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Inflación, o consideraciones sobre “tensiones de precios”

sábado, 17 de abril de 2010

Por Javier Gonzalez Fraga

En las últimas semanas ha reaparecido en nuestro país la preocupación por la inflación, mientras que el Gobierno sencillamente se niega a reconocer este problema, y castiga a todos los que mencionan el tema, y pretendiendo confundirnos, ensaya argumentos insostenibles. Veamos


“La culpable es la carne”. Entre las principales explicaciones oficiales de estas “tensiones en los precios” está la reciente alza en los precios de la carne. Es cierto que la carne subió en los últimos meses cerca del 80%. Pero también es cierto, que en los 42 meses anteriores, desde marzo de 2006 cuando se impusieron las restricciones a las exportaciones, sólo subió el 10%; o sea, la quinta parte que el índice oficial y la décima parte que los índices privados de inflación.

No parece justo ni razonable culpar a un producto por la inflación, cuando fue lo único que no subió en los cuatro años anteriores, producto de la pésima política ganadera que provocó una liquidación de vientres y una caída de los stocks, y consecuentemente ahora de la oferta de novillos.

Debemos recordar que las medidas que iniciaron el ciclo de fuerte liquidación de vientres, y de venta de animales livianos semiterminados en feed lots, fueron decididas por el presidente Kirchner a fines de 2005, y comienzos de 2006.

Gracias a ese brutal empeoramiento de las expectativas del negocio ganadero, los argentinos tuvimos carne a precios sumamente reducidos, y los aprovechamos para literalmente comernos ocho millones de vacas que hoy significan tener cuatro millones menos de novillos.

Si comparamos los precios recibidos por nuestros ganaderos con los recibidos en promedio por los países vecinos, las pérdidas de nuestros productores superan los 6 mil millones de dólares.Mal puede entonces confundirse una recuperación del precio de un producto, después de cuatro años de estar planchado por decisiones oficiales, empeoradas por una sequía espectacular, con un ajuste estructural de precios. Lo sucedido con la carne es simplemente inflación reprimida y postergada desde 2006.

“Es culpa de la puja distributiva de los empresarios inescrupulosos”. Este argumento es sumamente débil. ¿Por qué serían ahora más ambiciosos los empresarios que hace unos años, cuando se crecía al 8%? ¿O por qué son más inescrupulosos los empresarios en nuestro país, que en otros países vecinos, cuando hasta a veces son los mismos empresarios?

La ambición de los empresarios es la sangre misma del capitalismo, y si en otros países no suben los precios es porque no les conviene, ya que venderían menos. El problema sobreviene cuando hay desequilibrios macroeconómicos que generan aumentos de la demanda por encima de la oferta, y que llevan a los empresarios a “racionar” a sus clientes, subiendo los precios.

Si el Gobierno creara las condiciones de confianza en un contexto equilibrado, se podría crecer con niveles razonablemente bajos de inflación. Es notable que en la coyuntura actual, de fuerte crecimiento de la demanda, las encuestas indican que la mayoría de los empresarios no tienen planes de aumentos de su dotación de empleados.

Las políticas de controles de precios implementadas desde la Secretaría de Comercio, y especialmente la política agroindustrial de la ONCCA han debilitado las ganas de invertir de los empresarios, y por eso hoy vemos que muchos prefieren aumentar los precios que aumentar la producción y el empleo. Pero la culpa la tienen esas políticas, que ya han fracasado en el pasado en nuestro país, y no la conducta de los empresarios.

“Por los subsidios a los niños (…y a los ricos)”. Otra excusa que esgrime el Gobierno es culpar de la inflación (sin mencionarla) a sus políticas sociales, especialmente el recientemente creado subsidio no tan universal a la niñez. Nadie puede estar en contra de esa medida, que fue propuesta hace años por casi todos los partidos políticos, aunque con algunas diferencias. El problema no son los $ 6.500 millones de pesos que cuestan los subsidios, ni los $ 10 mil millones que podrían costar si se universaliza de veras, y que estarían muy bien gastados.

El problema es que esa suma potencial es aproximadamente lo que hoy el Gobierno gasta en subsidiar a las familias más ricas, con sus programas de subsidios a empresas alimenticias, o a transportes, o a los combustibles, por no mencionar también los pasajes de avión. Como el Gobierno subsidia la oferta de bienes y servicios, y no su demanda proveniente de familias necesitadas, una parte importante de esos beneficios son recibidos por los sectores más ricos de la sociedad.

De los actuales $ 40 mil millones en subsidios se puede estimar que un 25% son destinados al 30% más rico de los argentinos. Estos beneficiarios, especialmente habitantes de Buenos Aires y alrededores, son los que están impulsando los precios en estos meses de fiesta de consumo. Si se eliminaran estos subsidios a las familias más ricas, se equilibrarían las cuentas fiscales, sin afectar a los más pobres.

“No volver a viejas recetas”. También se argumenta desde el Gobierno que quienes reclaman una política antiinflacionaria quieren en realidad volver a viejas recetas. Los funcionarios del Gobierno deberían tomar nota de que la inflación desapareció de casi todo el mundo usando nuevas –subrayadas– recetas que nada tienen en común con los ajustes antiinflacionarios aplicados en nuestro país desde los años 70 hasta la convertibilidad, de fuerte impacto recesivo.

Estas recetas han controlado la inflación, en forma gradual y no recesiva, usando políticas genéricamente llamadas “metas inflacionarias”. Básicamente, esto constituye la fijación y monitoreo explícito de metas de inflación que forman las expectativas de los formadores de precios, generándose una banda descendente de inflación, que al ser anticipados por los empresarios, no generan acumulaciones indeseadas de stocks, y por lo tanto no afectan el empleo ni la producción.

Así lo hicieron muchos países sajones, pero también Perú, entre muchos, que es la economía que más creció en los últimos diez años en nuestro continente, y últimamente conducida por Alan García, a quien nadie puede acusar de ser un neoliberal.

El Gobierno argentino no contempla la posibilidad de aplicar esta política de metas inflacionarias porque el primer paso para que sea creíble es reconocer la inflación real. Por eso afirmé alguna vez que el mayor costo de la intervención del INDEC es dejarnos sin la posibilidad de aplicar las políticas que han funcionado en todo el mundo para controlar la inflación sin ajustes recesivos.

Carente de esta alternativa, el Gobierno, paradójicamente, está aplicando las viejas recetas, que han fracasado un montón de veces: controles de precios, limitaciones a las exportaciones, y atraso cambiario y tarifario. Estas políticas pueden funcionar por unos meses, mientras el real de Brasil siga apreciado, pero irán generando distorsiones que pagaremos en el largo plazo entre todos, al igual que en el negocio ganadero

Cruce de propuestas sobre Carne y Trigo

miércoles, 24 de marzo de 2010

Un cruce de propuestas sobre carne y trigo se produjo hoy (23/03) entre el ministro de Agricultura, Julián Domínguez y los cuatro presidentes de las entidades agropecuarias que habían solicitado una audiencia a la presidenta Cristina Kirchner para presentarle soluciones a las crisis desatadas por el cierre de exportaciones cárnicas y del cereal.


La reunión pactada comenzó a las 18:00 en la sede la cartera donde Domínguez acompañado sólo por el titular del área de Emergencia Agropecuaria, Haroldo Lebed recibió a la Mesa de Enlace, ya se habían difundidos las propuestas del sector agropecuario y del oficialismo.

El Gobierno lanzó medidas macroeconómicas con el acento puesto en el peso mínimo de faena y en las compensaciones a los feed lots para que produzcan carne de novillo pesado.

En tanto, los ruralistas decidieron solicitar "asistencialismo" para que los sectores "más vulnerables" tengan acceso a la proteína animal, según fuentes de Noticias Argentinas.

Antes de abandonar la sede de la Federación Agraria donde estuvieron reunidos desde las 18:00, Carlos Garetto, titular de Coninagro; Eduardo Buzzi de Federación Agraria (FAA), Hugo Biolcati de la Sociedad Rural Argentina (SRA) y Mario Llambías de CRA explicaron que deseaban apuntalar los sectores populares.

"En materia de producción agropecuaria donde apretás sale pus y lo que han hecho es que haya menos siembra de trigo que se tiene que dar ahora no está aumentando para que en diciembre y en enero tengamos la posibilidad de que haya más trigo para los argentinos", explicó Buzzi.

El tema de la carne fue considerado por los ruralistas como "más complejo".

"Creemos que hay que abaratar la carne, con mayor producción, el Estado debe resignar el IVA que le cobra a los consumidores y en vez de la danza de los millones a distintos actores de la cadena que se redirecciones a los sectores más pobres, con dificultad adquisitiva", aclaró el titular de FAA.

La Mesa de Enlace considera que se puede poner en marcha algún tipo de "bono" o de "tarjeta" para asegurar el consumo de proteína animal a los sectores más carenciados.

Fuente: Urgente 24

La carne vacuna símbolo patrio de la Nación Argentina

viernes, 12 de febrero de 2010

Por Pedro Cifuentes - desde Madrid


Cuando la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, afirmó la semana pasada insólitamente que “la ingesta de carne de cerdo mejora la actividad sexual”, algunos se lo tomaron como una simple broma y muchos otros se preocuparon por un posible desgaste psicológico de la mandataria.

Los más perspicaces, en cambio, interpretaron la frase como una anticipación al problema que ya se detectaba en el gran alimento y símbolo patrio de la nación suramericana, la carne vacuna, cuyo aumento imparable de precio está convirtiendo el asado, la principal costumbre gastronómica local, en un pequeño lujo.

Durante las pasadas Navidades, el kilo de tira de asado (costillar) costaba 14 pesos (2,65 euros). Hoy es imposible conseguirlo a menos de 25 pesos, y en algunos establecimientos de barrios acomodados de Buenos Aires el precio llega a los 30 pesos. Si se toman en cuenta los tres últimos años, algunos cortes populares han triplicado su precio, y el pollo o el cerdo, sustitutos de la ternera, se han duplicado.

Las carnicerías de todo el país empiezan a sufrir un descenso de consumo que está directamente ligado a un encarecimiento, vinculado a su vez, como manda la teoría económica, con un descenso en la producción cárnica: hay entre tres y cuatro millones de terneros menos que el año pasado. El sector ganadero ha advertido que el aumento de precios no va a ser estacional (la carne siempre aumenta en enero y febrero, aunque mucho menos que este año).

El presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, responsabilizó ayer de la caída en la oferta de carne a “los horrores del kirchnerismo”. Todo ello, en un contexto inflacionario no reconocido por las estadísticas oficiales, y que según diversas consultoras privadas puede llegar aproximadamente a un 25% anual.

El Gobierno admite el incremento del precio de la carne, que Cristina Fernández atribuyó esta semana a las intensas lluvias recientes y al deseo de los productores por “engordar su ganado” para “ganar más” con sus ventas.

El proceso se enmarca inevitablemente en el largo conflicto que mantienen desde hace años el sector agropecuario y el Gobierno, que desde 2005 ha seguido una política rígida en materia ganadera, basada en la intervención de precios y los controles a la exportación.

La intención, hasta ahora, era mantener un bien tan socialmente sensible como la carne a un precio muy asequible para el ciudadano medio en un país cuya tasa de pobreza subió alarmantemente tras el descalabro económico de 2001. Estas políticas, sin embargo, fueron alejando de la ganadería a miles de pequeños productores, que encontraron en cultivos como la soja una rentabilidad mucho mayor. A ello, además, se ha sumado la grave sequía sufrida por las regiones más fértiles del país en 2009.

Descenso de la inversión ganadera

Ernesto Ambrosetti, economista jefe de la Sociedad Rural Argentina, explicó ayer que desde 2007 se ha producido un descenso de la inversión ganadera del 30% anual, en su opinión debida a la “falta de previsibilidad” y el “cortoplacismo” de la política del matrimonio Kirchner, “que nunca sabes si te van a dejar exportar o no”. Las exportaciones de carne argentina estuvieron prohibidas durante tres meses en 2006, y hoy son dosificadas por el Ejecutivo, que otorga un permiso imprescindible para vender en el exterior.

Argentina es el mayor consumidor de carne vacuna del mundo (70 kilos por año, frente a los 40 de Estados Unidos o los 11 de España, por ejemplo) y uno de los principales exportadores del planeta, aunque su peso relativo ha disminuido en el último lustro. Brasil y Uruguay han empezado a ganar mercados internacionales y tratan de adquirir la vitola de calidad natural e inigualable sabor que acompañó al bife argentino durante todo el siglo XX.

Según Ambrosetti, en Brasilia y Montevideo llevan años “brindando por Néstor Kirchner” y su política de trabas a las exportaciones. Este periódico intentó ayer, sin éxito, recabar la opinión del Ministerio de Agricultura sobre el vertiginoso aumento de precios de la carne.

Debido al ciclo biológico de producción de la carne vacuna (unos tres años), es improbable que el mercado sufra una corrección a corto plazo, y prácticamente seguro que en el futuro aumenten los consumos de cerdo y pollo, cuyos ciclos productivos son mucho más cortos (medio año y 50 días, respectivamente).

En este sentido, es posible que acaben convirtiéndose en habituales ofertas como la que mostraba un restaurante de la avenida San Martín la semana pasada, en la ciudad de Mendoza: “Recomendación de la señora presidenta de la nación: ‘Incentivo sexual’, costeleta de cerdo con puré, más postre o café, 25 pesos con 90″.