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Los crujidos que se escuchan dentro del kirchnerismo

domingo, 28 de marzo de 2010

Por Nelson Castro


Estamos asistiendo al fracaso de la política. Ni el oficialismo ni la oposición se manejan de forma responsable. El estilo confrontativo del Gobierno lleva al fracaso de la política de acuerdos que, por otra parte, es la que se está dando en la mayoría de los países democráticos.

Sobrevuela la idea de que los conflictos políticos crecientes se van a dilucidar en la Corte. Este es un error, ya que, salvo situaciones excepcionales, la Corte no está para dirimir esas cuestiones.

En este contexto de enfrentamiento entre el Gobierno y la Justicia hay que recordar que los jueces están para impartir justicia.

La Corte se dispone a producir un fallo importante sobre el espinoso tema de los decretos de necesidad y urgencia. La idea sobre la que hay acuerdo entre los miembros del alto tribunal es la de producir un fallo que establezca una limitación al uso de esta herramienta legal.

El concepto sobre el que va a girar el veredicto habrá de establecer que para que un decreto de necesidad y urgencia sea válido deberá ser aprobado por las dos cámaras del Congreso a través de una ley. Una idea que se está debatiendo es la de decretar la caducidad de todos los decretos de necesidad urgencia dictados con anterioridad a la creación de la Comisión Bicameral de Seguimiento de los DNU.

Las disidencias giran esencialmente alrededor de una discusión sobre los criterios de cómo definir los términos “necesidad” y “urgencia”. Dentro de la Corte hay quienes opinan que esto lo debería fijar el Congreso, luego de una serie de acuerdos políticos que hoy brillan por su ausencia.

La resolución de la Corte referida a los DNU se encamina a enmendar uno de los grandes disparates jurídicos que se han generado en estos años por el que se ha establecido que es más simple aprobar un decreto de necesidad y urgencia que una ley.

El tema de los decretos de necesidad y urgencia es una de las tantas trapisondas con las que todos los gobiernos democráticos, desde el ’83 hasta aquí, han usado a destajo, haciendo así que la necesidad y la urgencia dejara de ser algo excepcional para transformarse en algo normal.

Es cierto que el gobierno que menos DNU emitió es el de Cristina Fernández de Kirchner. Lo cuestionable de su conducta es que, en el caso del uso de reservas del Banco Central para pagar deuda, no había ni necesidad ni urgencia, como bien lo señalaron varios de los fallos judiciales que le fueron adversos.

A este asunto del canje de deuda se le ha agregado otro que desvela al Gobierno: es la rebelión en ciernes que se ha generado dentro del mismo oficialismo con el tema de la modificación del impuesto al cheque.

La reunión del sábado pasado de la Presidenta con sus legisladores fue un alerta. La ausencia de diez de ellos operó como una muestra más de los crujidos que se escuchan dentro del kirchnerismo.

Son producto de la compleja realidad que se vive en muchas provincias y que en la Babel de Olivos se pretende desconocer. “El tema no es tanto el dinero que recibiríamos de esta nueva distribución de los ingresos que se recaudan por este impuesto, sino el de asegurar que, al hacerse por ley, esto se instrumente en forma automática y no quede librado a la discrecionalidad de este o de cualquier otro gobierno”, afirma un legislador oficialista que, más allá de las presiones que está sufriendo, piensa votar a favor de la modificación de la ley del cheque.

La situación fiscal de muchas provincias es muy complicada. Esto no es novedad. Es algo que viene de lejos y que debería dar pie a un cambio profundo de la Ley de Coparticipación Federal. Sólo así se podrá dar un paso adelante serio en pos de la construcción de un país verdaderamente federal.

En este presente, la complicación agregada es la inflación. Es cierto que no es una inflación desbordada. Pero también es cierto que castiga duramente el poder adquisitivo de los más pobres que, en la Argentina, siguen siendo legión.

Es increíble que el matrimonio presidencial exponga al ridículo al ministro de Economía, Amado Boudou, prohibiéndole mencionar la palabra inflación. Y si algo faltó para hacer más patética la ponencia de Boudou, fue el mandoble que le propinó Hugo Moyano con sus declaraciones del jueves pasado, cuando dijo que “la inflación es una realidad que la palpamos todos los días cuando vamos al supermercado”. Al expresar eso, el secretario general de la CGT demostró que, más allá de su apoyo al matrimonio presidencial, la inflación le genera una presión en el frente interno imposible de disimular.

Además, uno de los efectos colaterales de este aumento de precios es el daño que produce sobre los ingresos de los sectores favorecidos por el Plan de Asignación Universal por Hijo para Protección Social creado por el Gobierno en diciembre pasado. Esta es una realidad molesta para el matrimonio presidencial.

La semana tuvo un momento de alto voltaje político durante el acto del Día de la Memoria, en el que se recordó un nuevo aniversario del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que dio paso a la nefasta y brutal dictadura que encabezó la junta militar integrada por Videla, Massera y Agosti.

Allí la Presidenta aprovechó para reflotar la idea de la confrontación, que es el sustento permanente tanto de su gestión como de la de su marido.

El Gobierno ha buscado apropiarse del tema de los derechos humanos y hay que reconocer que lo ha logrado en muchos sectores sociales que le son afines. La anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, y de los indultos, impulsada por el matrimonio presidencial, son logros innegables que merecen ser destacados.

Sin embargo, esto no da derecho a desconocer lo realizado durante el gobierno de Raúl Alfonsín con el histórico Juicio a las Juntas, cuando el poder militar todavía rugía en la Argentina. A ello le sobrevino la claudicación que significaron las leyes antes mencionadas, que consagraron la impunidad de muchos, hecho al cual mucho contribuyó el peronismo de aquel entonces, que se negó a integrar la Conadep y que reclamó al radicalismo terminar con los juicios. Esas son las cosas que el matrimonio presidencial nunca dice.

Mientras tanto las arenas de la política proselitista están muy movidas. En donde hay más actividad y temperatura es en las del justicialismo. No significa esto que no haya movimiento dentro del radicalismo, que es el otro partido que hoy palpita una interna caliente. Allí genera inquietud el futuro de Julio Cobos, quien, a pesar de seguir liderando casi todas las encuestas de imagen, presenta una caída apreciable.

En el peronismo, Eduardo Duhalde y Francisco de Narváez están a full. En el entorno de este último ha sorprendido la ruptura de Mauricio Macri. Los de Macri dicen exactamente lo mismo pero, obviamente, al revés. Quienes rodean a De Narváez aseguran que la idea de recorrer el país y reunirse con los referentes del PJ de cada una de las provincias le está dando buenos resultados. Lo de la candidatura presidencial vendrá después, comentan.

De los encuentros mantenidos el más resonante fue el que tuvo con Carlos Reutemann, quien, por estas horas, vive momentos de angustia motivados por las supuestas revelaciones que podría haber hecho su ex esposa, “Mimicha” Bobbio, en el libro de Gabriel Pandolfo Lole Position, de próxima publicación. La personalidad de Reutemann es un enigma hasta para sus partidarios más cercanos, a quienes les preocupa más eso que los movimientos de Agustín Rossi para disputarle la interna en la provincia de Santa Fe.

Así termina marzo. ¿Con qué conflicto vendrá abril?

La crisis entre poderes se acelera y los hechos adquieren la dinámica del vértigo

sábado, 13 de marzo de 2010

Por Susana Viau

La crisis entre poderes se acelera y los hechos adquieren la dinámica del vértigo. Hace una semana, el senador oficialista José Pampuro se consideraba virtualmente echado del paraíso y empujado a refugiarse en un bloque propio; poco después era readmitido en el olimpo de los Kirchner.

Un llamado del ministro de Interior, Florencio Randazzo, le había anunciado que por disposición de Néstor Kirchner quedaba relevado de las negociaciones con la oposición y en su reemplazo asumiría la tarea el jefe de la tropa K en el Senado, Miguel Pichetto.

El veto paraoficial se extendía al vicepresidente Julio Cobos, quien se limitó a esfumarse y aclarar que su rol había sido el de simple “posibilitador” de esos encuentros. Un telefonazo posterior de Aníbal Fernández suavizó el mensaje y le anunció al bonaerense que la Presidenta lo invitaba a comer, componedora y temerosa de que el enojo del médico generalista se transformara en un voto hostil a la Casa Rosada o en un movimiento migratorio que diezmara su espacio.

El presidente provisional agradeció, declinó el ofrecimiento y le hizo decir a Cristina Fernández que respecto de su pertenencia se quedara tranquila, por ahora. ¿Cuánto tiempo había mediado entre una y otra comunicación? Casi nada. Un suspiro. Apenas lo que duró la borrasca matrimonial entre la jefa de Estado y un Kirchner que pedía las cabezas del jefe de Gabinete y del ministro de Economía, Amado Boudou.

Tenía, incluso, los nombres de los sustitutos: Randazzo y la titular –en comisión– del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont. ¿Por qué había caído en desgracia el funcional Aníbal Fernández? ¿Cuál había sido el pecado que lo colocó en el índex del santacruceño? Ni más ni menos que poner a consideración de la Presidenta las órdenes que imparte su marido.


El manoseo abrió grietas en el bloque oficial. Puede que, gracias a eso, la relación entre Pampuro y Pichetto ya no vuelva a ser la misma. A Pampuro continúan sosteniéndolo como la soga al ahorcado.

En los pasillos, el senador sanjuanino César Gioja admitía el malestar del bloque y no descartaba que el político de Lanús, tarde o temprano, busque la autonomía y en esa empresa sea seguido por media docena de legisladores, asfixiados por la rienda corta a que los somete Kirchner.

Otros miembros del Frente Para la Victoria prefieren profetizar que Pampuro mantendrá “los piecitos en el plato” en el ámbito parlamentario (sobre todo luego de que Carlos Reutemann adelantara su desinterés por la competencia electoral de 2011) y empezará maniobras de despegue en su distrito, donde el intendente Darío Díaz Pérez (quizás alentado desde esferas más altas) se ha sublevado contra su influencia. Para recuperar peso territorial, el senador podría haber iniciado contactos con sus viejos camaradas del peronismo no kirchnerista.

Pichetto tampoco se engaña: paga al precio del desgaste su condición de líder de una bancada que ya no tiene seguridades. Su designación para las negociaciones fue formal, la de un mero vehículo de las directivas transmitidas por Randazzo, que regresó del ostracismo con el que expiaba la derrota del 28 de junio en el territorio que debía garantizar. Las desavenencias estallaron también en Olivos, en el domicilio conyugal donde, entre cada vez menos comensales, se cocina a diario el destino del país.

El radicalismo tampoco sale indemne de las oscilaciones parlamentarias. La pericia del flamante jefe del contingente ucerreísta de la Cámara alta, Gerardo Morales, se vio cuestionada dos veces en dos semanas consecutivas: la primera, al quedarse sin reflejos para romper la maniobra armada por Pichetto, quien dejó sin quórum al cuerpo; la segunda, cuando parte de la oposición rechazó su propuesta –consensuada con el FPV– de ofrecer tablas en la Bicameral de Seguimiento de los DNU, pero conservando la presidencia y su doble voto para la oposición.

Acostumbrados a lavar los trapos sucios en casa, los radicales cuestionan en voz baja la estrategia del jujeño. Sostienen que su pacto de solidaridad con el resto del arco opositor no les ha proporcionado más que reveses y dolores de cabeza. Del lado de sus socios anti-K la disconformidad apunta, por el contrario, al personalismo de los conductores radicales en las cámaras (Morales en el Senado y Oscar Aguad en Diputados) y a su tendencia a establecer canales bilaterales de diálogo que el kirchnerismo acepta con el único fin de ganar tiempo.

El presidente del partido, Ernesto Sanz, guarda silencio ante las críticas. De momento, su filosofía es dejar actuar a su vecino de banca, aunque no comparta los procedimientos y tenga claro que la sobreexposición de Morales lo perjudica. En la intimidad de las reuniones con distintos estamentos partidarios, Sanz ha comenzado a desmarcarse y tomar distancia de un accionar legislativo que, según sospecha, los encamina a una encrucijada.

Elisa Carrió aparece así como la única dirigente que no se ha equivocado acerca del riesgo de quedar atrapados en la telaraña gubernamental. Cierto es que para pronosticar con algo de certeza los pasos de los Kirchner basta con apostar al peor de los escenarios posibles.

Un importante cuadro del radicalismo duda de la eficacia de los métodos de Morales, pero defiende al senador: “Tiene coraje y es un hombre honrado”, afirma y agrega que “las deserciones vienen del peronismo y nos echan la culpa a nosotros”. Para el dirigente, el futuro estará hecho de situaciones sombrías. Por deducción y por información sostiene que el matrimonio presidencial acaricia la idea de responder a la pérdida de poder con el adelantamiento de las elecciones “para enero o marzo. Abril es la fecha más lejana”.

No es eso, sin embargo, lo que lo desvela: “Lo preocupante es que esta gente quiere dejar condiciones estructurales de debilidad para el que los suceda. Inflación, déficit, una maraña de subsidios. El que venga tendrá que desminar un terreno sembrado de explosivos. Quieren ser imprescindibles para el que se haga cargo en el futuro”.

El experimentado armador del alfonsinismo prevé que el próximo gobierno será de transición: “No se puede reformular en un día el modelo sindical ni desmontar la trama clientelar”, dice y agrega que el radicalismo deberá ser prudente en su proceso de reconstrucción y dar cuenta de una sociedad que “busca refugio en una contracultura del peronismo”.

Por lo pronto considera imprescindible sacar el foco del Parlamento, abocado a una espiral de disputas, varado en una tensión exasperante. “Nosotros somos un partido de poder, un partido de masas. Los argentinos tienen otras preocupaciones: la inflación, el trabajo, la salud. Es en ese polo que tenemos que trabajar”. Coincide en que se trata de una expresión de deseos puesto que para ello “debe amainar el conflicto de poderes”.

Es un horizonte lejano. Los senadores no han terminado de digerir las acusaciones de “golpistas” y “destituyentes” que Roxana Latorre lanzó a la oposición. “Es de una gravedad institucional mucho mayor que la de Antonio Cafiero en 2001, cuando comentó que había senadores que recibían prebendas”. Si la indignación se mantiene, puede que en la próxima sesión se pida como cuestión de privilegio que Latorre explique a quiénes se refirió con sus manifestaciones.

Claro, todo depende de que el Congreso, trabado por la paridad de fuerzas, no quede convertido en un espacio muerto. Tan desdeñado por el poder que, hasta ayer a última hora, cuando vencía el plazo legal para su envío al Parlamento, el Poder Ejecutivo no había hecho llegar a la Mesa de Entradas el DNU 298 que habilita el pago con reservas a los acreedores privados.

La importancia de elegir las batallas

viernes, 12 de marzo de 2010

Por Ignacio Fidanza

Los radicales viven un curioso síndrome. Están tan convencidos que el próximo turno de gobierno les tocará a ellos, que mirando el futuro están perdiendo el presente. El gobierno sin un gramo de ingenuidad agitó el fantasma de la entrega anticipada del poder y el radicalismo se zambulló en una negociación desesperada, como si fuera su gestión la que estaba en juego.


“Los radicales quieren que Kirchner haga el ajuste, que ordene la economía y por eso tiemblan ante la posibilidad de que les tire el gobierno por la cabeza antes de tiempo”, afirmó un destacado dirigente del centenario partido. La idea no deja de ser una ingenuidad mayúscula.

Si hay algo que seguro Kirchner no va a hacer, es el trabajo sucio, para dejarle un país prolijito a Julio Cobos. Porque la certeza del triunfo radical no es descabellada –por ahora-. En una reciente encuesta de Analía del Franco, que trabaja para el gobierno, Kirchner pierde en todos los escenarios de ballotage, siendo el resultado más cerrado con Carrió -39% a 38%- y el mas holgado con el vicepresidente, que se impondría al santacruceño por 53% contra 31%.

La pregunta que atenaza a la oposición es, cuanto tiempo más pueden seguir proyectando una imagen de alternativa de gobierno, si siguen exponiendo las profundas diferencias que los cruzan como lo hicieron en las últimas 48 horas. La imagen de Carrió denunciando al jefe de los diputados radicales Oscar Aguad de “cómplice” del gobierno no los ayuda.

“La gente no entiende de qué hablan cuando Felipe dice que a él no lo va a conducir Morales o cuando Lilita insulta a Aguad, lo único que perciben claro es que la oposición es una bolsa de gatos”, sintetizó un destacado diputado de la oposición.

“Hay una sensación de hartazgo y frustración muy grande”, agregó apesumbrado, aunque se cuidó de aclarar que “seguramente esto termine ordenándose, a nadie le gusta perder siempre”, concluyó.

Es que Kirchner logró algo muy importante al ubicar en el lote de los “dudosos” a las senadoras Roxana Latorre y María José Bongiorno. Ahora se sabe que el Gobierno también puede tener mayoría en el Senado, y sin el auxilio de Verna y su colega de La Pampa. O sea, está muy cerca de lograr el control de la cámara alta y con eso le puede poner una llave al Congreso. Es decir, si consolida esa superioridad, de aquí al 2011 no saldrá ninguna ley que incomode al Gobierno.

Pero acaso lo más realista sea pensar que Latorre y Bongiorno no han hecho otra cosa que sumarse al negocio del momento, esto es ubicarse en esa franja gris de “ni opositores ni oficialistas” y escuchar ofertas sesión por sesión.

Con una aclaración: el tiempo juega a favor y en contra de Kirchner. A favor porque le da espacio para jugar al tiro al blanco con los senadores e ir ensayando sucesivas cooptaciones. En contra porque el malestar social que está generando la inflación pega fuerte en la base electoral del peronismo y alimenta disidencias, en aquellos políticos que aún conservan la esperanza de un futuro político.

Apenas un ejemplo: hizo falta una nerviosa gestión de último momento para torcer la decisión de nueve gobernadores peronistas que se negaban a ir al Chaco al acto de asunción en el PJ del ex presidente. Esas cosas también están pasando en el poder.

La importancia de elegir las batallas

En este escenario de paridad, acaso la oposición más que contar una y otra vez votos que evidentemente no tiene asegurados, debería discutir mejor que peleas elige dar. Por ejemplo, si en la sesión de hoy hubiera olvidado su ánimo revanchista contra Marcó del Pont y hacía punta con la coparticipación del impuesto al cheque, tal vez hubiera puesto en figurillas al Gobierno y a las propias senadoras que lo terminaron acompañando.

Una cosa es no votar la destitución de una funcionaria técnica que a la mayoría de la gente ni le va ni le viene; y otra muy distinta negarse a que las asfixiadas arcas provinciales reciban más recursos. Tal vez si esa hubiera sido la discusión, esta noche la oposición hubiera visto vivificado su espíritu con una victoria, incluso con el acompañamiento de algunos senadores kirchneristas.

De manera que por más que el gobierno seguramente festeje el triunfo de hoy como si fuera la final del mundial de Sudáfrica, todo indica que la situación política continuará con su dinámica de alta volatilidad, repartiendo triunfos y derrotas con ritmo de vértigo.

En ese marco, cabe preguntarse si estos “éxitos” de Kirchner en la pelea cuerpo a cuerpo del poder, acortan en algo la brecha que lo separa de la sociedad. O dicho de otra manera, que grado de consistencia tiene su proyecto presidencial.

“La gente ya les picó el boleto a los Kirchner, frente a ese escenario y con los problemas que se les amontonan, lo más posible es que adelanten las elecciones para ganar y terminen perdiendo antes. O sea, que repitan lo del año pasado, que adelantaron para ganar y perdieron”, afirmó un banquero de muy buen diálogo con el gobierno, que mira con horror el postkirchnerismo.

Es que todas las opciones que surgen ofrecen graves fisuras a la hora de examinar su capacidad de garantizar gobernabilidad. Cobos, sometido a la despiadada interna radical que lo ve casi como un enemigo a vencer; con la descontada oposición de la CGT, un sector grueso de los piqueteros y gran parte del peronismo.

Macri, tal vez con mayores vínculos con sectores peronistas, pero sin una base política sólida, ni trayectorias que demuestren su capacidad de administrar el poder cuando llegan las peleas bravas. Y Reutemann, acaso el candidato con más capacidad de representar al peronismo, sigue dando señales que el 2011 tampoco será su turno.

Se conjuga así el drama de un líder implacable que exhibió sobradamente su capacidad de administrar el país, pero al mismo tiempo enfrenta el rechazo de una larga mayoría de la sociedad; con los retazos de una oposición fragmentada que hasta ahora está demostrando que hay demasiado barro en sus pies.

La cara de la Mezquindad

domingo, 28 de febrero de 2010

Por Alberto Fernández

Carlos Menem ha ocupado esta semana un lugar central en las primeras planas de los diarios del país. Siendo que cuenta con una imagen negativa cercana al 80 por ciento, es indudable que la atención que el periodismo le ha prestado no ha tenido en cuenta su popularidad.


En realidad, el ex presidente se ha vuelto noticia pues les ha recordado a todos los que lo maltratan o cuanto menos lo ignoran que con su ausencia tiene el poder de paralizar el funcionamiento del Senado, frustrar las esperanzas opositoras y hasta obstruir así la acción del Gobierno.

Su banca vacía el miércoles desató infinitas conjeturas. Algunas de ellas inducían a creer que su deserción era parte de un acuerdo que le permitiría al Gobierno impedir que la oposición lo prive del control de la mayor parte de las comisiones. En esa confabulación, el Gobierno le garantizaría impunidad en las múltiples causas judiciales que lo tienen imputado.

Otras versiones decían que esa ausencia operaba como una advertencia a la oposición. Sólo pretendía que los opositores le otorguen a Menem un lugar de privilegio que hasta aquí le han negado. Justo es decir que la oposición y sus compañeros del Peronismo Federal lo contaban como propio a la hora de los votos, pero lo marginaban de modo vergonzante a la hora de las conferencias de prensa y de las fotografías.

Lo cierto es que Menem, el político más cuestionado por el Gobierno y la oposición, el que exhibe el mayor rechazo social, se ha convertido casi irónicamente en la llave maestra capaz de abrir las puertas por las que deben pasar las expectativas políticas de ambos sectores para materializarse y convertirse en realidad. Si el próximo miércoles se sienta en su banca, la oposición logrará asestarle un nuevo golpe a un gobierno ya bastante lastimado. Pero si no lo hace, el Gobierno recuperará aire y pondrá en tela de juicio la estrategia opositora.

Así funciona nuestra endeble institucionalidad política.

Decir que la Argentina enfrenta allí una crítica situación es, a esta altura de los acontecimientos, casi una obviedad. Para saberlo no hacía falta que Menem nos demostrara que aún puede hacer más daño. Son muy evidentes tanto la ausencia de liderazgos claros como la atomización del cuerpo político; causas centrales del deterioro del que se habla. Semejante cuadro genera dificultades no sólo para conformar mayorías parlamentarias sino también para favorecer una mejor gobernabilidad.

En los distintos parlamentos del mundo, cuando sólo existen minorías, las mayorías se constituyen con acuerdos políticos que suponen, además de una distribución adecuada del poder entre los suscriptores de esos convenios, un consenso claro sobre los planes de acción a seguir.

En la Argentina, nada de eso sucede. Tras el resultado electoral de junio último, el Gobierno vio mermar su influjo en ambas cámaras legislativas. Así, perdió primero la mayoría entre los diputados y poco tiempo después padeció lo mismo entre los senadores.

¿A favor de quiénes el oficialismo cedió el control de ambas cámaras? Precisamente, a manos de una nueva mayoría, resultante de la unión de todos los opositores. No hubo una mayoría de reemplazo consolidada electoralmente. Hubo, en cambio, una serie de acuerdos entre fuerzas políticas minoritarias y muy disímiles entre sí, para restarle al Gobierno el control legislativo y para impulsar cuestiones muy precisas, como el rechazo al decreto que pretendió instituir el Fondo del Bicentenario o la tan mentada reforma del Consejo de la Magistratura.

Como se trata de mayorías atadas con hilos muy delgados, el riesgo de deserción es muy alto. En un escenario signado mayormente por el interés particular de los legisladores que por el interés común que vincula a los miembros de una misma fuerza política, ese riesgo se potencia peligrosamente.

En el Gobierno pasa otro tanto. Casi negando la nueva realidad política que lo ha privado de las mayorías parlamentarias de las que gozaba, pretende seguir imponiendo sus pareceres con una actitud que denota una prepotencia que no es aconsejable para quien se ha debilitado en la batalla. Parece haber olvidado un regla general que enseña que el arte de la política pasa por persuadir y lograr, finalmente, el concurso de voluntades.

Ya han advertido que sus proyectos deberán enfrentar cierta resistencia opositora. Pero en vez de buscar consensos que les permitan alcanzar sus objetivos, algunos de sus voceros han preferido blandir como una suerte de “amenaza persuasiva” la decisión de ejercer tantas veces como sea necesario el derecho presidencial del veto.

Por encima de esa actuada prepotencia, también saben quienes gobiernan de la debilidad que padecen. Sólo así se explica el trato deferencial que en estos días ha merecido Carlos Menem. Seguramente, quienes ahora lo exaltan esperan que el “enojo” del senador riojano sea funcional a sus propósitos.

Sin la tirria de otros tiempos, parecen olvidar que tales elogios se vierten sobre el mismo hombre que hasta no hace mucho era acusado ejecutar una política que deparó a la Argentina primero la recesión y después el colapso financiero del año 2001. En muchos despachos oficiales, parece ser que ya no se toca madera cuando se pronuncia su nombre.

Cuando el miércoles próximo se reúna el Senado, seguramente, tantas dudas quedarán disipadas. Tal vez, el oficialismo tome nota de que enfrenta un contexto político definitivamente adverso cuando cuente el número de comisiones que seguirá controlando en la Cámara alta. Tal vez, la oposición advierta que, en este tiempo que nos toca vivir, es necesario articular una política que exhiba algo más que enarbolar la regla que dice que “lo importante no es ganar sino hacerlo perder al otro”.

Pero no quedan dudas tras los hechos ocurridos esta semana que nuestro sistema político ha dejado en evidencia otra de las caras de su enorme debilidad. Es precisamente la cara de la mezquindad que autoriza a utilizar cualquier método si es que con ello se pueden lograr los objetivos propuestos.

En la política en general, y en los parlamentos en particular, es cierto que, indefectiblemente, en algún momento los votos cuentan. Pero es cierto, también, que el modo como esos votos son obtenidos indica la fortaleza ética de la política que se esgrime.

Después de todo lo que nos ha tocado vivir a los argentinos, que Carlos Menem se dé el lujo de obstaculizar el funcionamiento del Senado debería agraviarnos. Que en las postrimerías de su vida política Carlos Menem adquiera semejante protagonismo debería hacernos reflexionar sobre cómo es posible que nuestro sistema político facilite semejante estado de cosas. Pero que oficialismo y oposición se disputen su apoyo sólo demuestra la triste vigencia de esa misma decadencia de la que millones de argentinos intentan escapar.