidad es que la inercia lleva cada vez más hacia la autodeterminación de las islas.

La Política de Mala Fe

lunes, 1 de marzo de 2010

Por Agustino Fontevecchia

Una de las características más molestas del discurso kirchnerista, especialidad de Cristina Fernández, es la de hablar ambiguamente, sin terminar de explicitar lo que quiere decir. Como Vladimir (Didi) y Estragón (Gogo) en la célebre obra de Samuel Beckett Esperando a Godot, llenan el espacio de palabras para no decir nada.


Ésta no es una marca exclusiva del discurso kirchnerista, sino una condición de la política de mala fe. Ya que cualquier debate necesita de dos posiciones, las palabras vacías constituyen una forma de argumentación falaz en la cual los argumentos del contrincante son ninguneados. Al no referirse a lo que dice el otro, uno evita responder y no hace más que acumular palabras para tratar de “ganar”, mientras que la real función del debate es la de lógicamente llegar a las verdaderas conclusiones.

El que discute con honestidad debe darle el beneficio de la duda a los argumentos del contrincante y derrotarlos con lógica, reconociendo los puntos válidos y así modificar su posición para incluirlos si fuera necesario.

Me extraña que en el debate del tema Malvinas, revitalizado por el comienzo de actividades de exploración de la plataforma Ocean Guardian en las inmediaciones de las islas, ninguna de las dos posiciones, ni la argentina y ni la inglesa, hayan sido formuladas coherentemente y con la honestidad intelectual que un tema de tal transcendencia merece. No quiero decir que nuestros argumentos no estén sobre la mesa, ya que tantos años de discusión han llevado a que casi todo esté dicho, pero me parece que debería haber una formulación correcta por parte del Ejecutivo, respondiendo a la totalidad de la cuestión y no a puntos individuales.

El capítulo XI de la Carta de las Naciones Unidas es el texto relevante a esta cuestión. Por un lado, reconoce el derecho al desarrollo social y económico de los habitantes de los territorios “no autónomos”, en un marco de paz y seguridad internacional. Por el otro, este desarrollo “deberá fundarse en el principio general de la buena vecindad, teniendo debidamente en cuenta los intereses y el bienestar del resto del mundo en cuestiones de carácter social, económico y comercial”.

En el caso puntual de las Malvinas, la Carta de las Naciones Unidas no daría validez absoluta a ninguna de las dos posiciones, ya que responde a los intereses de los Falklanders (quienes gozan de mayores posibilidades de desarrollo económico siendo ingleses, admitámoslo) y a los nuestros (ya que el “principio de buena vecindad” requiere tener en cuenta los intereses del “resto del mundo”, o sea, nuestros intereses sociales, léase soberanía sobre nuestro territorio nacional, y económicos, el posible beneficio económico que los recursos naturales ofrecería a la Argentina).

La posición británica se puede corroborar en los comunicados de prensa del Foreign & Commonwealth Office y en los dichos de su titular, Lord David Miliband. Reiteran que no existe disputa en relación a la soberanía de las islas Malvinas, ya que la Carta de las Naciones Unidas otorga el derecho a la autodeterminación a los habitantes de territorios “no autónomos”. Esto implica que como son los mismos isleños quienes otorgaron las licencias de explotación de hidrocarburos, es un hecho legal.

El discurso de Cristina en la Cumbre de Cancún delinea la posición argentina. Dice la Presidenta que Gran Bretaña está violando el derecho internacional en dos puntos, al violar la soberanía del territorio nacional argentino y al promover acciones unilaterales en aguas disputadas (promoviendo la explotación de hidrocarburos).

Ambos lados pecan de imprudentes al no reconocer los puntos válidos del otro. Cada uno se refiere solamente al artículo que le conviene de la Carta de las Naciones Unidas, los británicos apelando al derecho de desarrollo económico y social de los habitantes de las Malvinas, nosotros al “principio de buena vecindad” que debería responder a los intereses del resto del mundo (lo cual implica el respeto por el territorio de un país y sus recursos naturales, y el respeto por el derecho internacional).

Si queremos avanzar en nuestro legítimo reclamo por las islas Malvinas, debemos puntualizar que nuestra posición no se basa puramente en los estatutos del derecho internacional, ya que éste es ambiguo. No es posible derivar un argumento a priori que establezca que un territorio nacional se constituye por ciertas distinciones geográficas, ya que todas son arbitrarias. Todo territorio nacional es una consecuencia de procesos socio-histórico-económicos y no de una “lógica interna” del concepto de nación.

Pero existe una enorme correlación entre geografía y administración territorial. El argumento sobre la plataforma continental argentina es complicado porque las definiciones en sí son arbitrarias. Lo que no es arbitrario es que las islas están mucho mas cerca de la Argentina que de Gran Bretaña. Lo que tampoco es arbitrario es que el colonialismo fue un método salvaje donde a través del robo las potencias europeas incrementaron sus fortunas, hundiendo en la desdicha a quienes conquistaron.

Para fortalecer nuestra posición debemos explicitar el costo económico de ceder nuestros recursos, y las posibilidades de progreso que ellos implican. Rafael Bielsa escribió un gran artículo en el que describe las posibilidades económicas de la explotación de recursos de las Malvinas para Perfil el 13 de febrero: Malvinas Argentinas, ¿petróleo kelper?”.

También debemos afrontar el tema de los kelpers, ya que llevan 177 años habitando las islas. Las Malvinas no van a poder ser argentinas si toda su población es culturalmente de origen británico y rechaza la administración argentina. Es obvio que tienen mayores posibilidades de desarrollo económico bajo soberanía inglesa, y aunque los kelpers no son responsables de su incómoda posición, están ahí y son, para nosotros, una parte más del problema. Su situación no justifica la utilización de nuestros recursos.

Si Cristina Kirchner y Taiana dejaran de lado esa forma discursiva del kirchnerismo, si dejaran de parecerse a Didi y Gogo, y preparasen una exposición coherente y completa del problema, es posible que se logre un apoyo mayor de la comunidad internacional y que el sueño de izar la bandera Argentina en las Malvinas se aleje de la utopía y se acerque a la realidad

Cristina Kirchner cree que puede amedrentar a los ingleses

lunes, 22 de febrero de 2010

Por José Brechner


Cristina Kirchner dejó de gustar hace mucho tiempo. La presidenta está entrando en la desesperación. Dos de sus secretarios renunciaron a sus puestos, el más cercano a ella, su secretario privado, por acusaciones de enriquecimiento ilícito. Ella también está siendo cuestionada junto a su marido por el mismo motivo al haber incrementado su fortuna desde que llegaron al poder en más de 500 por ciento.


La inflación y la pobreza están ensombreciendo a la Argentina anunciando el preludio de la que puede ser una gran crisis. Cuando terminen las vacaciones de verano, la gente retorne al trabajo y descubra que los precios de los productos básicos subieron tanto que no les permitirá llevar una vida decente, habrá descontento generalizado que puede devenir en eclosión social.

Cristina se apoderó de los fondos del Tesoro para pagar deudas. Advertencia de que un nuevo default también es posible.

La autoritaria mandataria considera que sus súbditos son estúpidos y hace comentarios denigrantes burlándose de su inteligencia. La K está llevando su viveza a niveles inconcebibles.

En las últimas semanas declaró que “…la carne subió debido a las lluvias”, días después agregó que deberían comer cerdo añadiendo que:”…la ingesta de cerdo mejora la actividad sexual”, y la más insólita y cristinesca respuesta de todas frente a las críticas generalizadas: “Ladran Sancho señal de que son perros”.

Insultos y menosprecio por sus compatriotas que en contraposición a su gobierno están dando un ejemplo de civilidad y contención pocas veces visto, manteniéndose consecuentes con la democracia, por más que ésta dejo de existir ya que el grupo gobernante hace literalmente lo que le da la gana.

Es la dictadura del partido, con libertad pero sin ley ni seguridad. Igual que ocurre en los demás países progresistas: Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.

La situación argentina es mala y puede volverse peor. Para desviar la atención y estimular una forzada unidad nacional, como intentó el General Leopoldo Galtieri a comienzo de los 80 cuando las dictaduras militares llegaron a su desgaste total, la presidenta está desafiando a Inglaterra, reabriendo la llaga sobre la potestad de las Islas Malvinas (Falkland Islands).

Los últimos sondeos indican que en la plataforma marítima del lugar existe petróleo y a Cristina se le está haciendo agua la boca. Emitió un decreto presidencial que dice: "Todo buque que se proponga transitar entre puertos ubicados en la Argentina continental y las Malvinas o atravesar aguas jurisdiccionales argentinas a Malvinas, o cargar mercadería entre estos puertos, tendrá que solicitar autorización previa al Gobierno argentino".

Si la presidenta piensa intimidar a los británicos y pretende que el ejército argentino --al que los extremistas de su tanda destruyeron-- salga a defenderla, puede llevarse sorpresas desagradables.

Con su país ella sabrá hasta dónde puede jugar. Los kirchneristas han hecho lo que han querido con los argentinos izando la imagen de su extinto líder, que izquierdistas, derechistas, dictadores y demócratas usan a su conveniencia. Pero si cree que puede amedrentar a los ingleses, está cometiendo su último error.

El Gobierno se encargó de darle el formato de pompa al anuncio de limitar el tránsito marítimo a las islas

miércoles, 17 de febrero de 2010

Por Eduardo van der Kooy

La analogía de este tramo del pleito por las islas Malvinas con recorridos anteriores de la misma historia resulta inevitable. El más cercano, el más trágico, remonta a la guerra que en 1982 se desató entre la Argentina y Gran Bretaña por la inopinada determinación de la dictadura militar de reconquistar el archipiélago con armas.

Aquella analogía cabría para el modo en que se ha ido incubando este capítulo de la pelea bilateral, ahora por la decisión de Gran Bretaña de iniciar la exploración de petróleo y gas en el mar que circunda a las islas. El desenlace nunca podría ser igual: no está en la voluntad ni en las posibilidades políticas de Néstor y Cristina Kirchner ni del premier inglés Gordon Brown. Tampoco el contexto internacional --otro mundo respecto del que observó e intervino en la guerra de 1982-- permitiría llegar a esa estación de locura.

Sucede, sin embargo, como sucedió en las vísperas de 1982, que tanto en la Argentina como en Gran Bretaña, existen ahora gobiernos que atraviesan enormes dificultades políticas. Y que se expondrán en un tiempo corto al juicio de las urnas. Las elecciones generales británicas serán a mitad de este año. Los Kirchner jugarán su proyecto en el 2011 pero antes deberían pasar en el peronismo el examen de las internas abiertas.

La dictadura que, entonces, comandaba el general Lepoldo Galtieri utilizó la escalada por las Malvinas para dar un golpe de timón e intentar salvar a un régimen que, política y económicamente, naufragaba. La guerra, que no esperaban, provocó su derrumbe final.

Margaret Thatcher no era en 1981-82 la consagrada líder conservadora que resultó luego. El primer año de la década del 80 había sido para ella un calvario político, derivado del famoso presupuesto de ajuste que había conseguido aprobar en el parlamento. La astucia de Thatcher radicó en exprimir hasta la última gota la desatinada decisión de la dictadura argentina. Cuando ordenó la partida hacia el Atlántico Sur de la armada británica sabía que no haría marcha atrás. Cuando se insinuó la posibilidad de una salida diplomática, en medio de la conflagración (la propuesta peruana), ordenó el hundimiento del Crucero General Belgrano y dejó casi sin margen de negociación a los jefes militares argentinos.

Vale refrescar el epílogo político en Gran Bretaña. Thatcher ganó su reelección en junio de 1983 con el 43% de los votos y amplia mayoría parlamentaria. Se convirtió en un ícono todavía no superado del conservadurismo británico.

Brown está lejos de ser Thatcher. Entre muchas razones, porque proviene del laborismo. Los laboristas pasan apremios por la crisis económica que azota, ahora, a Europa. Pero también por los reiterados escándalos de corrupción parlamentaria y cuestionamientos al propio Brown. Habrá sido por reflejo de lo que alguna vez hizo Thatcher o por sus convicciones sobre las Malvinas, lo cierto es que ya desde hace un año --con una provocativa misiva a los kelpers-- el premier británico está ocupándose sobre el conflicto de las islas.

En los próximos días llegará al mar Argentino la plataforma Ocean Guardian, de la compañía británica Desire Petroleum, que comenzará a explorar hidrocarburos al norte de las Malvinas. Esa llegada vendría acompañada con llamativos mensajes del gobierno británico. El Financial Times señaló días pasados --atribuyendo la versión al poder político-- que Brown estaría "en alerta" ante eventuales acciones del gobierno argentino.

Detrás de las palabras de Brown podría adivinarse, tal vez, el deseo de que el conflicto vuelve a cobrar una elevada intensidad. Como un recurso factible de ser mechado en una campaña electoral que los laboristas no sabrían bien, todavía, como encarar. El ejemplo de Thatcher, en una versión degradada, pareciera cundir.

Así como Thatcher se cruzó con la alocada impronta de la dictadura, Brown pareciera tener delante a una pareja presidencial, los Kirchner, que también intentan perdurar en el poder pero que, como el premier inglés --o más, quizás-- han perdido el favor de la sociedad, que supieron tener luego de la crisis del 2001. El Gobierno se encargó ayer de darle el formato de pompa al anuncio de limitar el tránsito marítimo a las islas. Puso en escena primero a Aníbal Fernández, el jefe de Gabinete y luego a la propia Presidenta.

Ese anuncio no podría ponerse en discusión porque intenta preservar el eterno reclamo de soberanía de la Argentina sobre las Malvinas. Lo que sí podría discutirse es la forma general que los Kirchner conciben las relaciones internacionales. La entienden casi como compartimentos estancos.

Veamos. Alentaron por años el vínculo con España creyendo que así podrían abrirse otras puertas principales con Europa. Como eso no ocurrió --por responsabilidad de la Argentina-- aquella relación estaría ahora al garete . Los Kirchner y su diplomacia reivindicaron en organismos internacionales la soberanía de Malvinas. Pero se desatendió al colmo el trabajo bilateral. Tanto que desde hace años la sede diplomática en Londres carece de embajador. Está manejada por el encargado de negocios.

Quizás los Kirchner supongan que esta trepada del pleito de Malvinas le pueda ayudar a galvanizar la simpatía de alguna franja de la sociedad que está desencantada con su Gobierno. Y que asiste a diario a su debilitamiento político.

Castiga el rebrote de la inflación. La corrupción, como un tema de la agenda cotidiana. Las dificultades de gestión a partir de una oposición fragmentada, que se une sólo para enfrentar al matrimonio. La diáspora que se sigue registrando silenciosamente en el PJ.

Si los Kirchner intentaran ocultar esa realidad con este pleito de Malvinas, estarían incurriendo en un gesto tan desesperado como vano.